anabi
27-mar-2007, 03:29
me conectaba antes de irme a dormir porque tuve esta idea mientras me bañaba:p
queria proponer algo asi como una especie de taller literario aficionado...
los pasos a seguir son simples, se puede postear solamente relatos cortos, de modo que no dañen al topico... los exesivamente largos se dejaran como link dirigiendo a la pagina de donde se pueden extraer.
La literatura puede ser invencion propia, o extraida de otro autor al que se le especificara nombre y nacionalidad, para evitar el plagio, que es lo que mas daña a la literatura.
Los relatos pueden tratar de cualquier cosa.
Tambien se podran hacer post criticando constructivamente (ya sean criticas buenas, o malas).
Para comenzar e incentivar yo comenzare, no es un relato que yo haya creado (mas adelante tratere de crear uno:p ), asi que dire el nombre de autor y nacionalidad
El autor se llama Ariel Díaz y es de nacionalidad argentina:
Autor: Ariel Díaz
El último día
Aspira hondo; le gusta el olor de la tierra recién mojada. Semidormido aún, sabe que su madre ya se ha ido a trabajar; lo último que hace antes de salir, es salpicar agua con la lata agujereada para asentar el suelo de tierra. Cree escuchar nuevamente la recomendación que le hizo anoche, no te ensucies, pasado mañana tenemos que salir tempranito para la otra casa... ¡Contenta, me lo dijo! ¡La otra casa, esa porquería!
En la penumbra acuchillada, espía con los ojos entrecerrados los rayos del sol que se cuelan por los agujeros de las chapas, atraviesan oblicuamente el interior de la chabola y se detienen en las paredes, en el suelo; los más traviesos lo despiertan haciéndole cosquillas en los párpados. Con sus manos de uñas sucias se tapa los ojos, quiere asir los rayos, levanta la cabeza, abre su boca procurando morderlos, arrima su nariz a uno de ellos y lo huele, lo respira.
Se despereza y gira en la cama; boca abajo, levanta la mirada hacia la única pared de cemento donde los pequeños soles, diseminados entre Pipilastro, Miliqui, su padre y Mickey, caminan lentamente como sus amigos, los caracoles, esos que tiene en la caja de zapatos debajo de la cama.
¡Debo ponerles comida! Salta de la cama, abre la puerta, corta tres hojas del geranio —ya le quedan pocas—, vuelve arrastrando los pies descalzos, cierra la puerta, destapa la caja, ¡uno, tres, cinco y cuatro!, están todos, arroja el alimento, pone la tapa y vuelve a la cama.
Aspira de nuevo, ¡qué rico!, distinto al olor del viento que trae el humo del basurero, que lo hace toser y le llena los ojos de lágrimas; como cuando piensa en su papá que no conoce, pero ya lo va a conocer cuando sea mayor, porque su papá es importante, así se lo ha dicho mamá, tan importante que lo imagina grandote, gordo, ¡hasta con traje y corbata!, como esa enorme mancha de humedad que va desde el techo hasta el suelo. No, no es una mancha, es mi padre que vino a verme, porque me quiere y viene a cuidarme y a traerme alguna lagartija de regalo.
Los soles han caminado, ahora están conversando con Miliqui, esa parte descascarada de la pared donde asoma una vieja pintura azul.
Busca debajo de la cama, saca un grueso culo de botella, intercepta un rayo, acerca un papel, la luz concentrada se ha convertido en un punto blanco que lo encandila. Enseguida, los ojos bien abiertos, la magia combinada del rayo, el vidrio y el papel, crea anillos de humo que se desprenden de ese punto brillante que se va oscureciendo, parpadea, las volutas se elevan, desaparecen en la oscuridad, surgen en otro rayo, se diluyen, el papel se prende fuego, el niño estornuda. Pisotea apagando las pequeñas llamas, rápido, rápido, para no quemarse los pies.
¡Vamos, Pirata! Desde su hueco en la cama, el perro levanta la cabeza, extiende las patas, arquea el lomo, se estira, baja y lo sigue; el pequeño saca el último pan de la bolsa, lo parte por la mitad y le da un pedazo a Pirata; coge el jarro con el café ya frío que está sobre el calentador apagado, lo bebe a grandes sorbos, se pasa el antebrazo por los labios húmedos y, mordisqueando el pan, salen ambos de la barraca hasta el zanjón cercano. Se pone a cazar renacuajos con la mano.
¿Te gustan, Pirata? —el perro levanta las orejas—, cuando cierro las manos me hacen cosquillas, mueven la cola igual que tú. Caza dos, los coloca en una lata, diez, quince, veinte; sentado en el borde húmedo, termina el pan ya negruzco. Suspira, estira los brazos y acaricia al perro que tuerce la cabeza y gime. ¡Pirata! Lo abraza, todo está borroso, ¡por qué, por qué!
¡Pepita! Vuelven los dos, el niño enjugándose las lágrimas, un suave cacareo debajo de la cama, ¿Pepita?, se acerca, ¡ah, estás poniendo un huevo!, date prisa, ¡quiero comerlo a mediodía!
¡Uy, Susana!, sale de la chabola, el perro detrás, ¡casi me olvido!, corre por la callecita de tierra, trepa a un montículo, ¡allá viene!, salta el zanjón, cae en el barro, ¡qué tonto!, se incorpora, ¡hola, chaval!, Susana lo está mirando con esos ojos tan dulces, ¿tienes hambre?, le sonríe, toma, es para ti.
Vuelven corriendo, ¡espera, Pirata, lo guardamos para después!, coloca el pan aún caliente en la bolsa y se mete debajo de la cama. La gallina está casi vertical sobre el nido que hizo en la tierra húmeda con unos calzoncillos y un par de calcetines del niño, la respiración contenida, cresta y barbillas muy rojas del esfuerzo. ¡Fuerza, Pepita!, observa cómo el huevo va apareciendo, ¡vamos!, ¡dale, que sale!, aparece más, más, y más, salió, ¡bien!, besa y abraza a la gallina, retira el huevo que ya se ha secado y lo coloca en la bolsa con el pan.
¡Ven, Pirata, vamos a ver cine!, corren hasta el zanjón, coloca barro espeso en un tarro y vuelven al interior de la barraca, donde la gallina se pasea cacareando. ¡Está bien, ya sabemos que pusiste un huevo!
Haciendo equilibrio sobre el último peldaño de una escalera coja, tapa con barro todos los agujeros, excepto uno en el centro de la puerta. Por él entra la claridad exterior que se mete en lo oscuro y estampa sobre la pared de cemento, la casa de enfrente, aferrada a los brillantes charcos de la calle y suspendida boca abajo sobre un cielo que parece aguardar su caída. De espaldas a la imagen, se agacha, y apoyando la cabeza en el suelo, observa por entre sus piernas abiertas.
¡Mira, ahí pasa don Fermín con su bastón!, seguro que va hasta el bar de la esquina, ¡saluda a Pipilastro!, ¡pisó a Miliqui!, ¡uy, se metió dentro de la panza de papá!, ¡el Carlitos con el carro y el caballo!, ¡qué suerte tiene! Es un poco mayor que yo y... ¡y ya tiene un caballo!, pero..., ¡seguro que no tiene un papá que está siempre a su lado! ¡Ni a Miliqui, con todos los soles bailándole alrededor!, ni a Mickey..., ni a Pipilastro..., ni caracoles en su casita de cartón, ni vidrios que hacen fuego, ni renacuajos, ni un Pirata que duerma con él, ni una Pepita que le dé de comer... Ojalá mañana no llegue nunca...
El niño se sienta y abate la cabeza sobre el pecho. El perro le lame la cara. Permanecen así un largo rato.
¡Mira, Pirata, cómo se mueven los árboles! ¿Y ese ruido? ¡Uy, está lloviendo, qué bonito!
Salen y juegan. Corren de un lado para el otro, mientras la lluvia arrecia. El pequeño tira una rama y el perro la trae en la boca. Empapados, entran a la chabola. El perro se sacude y el niño aspira con fuerza. La tarde huele a tierra húmeda con lombrices, a caracoles y ranas, a semillas germinando, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
¡Ayúdame, si no, mamá me mata!, coloca latas debajo de las goteras, el perro corre en círculos con un tarro en la boca, ¡dame, Pirata!, los doce recipientes quedan repartidos, el viento silba al pasar por los agujeros, las gotas golpean el techo y las paredes de chapas, caen en los tarros. El niño se sienta en la cama y escucha. Cierra los ojos. En la noche de sus párpados, los ruidos cobran multiplicado vigor. Las gotas caen dentro de cada lata con un sonido distinto, el viento sopla en ráfagas y los silbidos cambian en volumen y tono. Se coloca las manos sobre las orejas, las retira, las tapa, las destapa...
Serio —parece prepararse para una ceremonia extraordinaria—, va hasta la bolsa, saca el pan, se arrodilla y, como si hubiese descubierto el carácter religioso del alimento, lo parte y le ofrece la mitad a Pirata. Toma el huevo y, con un clavo, lo agujerea en ambos extremos. Chupa de un lado mientras mordisquea el pan. Sus ojos ávidos contemplan con tristeza al perro, la gallina, la caja de zapatos, Pipilastro, Miliqui, su padre, la barraca. Nutrido con esas imágenes, comienza a cantar quedamente, parece un canto litúrgico, una despedida, abraza a Pirata, a Pepita, un réquiem...
Su mamá le contó, el próximo mes empiezo a trabajar de casera en un edificio de apartamentos, ¿sabes qué contenta estoy?, me dan uno para nosotros, vamos a vivir como la gente, ¿nosotros no somos gente, mamá?, sí, pero allí es un lugar decente, ¿qué es decente, mamá?, es un lugar limpio, con suelo, ¿acá no tenemos suelo?, sí, pero de tierra, una mugre, en invierno no hace frío como aquí, no te vas a resfriar más, ¿y Pirata?, no, Pirata no puede ir, animales no, tampoco los caracoles, ni los renacuajos, vas a ver qué bonitas son las paredes limpias, blancas...
Hoy es el último día.
Bueno este fue el relato a mi me gusto mucho y lo queria compartir, espero criticas y mas gente que se anote a aportar para que sea una linda experiencia^^
Edit trunks_kurapica : Apoyando tu idea lo dejo como Post-it (aunque la gente no se entusiasme hay gente que querra leerlos y asi no se pierden lo que ya estan)
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Actualización por mio_lucia
¿Qué es la literatura? La literatura es una ficción verósimil, es decir, que se parece a la verdad, sin serla. Los textos literarios no pretenden convencernos de que una teoría es o no verdadera, sino que muestran los sentimientos y las cosas como las percibe el autor.
Manuel Quirós nos presenta la siguiente definición de literatura: “arte que se sirve del lenguaje humano, portador de sentido, casi siempre escrito, con imaginación (ficción), originalidad (en la temática, estructura y desarrollo), sensibilidad y libertad estilísticas, tendiente hacia la creación de un ideal estético y educativo mediante el empleo de recursos simbólicos propios, léxico especial, figuras y un desplazamiento del valor semántico de las palabras para, mediante tales maniobras idiomáticas, producir extrañezas y connotaciones especiales en la emisión de un mensaje.” (Quirós: 2004: 272-273)
Helena Beristáin, habla de la literatura como un texto que cumple una función estética, todo texto pertenece a una cultura que deja su huella en la lengua y los códigos de la época (estilo). Es así como el estatuto verbal pasa a ser una obra de arte. La literatura requiere que el lector tome una posición ante ella y la descodifique, para que encuentre la expresión de otra cultura y otra visión de mundo.
La literatura es una ficción verosímil que refleja las circunstancias de quien la escribe, es un arte que nos muestra la belleza de cada escritor con palabras.
Aclarado este asunto, se presentan a continuación, y por orden de aparición, los textos literarios que se han colocado hasta ahora:
El último día, por Ariel Díaz. Aportado por Anabi:
Aspira hondo; le gusta el olor de la tierra recién mojada. Semidormido aún, sabe que su madre ya se ha ido a trabajar; lo último que hace antes de salir, es salpicar agua con la lata agujereada para asentar el suelo de tierra. Cree escuchar nuevamente la recomendación que le hizo anoche, no te ensucies, pasado mañana tenemos que salir tempranito para la otra casa... ¡Contenta, me lo dijo! ¡La otra casa, esa porquería!
En la penumbra acuchillada, espía con los ojos entrecerrados los rayos del sol que se cuelan por los agujeros de las chapas, atraviesan oblicuamente el interior de la chabola y se detienen en las paredes, en el suelo; los más traviesos lo despiertan haciéndole cosquillas en los párpados. Con sus manos de uñas sucias se tapa los ojos, quiere asir los rayos, levanta la cabeza, abre su boca procurando morderlos, arrima su nariz a uno de ellos y lo huele, lo respira.
Se despereza y gira en la cama; boca abajo, levanta la mirada hacia la única pared de cemento donde los pequeños soles, diseminados entre Pipilastro, Miliqui, su padre y Mickey, caminan lentamente como sus amigos, los caracoles, esos que tiene en la caja de zapatos debajo de la cama.
¡Debo ponerles comida! Salta de la cama, abre la puerta, corta tres hojas del geranio —ya le quedan pocas—, vuelve arrastrando los pies descalzos, cierra la puerta, destapa la caja, ¡uno, tres, cinco y cuatro!, están todos, arroja el alimento, pone la tapa y vuelve a la cama.
Aspira de nuevo, ¡qué rico!, distinto al olor del viento que trae el humo del basurero, que lo hace toser y le llena los ojos de lágrimas; como cuando piensa en su papá que no conoce, pero ya lo va a conocer cuando sea mayor, porque su papá es importante, así se lo ha dicho mamá, tan importante que lo imagina grandote, gordo, ¡hasta con traje y corbata!, como esa enorme mancha de humedad que va desde el techo hasta el suelo. No, no es una mancha, es mi padre que vino a verme, porque me quiere y viene a cuidarme y a traerme alguna lagartija de regalo.
Los soles han caminado, ahora están conversando con Miliqui, esa parte descascarada de la pared donde asoma una vieja pintura azul.
Busca debajo de la cama, saca un grueso culo de botella, intercepta un rayo, acerca un papel, la luz concentrada se ha convertido en un punto blanco que lo encandila. Enseguida, los ojos bien abiertos, la magia combinada del rayo, el vidrio y el papel, crea anillos de humo que se desprenden de ese punto brillante que se va oscureciendo, parpadea, las volutas se elevan, desaparecen en la oscuridad, surgen en otro rayo, se diluyen, el papel se prende fuego, el niño estornuda. Pisotea apagando las pequeñas llamas, rápido, rápido, para no quemarse los pies.
¡Vamos, Pirata! Desde su hueco en la cama, el perro levanta la cabeza, extiende las patas, arquea el lomo, se estira, baja y lo sigue; el pequeño saca el último pan de la bolsa, lo parte por la mitad y le da un pedazo a Pirata; coge el jarro con el café ya frío que está sobre el calentador apagado, lo bebe a grandes sorbos, se pasa el antebrazo por los labios húmedos y, mordisqueando el pan, salen ambos de la barraca hasta el zanjón cercano. Se pone a cazar renacuajos con la mano.
¿Te gustan, Pirata? —el perro levanta las orejas—, cuando cierro las manos me hacen cosquillas, mueven la cola igual que tú. Caza dos, los coloca en una lata, diez, quince, veinte; sentado en el borde húmedo, termina el pan ya negruzco. Suspira, estira los brazos y acaricia al perro que tuerce la cabeza y gime. ¡Pirata! Lo abraza, todo está borroso, ¡por qué, por qué!
¡Pepita! Vuelven los dos, el niño enjugándose las lágrimas, un suave cacareo debajo de la cama, ¿Pepita?, se acerca, ¡ah, estás poniendo un huevo!, date prisa, ¡quiero comerlo a mediodía!
¡Uy, Susana!, sale de la chabola, el perro detrás, ¡casi me olvido!, corre por la callecita de tierra, trepa a un montículo, ¡allá viene!, salta el zanjón, cae en el barro, ¡qué tonto!, se incorpora, ¡hola, chaval!, Susana lo está mirando con esos ojos tan dulces, ¿tienes hambre?, le sonríe, toma, es para ti.
Vuelven corriendo, ¡espera, Pirata, lo guardamos para después!, coloca el pan aún caliente en la bolsa y se mete debajo de la cama. La gallina está casi vertical sobre el nido que hizo en la tierra húmeda con unos calzoncillos y un par de calcetines del niño, la respiración contenida, cresta y barbillas muy rojas del esfuerzo. ¡Fuerza, Pepita!, observa cómo el huevo va apareciendo, ¡vamos!, ¡dale, que sale!, aparece más, más, y más, salió, ¡bien!, besa y abraza a la gallina, retira el huevo que ya se ha secado y lo coloca en la bolsa con el pan.
¡Ven, Pirata, vamos a ver cine!, corren hasta el zanjón, coloca barro espeso en un tarro y vuelven al interior de la barraca, donde la gallina se pasea cacareando. ¡Está bien, ya sabemos que pusiste un huevo!
Haciendo equilibrio sobre el último peldaño de una escalera coja, tapa con barro todos los agujeros, excepto uno en el centro de la puerta. Por él entra la claridad exterior que se mete en lo oscuro y estampa sobre la pared de cemento, la casa de enfrente, aferrada a los brillantes charcos de la calle y suspendida boca abajo sobre un cielo que parece aguardar su caída. De espaldas a la imagen, se agacha, y apoyando la cabeza en el suelo, observa por entre sus piernas abiertas.
¡Mira, ahí pasa don Fermín con su bastón!, seguro que va hasta el bar de la esquina, ¡saluda a Pipilastro!, ¡pisó a Miliqui!, ¡uy, se metió dentro de la panza de papá!, ¡el Carlitos con el carro y el caballo!, ¡qué suerte tiene! Es un poco mayor que yo y... ¡y ya tiene un caballo!, pero..., ¡seguro que no tiene un papá que está siempre a su lado! ¡Ni a Miliqui, con todos los soles bailándole alrededor!, ni a Mickey..., ni a Pipilastro..., ni caracoles en su casita de cartón, ni vidrios que hacen fuego, ni renacuajos, ni un Pirata que duerma con él, ni una Pepita que le dé de comer... Ojalá mañana no llegue nunca...
El niño se sienta y abate la cabeza sobre el pecho. El perro le lame la cara. Permanecen así un largo rato.
¡Mira, Pirata, cómo se mueven los árboles! ¿Y ese ruido? ¡Uy, está lloviendo, qué bonito!
Salen y juegan. Corren de un lado para el otro, mientras la lluvia arrecia. El pequeño tira una rama y el perro la trae en la boca. Empapados, entran a la chabola. El perro se sacude y el niño aspira con fuerza. La tarde huele a tierra húmeda con lombrices, a caracoles y ranas, a semillas germinando, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
¡Ayúdame, si no, mamá me mata!, coloca latas debajo de las goteras, el perro corre en círculos con un tarro en la boca, ¡dame, Pirata!, los doce recipientes quedan repartidos, el viento silba al pasar por los agujeros, las gotas golpean el techo y las paredes de chapas, caen en los tarros. El niño se sienta en la cama y escucha. Cierra los ojos. En la noche de sus párpados, los ruidos cobran multiplicado vigor. Las gotas caen dentro de cada lata con un sonido distinto, el viento sopla en ráfagas y los silbidos cambian en volumen y tono. Se coloca las manos sobre las orejas, las retira, las tapa, las destapa...
Serio —parece prepararse para una ceremonia extraordinaria—, va hasta la bolsa, saca el pan, se arrodilla y, como si hubiese descubierto el carácter religioso del alimento, lo parte y le ofrece la mitad a Pirata. Toma el huevo y, con un clavo, lo agujerea en ambos extremos. Chupa de un lado mientras mordisquea el pan. Sus ojos ávidos contemplan con tristeza al perro, la gallina, la caja de zapatos, Pipilastro, Miliqui, su padre, la barraca. Nutrido con esas imágenes, comienza a cantar quedamente, parece un canto litúrgico, una despedida, abraza a Pirata, a Pepita, un réquiem...
Su mamá le contó, el próximo mes empiezo a trabajar de casera en un edificio de apartamentos, ¿sabes qué contenta estoy?, me dan uno para nosotros, vamos a vivir como la gente, ¿nosotros no somos gente, mamá?, sí, pero allí es un lugar decente, ¿qué es decente, mamá?, es un lugar limpio, con suelo, ¿acá no tenemos suelo?, sí, pero de tierra, una mugre, en invierno no hace frío como aquí, no te vas a resfriar más, ¿y Pirata?, no, Pirata no puede ir, animales no, tampoco los caracoles, ni los renacuajos, vas a ver qué bonitas son las paredes limpias, blancas...
Hoy es el último día.
En la Mancha, ninguna mujer se llama Dulcinea, por Rubén Carrasco. Aportado por Nenec :wink:
Allí se encontraba de nuevo. Después de tanto luchar por evitar que aquello se repitiese, todo había vuelto a ocurrir exactamente igual que las otras decenas de veces. Ella, empeñada en idealizar a su amor, a aquel al que le había entregado sus ilusiones, sus proyectos, su futuro, su cuerpo, en definitiva, su vida; empeñada en ser como Don Quijote, incapaz de ver los defectos de su Dulcinea; ella, que tanto había sufrido a manos de aquel que una vez le dijo “te quiero”, permanecía tendida en el suelo, inmóvil, dolorida, llorando y dejando escapar lo poco que le quedaba de vida en cada sollozo.
Recordaba cuando le conoció. Apenas había estado con chicos durante su adolescencia, siempre voluntariamente aprisionada entre un libro y una silla, así que, cuando un desconocido se le acercó, al poco tiempo de empezar la carrera, interesado en salir con ella y mirándola con aquellos despampanantes ojos azules, que bien podrían haber pasado por dos zafiros preciosos, ella no pudo resistirse a su encanto. No sólo consiguió convencerla para salir una vez, sino que, una vez tras otra, cita tras cita, y utilizando su encanto, la convencía de que ella era su mundo y su sustento. Por aquel entonces él era un joven apuesto y encantador, cariñoso, simpático, alegre… No había un sólo adjetivo en él que implicase defecto, o así lo veía ella.
Finalmente, se dejó embaucar. A él le ofrecieron un magnífico trabajo en el extranjero y, lejos de querer dejarlo, a una sola palabra suya, ella abandonó sus libros, sus estudios, su trabajo, su familia y sus amigos y corrió tras él cual Luna tras el día. Se casaron en la intimidad y todo parecía ir bien. Ella se quedó embarazada y tuvo un precioso bebe al que pusieron el nombre de su padre. El niño llenó de alegría la casa y de miedo las noches.
Su hijo requería de su atención veinticuatro horas al día y su marido, cansado de trabajar y celoso de los múltiples cuidados que ella le dedicaba a su primogénito, ni siquiera la miraba al llegar a casa. Empezó a beber y a llegar a casa a altas horas de la noche. Lo que había sido un apasionado romance se empezó a enfriar: las discusiones se volvieron una constante y los alaridos de su amado empapelaban las paredes de la casa y despertaban al niño. Así, la situación se fue agravando con el tiempo y, lo que una vez fue pasión, se convirtió en un hielo tan frío que quemaba al tacto.
Fue una noche, mientras acunaba al niño (que llevaba horas llorando sin parar) y después de una discusión más, que notó en su cuerpo el primer martillazo del puño de su marido y escuchó el sonido de una pequeña cabeza abriéndose contra el suelo. Él la culpó de todo y la pena y el sentido de culpabilidad por haber dejado caer a su hijo acabaron por convertirla en un autómata a merced de aquel tirano.
Aun así, él era lo único que le quedaba y, pese a que las palizas eran cada vez más frecuentes y su afición por la bebida iba en aumento, intentaba olvidar la mala experiencia de la muerte de su hijo refugiándose en los brazos de aquel hombre con la ilusión de que todo volvería a ser como cuando se conocieron. Fue en este momento cuando empezó a consentírselo todo y a idealizar la figura de aquel ser despreciable: cada uno de sus gritos le parecían música, cada uno de sus golpes se tornaban caricias y cada uno de sus frecuentes “lo siento” la hacía enloquecer de amor.
Pero todos tenemos un límite y, después de haber estado por tercera vez ingresada durante casi quince días, mientras recibía ayuda psicológica, el espejismo que había creado se rompió, dándose cuenta, al fin, que su Babieca no era otro que Rocinante.
Se marchó de casa, huyó de la ciudad donde había vivido con él e intentó rehacer su vida. Volvió a su país, volvió a trabajar, a salir con gente (a la que empezaba a considerar como amigos), y retomó sus estudios. Conoció a algún que otro hombre y, con uno de ellos, volvió a conocer el amor. Él, que conocía su pasado (pues ella misma se lo contó una bella noche de verano), la trataba como una reina y la quería locamente: convertía sus errores en divertidas anécdotas y sus defectos en cualidades. Ella le decía que parecía el loco enamorado Don Quijote y que la idealizaba cual Dulcinea; él, le contestaba que la idealización de su ser era lo que le devolvía la cordura. Ella, que se encontraba de nuevo feliz y segura junto a un hombre, que se sentía, por fin, Dulcinea y no Don Quijote, creía olvidar a su primer y cruel amor con la esperanza de no volver a verlo. Pero tal era la dependencia que su primer marido tenía de ella, que removió cielo y tierra hasta encontrarla.
Aquella tarde de sábado, mientras leía su libro preferido a la luz del fuego, esperando que su fiel compañero regresase de la reunión que le había hecho dejar a medias la comida, sonó el timbre. Confiada y feliz como estaba, ya nunca miraba por la mirilla quién era. Craso error. En cuanto abrió la puerta, sin mediar palabra, el puño de su marido la golpeó como si de una lanza se tratase. Sin escudo, el golpe la hizo caer al suelo y, antes de que pudiese dejar escapar un grito o un lamento, recibió una coz en la boca. Ensangrentada, intentó llegar al teléfono, pero, de un tirón de pelo, se vio de nuevo ante la colérica mirada de su agresor. Y, amarrándola de esta forma, fue terriblemente flagelada, sin piedad, hasta que, agotado, el que una vez fue su Sol se marchó sin ni siquiera abrir la boca.Allí se encontraba de nuevo. Después de tanto luchar por evitar que aquello se repitiese, todo había vuelto a ocurrir exactamente igual que las otras decenas de veces. Ella, empeñada en idealizar a su amor, a aquel al que le había entregado sus ilusiones, sus proyectos, su futuro, su cuerpo, en definitiva, su vida; empeñada en ser como Don Quijote, incapaz de ver los defectos de su Dulcinea; ella, que tanto había sufrido a manos de aquel que una vez le dijo “te quiero”, permanecía tendida en el suelo, inmóvil, dolorida, llorando y dejando escapar lo poco que le quedaba de vida en cada sollozo. Ella, que por fin había sido Dulcinea, que había encontrado a su adorador, Don Quijote, y había rehecho su vida en Toboso; ella, que hasta hace unos minutos se encontraba leyendo su libro favorito (en cuyas tapas podía leerse “El Quijote, de Miguel de Cervantes”), se apagaba lentamente como tantas otras mujeres lo hicieran antes que ella. A fin de cuentas, en la Mancha, ninguna mujer se llama Dulcinea.
Sábado noche en la capital, por Cacadevaka. Aportado por Cacadevaka.
Situar esta narrativa en una calle, en una esquina, en un bloque de pisos o en una plaza en concreto sería inútil, únicamente cabría decir que se trata de cualquier localización céntrica...
Es una noche de sábado corriente en Madrid, el reloj hace tiempo que pasó las doce y ronda ahora aquellas horas en las que los que no están acostados, hace rato perdieron ya la verguenza gracias a los etilos; reyes indiscutibles de las noches de fiesta.
Los locales de fiesta están ya abarrotados mientras los más rezagados apuran con ansia lo que les resta de botellón. Sin embargo, no todos entrarán a los locales, ya que están escrupulosamente guardados por los "gorilas", aquellas figuras que más recuerdan al mitológico "Cerbero" que a una persona normal.
Estos peculiares vigilantes, (muy frecuentemente traídos de las lejanas tierras de Europa del Este mediante métodos de dudosa legalidad) con más masa en los músculos que en el cerebro, hacen gala de sus muchos prejuicios escudriñando recelosamente de arriba a abajo como si de un escáner se tratara a cada persona que entra. Si por lo que sea no les agradas, no insistas, con frecuencia pierden los estribos y son propensos a "cruzar caras", aplicando posteriormente el "aquí paz y después gloria".
El silencio como tal no existe en estas noches, siempre es violentamente corrompido por sirenas de ambulancias o policía aquí o allá, griteríos y berreos a diestro y siniestro o, sencillamente, por la música de los locales, fruto esta última de múltiples denuncias por parte del vecindario, que pocas veces (o ninguna) se ven respaldados por la legislación.
Han pasado ya algunas horas, entraron personas al local y salen monstruos, incapaces de hacer uso del lenguaje con ese habla que parece satánica y que, aunque caminen sobre dos piernas (y no todos) como las personas, estos monstruos al avanzar van describiendo "eses". Un grupo de cuatro de estos recorre ahora una pequeña calle paralela, oscura y solitaria, decorada sólo por grafitis que yacen impasibles sobre los renegros ladrillos de las fachadas. El edor a orin de las paredes haría poner, cuanto menos, una mueca de náusea a cualquier ser humano, pero no será a nuestros cuatro monstruos protagonistas. En concreto son chavales de acomodada posición social, que lucen unas impolutas y preciadas camisas, siempre de primeras marcas y cuidadosamente planchadas por sus criadas en sus chalets.
De repente, algo rompe su intrascendetal conversación a gritos, es una voz queja, ronca, seca, proviniente de la puerta de un cajero. Curiosos, nuestros cuatro amigos en avanzado estado de embriaguez, se acercan a echar una ojeada. Se trata de un mendigo; con la tez oscura y un rostro castigado por todo tipo de inclemencias, pero que muestra sabiduría y una edad que de haber nacido con más oportunidades, gozaría ahora de una merecida jubilación.
Es entonces cuando nuestro pobre hombre pobre, indignado por la ostentuosidad y, por qué no decirlo, riqueza de los chavales comienza a proferir blasfemias y despotricar injurias al aire dirigidas más a todo cuanto le ha castigado en esta vida que a ellos en concreto. Pero ha elegido mala noche, mal receptor y mal mensaje para establecer diálogo.
Uno de ellos propone, entre risas, quemarle la manta; idea que es inmediatamente respaldada por los demás. Sin más dilación, ni la justa para dar tiempo al mendigo a levantarse, uno de ellos arroja sobre su manta lo que le quedaba de una botella de ron mientras el que estaba fumando tira su apurado pitillo a la susodicha haciendo gala de una estupenda (y en este caso mortal) coordinación. Quién les diría a ellos que debajo de esa manta no habría piernas, dificultad biológica que imposibilitó al mendigo toda posibilidad de escapar de las llamas, que, sin saber ninguno de ellos muy bien como, acabaron por quemarlo vivo.
Asustados y espantados, salieron corriendo hacia la parada del autobús, donde cogerían un viaje hacia la seguridad, confort y calor del hogar, allá donde todo es felicidad y donde tratarían de olvidar el incidente.
Qué duda cabe de que este crimen merecía castigo; pero no, no será hoy, no será aquí...y es que parece que Dios trata mejor a los que más tienen y se ceba con aquellos que más le necesitan.
La pantera, por Sergio Pitol y con un final alternativo de Lucía Zúñiga. Aporte por mio_lucia.l
Primera parte, por Sergio Pito
La pantera.
Ninguna de las magias que atravesaron mi niñez puede equipararse con su aparición. Nada de lo hasta entonces concebido logró confundir tan soberbiamente refinamiento y fiereza. En las noches siguientes imploré, divertido, al final impaciente, casi con lágrimas, su presencia. Mi madre repetía que de tanto jugar a los bandidos acabaría por soñarlos. En efecto, al término de unas vacaciones la persecución y la infamia, el coraje y la sangre frecuentaron mis noches. En esa época ir al cine se reducía a disfrutar una sola película con ligeras variantes de función en función: el tema invariable lo proporcionaba la ofensiva aliada contra las huestes del Eje. Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite vimos llover obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego; épicos juramentos de amor, penumbra de refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos rotos y grandes inmuebles sin fachada, y el mechón de Veronica Lake resistiendo impasible la metralla nipona mientras un grupo de soldados heridos era evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi cuarto y que una multitud de cuerpos despedazados y cráneos de enfermeras me lanzaran sobresaltado a buscar amparo en la habitación de mis hermanos mayores.
Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie divertían. Remplacé el consuetudinario antagonismo entre policías y ladrones o el nuevo, y consagrado por el uso y la moda, entre aliados y alemanes por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras sorpresivamente atacaban una aldea, cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y furia al ser atrapadas por cazadores implacables, combates encarnizados entre panteras y caníbales. Pero ni ellos, ni la frecuencia con que leía libros de aventuras en la selva hicieron posible que la visión se repitiera.
Su imagen persistió durante una temporada que no debió ser muy larga. Con indiferencia fui comprobando que la figura se volvía cada vez más endeble, que mansamente se difuminaban sus rasgos. El flujo atropellado de olvidos y recuerdos que es el tiempo anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. A veces me apremiaba la urgencia de escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir la noche de su aparición. Aquel bello, enorme animal, cuya negrura brillante desafiaba la noche, trazó un enorme rodeo en torno a la alcoba, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspiraba, las volvió a cerrar agraviado.
Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido. Durante días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba el haber podido imaginar que aquella hermosa bestia tuviese intenciones de devorarme. Su mirada era amable, suplicante, su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre para la caricia y el juego. Nuevas horas se ocuparon de sustituir a aquellas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No solo llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar con precisión la causa que los originaba. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el apasionante manejo de colores y líneas.
Final, por Sergio Pitol.
Triviales, alegres, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en medio de aquel bárbaro sueño infantil, volví a escuchar el ruido de un objeto que caía en la habitación contigua. Lo irracional que cabalga en nuestro interior adopta en determinados momentos un galope tan enloquecido que cobardemente tratamos de cobijarnos en ese enmohecido conjunto de normas con que pretendemos reglamentar la existencia, en esos vacuos convencionalismos y autoengaños con que se intenta detener el vuelo de nuestras intuiciones más profundas. Así, aun dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional: argüí que el ruido lo había producido la entrada de un gato que a menudo llegaba a la cocina a dar cuenta de los desperdicios.
Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a caer dormido para despertar poco después, al percibir con toda claridad cerca de mí, su presencia. Frente al lecho, contemplándome con expresión de gozo, estaba ella. Pude recordar dentro del sueño la visión anterior. Los años transcurridos habían logrado modificar únicamente el marco. Ya no existían los muebles pesados de madera oscura, ni el candil que pendía sobre mi cama; los muros eran otros, sólo mi expectación y la pantera se mantenían iguales: eran los mismos, cual si entre ambas noches hubiesen transcurrido apenas unos breves segundos. La alegría, confundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azorado permanecí en espera de su mensaje.
Ninguna prisa atenazaba al animal. Se paseó frente a mí con paso lánguido y artero, describiendo pequeños círculos; luego, con un leve salto alcanzó la chimenea, removió las cenizas con las garras delanteras y volvió al centro de la habitación; me observó fijamente, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar.
Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad conocida en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se develaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de exultación y júbilo alcanzó un grado de perfección intolerable. Imposible encontrarle parangón. Nada, ni siquiera uno de esos contados efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos la eternidad, me produjo el efecto logrado por el mensaje.
La emoción me hizo despertar, la visión desapareció; no obstante permanecían vivas, como grabadas con un hierro candente, aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una página hallada sobre el escritorio. Al volver a la cama, entre sueños, no podía dejar de saber que un enigma quedaba descifrado, el verdadero enigma, y que los obstáculos que habían hecho de mis días un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos.
Sonó el despertador. Contemplé con regocijo la página en que estaban inscritas aquellas doce palabras esclarecedoras. Dar un salto y leerlas hubiera sido el recurso más fácil. Tal inmediatez me parecía poco acorde con la solemnidad de la ocasión, En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y cuidadosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje.
Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La parafernalia de que se revistió ese sueño no puede atribuirse a simples coincidencias. No; había algo en su mirada, sobre todo en la voz, que hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la posibilidad de enlace con una fuerza y una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y sin embargo, con estupor y desolada vergüenza, debo confesar que las palabras anotadas eran sólo una mera enumeración de sustantivos triviales y anodinos que no tenían ningún sentido. Por un momento dudé de su cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filológicas. Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están inficionados de la misma estulticia, del mismo caos, de la misma incoherencia que padecen los hechos visibles.
Confío, sin embargo, en que volverá la pantera.
México, mayo de 1960
Mi final:
Ayer, sin embargo, tuve un leve roce con el pasado. Visitando un museo citadino, he fijado mi atención en un pequeño cartel de aquella época. Huestes del Eje y la ofensiva aliada volvieron a contender en mi cabeza. En este desierto infinito denominado tiempo me he detenido a meditar. Esa imagen me ha parecido incesante, más perenne que el arte o las grandes maravillas. Extrañamente me he concentrado en el espanto y en la guerra, en la mezcla realidad-ficción de mis pasatiempos infantiles. Creía haber cambiado, pero talvez no fue de esa manera.
Su aparición de esta noche no fue tan tangible como la de la vez anterior. Mas se ha conservado el carácter nebuloso. El causante ha sido, sin duda, el nuevo prendedor, regalo de aniversario para Jeannette, hecho de plata, brillante, con una pantera desafiante, algo mencionó el vendedor sobre inmensas fuentes de sabiduría. Es insólito como, después de tantas noches de implorar soñar con ella, ahora, una simple casualidad (aunque algunas personas niegan la existencia de las casualidades y aceptan sólo las causalidades), me la ha traído a la memoria cuando juraba haberla olvidado.
Me desperté de golpe, el presente reposaba aún encima de la mesa de noche. Mi cerebro vibró atiborrado de ideas. No me importó este mundo sino otro más lejano, una realidad ignorada: enormes fauces de dolor, guerras alimentándose de sangre y muerte, afiladas penas, rugidos de hambre. El orbe había sido desde el comienzo parte y contraparte, molesto júbilo y tribulación. Nos envolvía una pestilente avidez de matar. Por un momento, la destrucción dejó de ser un juego inofensivo y se transformó en la realidad de noticias y periódicos. La inocencia de la niñez y el discernimiento actual, eran dos caras de la misma batalla. Se me hizo difícil al principio, pero pude al fin visualizar ambas existencias como una sola. Dos personas distintas, con dos vidas opuestas, albergadas en un mismo cuerpo.
Estaba ya conciente, o al menos así lo creo, cuando la vi al pie de la cama. Mi mente aún trastornada, dividida por dos perspectivas, le permitió la entrada sin molestia alguna. Dentro de mí ella recorrió las guerras, el hambre y la miseria, sin comprender cómo los seres humanos podían matarse unos a otros sin remedio. Me dolía el cuerpo o quizá algo más profundo. Dentro de mí habitaron momentáneamente millones de personas, el dolor de años de devastación se albergaba en mis adentros. Yo era a su vez esos niños, esas mujeres, esos hombres asesinados y mutilados. Era también las ciudades destruidas, las armas. Era todo cuanto nuestra civilización había construido y destruido.
Fue entonces cuando supe su deseo: mi cerebro plasmado de humanos recuerdos. Me había elegido para poder percibir el verdadero sufrimiento de mi especie, y talvez entonces, sanarla. Yo recordaba la vida de otros y me sentía como ellos. Los instantes de tiempo perdidos y arrinconados se hospedaban dentro de mí. Era todo y todos al mismo tiempo. La mirada suplicante me conquistaba, y me ofrecía la más inmensa sabiduría, a cambio de un puñado de memorias. La voz de mi madre, mis pueriles diversiones, incluso ese afiche del museo, le eran indispensables para comprendernos y dar cura a nuestros males.
Sin dudarlo, me entregué totalmente. Ella fue como inmensa aspiradora, viví nuevamente esos años en cuestión de segundos, y entendí el código de un mensaje sin palabras, escrito con sensaciones de paz y posteridad. Gracias a mí, la pantera obtendría el dominio del tiempo y de la vida, y de algo aún más importante, lo perseguido con mis juegos infantiles: el dominio sobre la guerra.
Después de esa noche volví a mis actividades habituales. El ajetreo del trabajo y unos cuantos momentos de cultivo filosófico llenaron mis horas. El broche de Jeannette desapareció misteriosamente y fuera de estas letras no volví a mencionar a la pantera. Pero yo sé que ella está en alguna parte, aguardando y con el deseo eterno de salvarnos y dar a nuestra alma entera libertad.
El principito, por Antoine de Saint-Exupéry. Aporte dado por Anabi:
http://www.franciscorobles.com.ar/libros/principito/index.htm
La espera, por Lucía Zúñiga. Aporte dado por mio_lucia:
Dera tenía diecisiete años cuando decidió suicidarse. Le tomó meses llegar a la conclusión de que sólo ese camino terminaría de golpe con la tortuosa condena. Fue un día como cualquier otro, se dedicó a consentir su piel, a darse un baño con agua helada, se cepilló cien veces el cabello, y se puso un nuevo barniz de uñas color blanco. También meditó, por la tarde, en esa persona, el motivo de su espera, el sentido de su vida. Sintió que ya no vendría. Miró desde la ventana del tercer piso, su cuarto, como afuera las estrellas brillaban relucientes, la luna parecía haberse ido de paseo.
Tanto tiempo, cargando este tortuoso camino, tratando de salvar algo desconocido. Si supieras cuánto deseo mirarte, llamarías de inmediato a mi puerta.
Puso la mano en el pecho y sintió su ardor, a su mente acudieron recuerdos tormentosos. El rostro moribundo y pálido de su abuela la abrumaba siempre; durante días y noches enteras presionando sobre el pecho para lograr albergar el tesoro anhelado. Cuando el ritual terminó, su vestidito rosa estaba manchado de sangre, y la anciana cayó a sus pies muerta, sin más remedio.
Por supuesto que lo recuerdo, aquel objeto puesto ante mis ojos de niña, ¿cómo olvidarlo? Era la alhaja más linda que pudiera admirar: brillante, imponente, poderosa. Giré durante años en el círculo de su alrededor, me deleité con civilizaciones desconocidas, conocí personas lejanas, trasgredí la barrera del tiempo, anulé la diferencia entre la vida y la muerte; todo para caer vencida, finalmente, en la lágrima de su centro. Entonces, me di cuenta del horror atraído por el collar. Mientras él cambiaba entre el tono rojizo y el azulado, yo me consumí en esa ola de gritos y ruegos internos, ese despliegue de la más profunda agonía. Fui capaz de tolerar la tortura mental, estaba tan absorta en el fatal resplandor, hasta que me di cuenta de que ese dolor, ese sufrimiento, no existía aún, se extendería por medio de la joya. Mi deber era elegir si merecía ser liberado.
—Elige la muerte—fue la sentencia de mi abuela y así fue. Elegí la perpetua agonía, las emociones guardadas, los llantos secretos. Me incliné por una cruz de espinas y el abandono de los sentimientos. Promulgué la pena de muerte, siete veces seguidas—.
Ella se miró en el espejo, con el camisón abierto, una cicatriz estaba marcada en medio de sus senos, se definía la silueta de una gota tiernamente encerrada. Su figura era perfecta, insinuante, su rostro delicado, fino, terso, las manos de dedos largos y uñas blancas, boca pequeña y fina, piel ligeramente bronceada, cabello largo, brillante, aún más hermoso que la noche. Era bella, bellísima, desde el día de su nacimiento. La ventana estaba abierta y un fuerte viento recorría el cuarto, mas nadie movió la cortina, y cuando el bebé dio su primer grito, la brisa lo sobrecogió, helándolo.
—Es preciosa—el abuelo la tomó en sus brazos y la mostró a la madre dolida—.
—Así debe serlo, es como lo he prometido. Deberá ser la niña más encantadora, así esa persona vendrá a buscarle. Ella cambiará un destino.
La sentencia impuesta desde que me encontraba en el vientre de mamá. Me pregunto cómo puedo recordar algo tan lejano. Esa voz me persigue en las noches: la abuela repitiendo el motivo de mi existencia, ilusionándome con la llegada de esa persona, jurándome mostrarme el tesoro que resguardaría, planeando como convertirme en el más valioso de los cofres. Si al menos pudiera verte, mi existencia no sería en vano.
Caminó a la ventana y calculó, su cuerpo era débil y por eso no resistiría una caída desde esa altura. Nadie podía salvarla. Era casi la medianoche. No quiso dejar ninguna carta, ni la más mínima huella. Se acercó al borde y por primera vez se sintió libre, sonrió. Puso ambos pies y cerró los ojos, luego saltó.
Toda esta tortura, años de resguardo sin tener amigos son motivo suficiente. No puedo vivir simplemente para ser el envase de un tesoro, será mejor morir. Me piden luchar para salvar un lugar desconocido, dar esperanza a seres que nada tienen que ver conmigo, crear maravillas vedadas a mis sentidos; sólo porque este mundo, la Tierra, no tiene ninguna salvación. No me parece justo.
Un resplandor en el cielo, rápido y agudo, irrumpió el momento. No estaba segura de lo que sucedía, sin embargo, el tiempo se había retardado, caía ahora lentamente. Pudo verlo y saber de inmediato quién era. Esa persona había llegado. Se puso frente a ella y acomodó su cuerpo, podía ahora verle el rostro. Un ser divino, celestial, con ojos plagados de fuerza y bondad, ropas azuladas, siglos de magia y experiencia acumulados en sus venas. Sacó una espada brillante, de aguda punta, la hizo recordar las historias místicas. Puso una mano en su pecho, en la cicatriz.
Recordé en un segundo toda aquella promesa, su llegada significaba mi total entrega. Cuando él tocara el collar que se albergaba en mi cuerpo la batalla dejaría de fluir en su interior y se trasladaría al mundo. Todas las batallas implican riesgos y pérdidas, pero sin ellas no se puede ganar nada. La lucha debe abrirse para que exista un reto, son los retos los que dan sentido a la existencia, sea esta humana o no.
La miró con ternura y se acercó aún más, hizo latir su corazón en un segundo.
—Preciosa, tal como lo habían prometido.
La besó suavemente mientras reabrió la herida y al contacto con su piel el colgante se dividió en dos figuras: una lágrima azul y una lágrima roja, con los mismos gritos ocultos y el mismo sufrimiento exacto. Después, se separó de ella.
Su mirada dulce y amable valía para mí más que nada en el mundo. En sus manos brillaban esas joyas, esa esperanza de salvar a quienes ni siquiera conocía. Mi vida entera por un instante de su tiempo, por saber quien era. Recordé la última de las sentencias mientras le descubría la última de las sonrisas. Desapareció en un instante en el cielo abriendo un enorme agujero, el tiempo se regeneró.
Dera tenía diecisiete años cuando decidió suicidarse. Era una noche clara y un pequeño niño que pasaba sintió la brisa, un cuerpo a punto de caerle encima, tres gotas de sangre en su frente y luego un polvillo coloreado de blanco extendiéndose en la penumbra, jugando con las estrellas.
Relato sin titulo, por dacost23. Aporte dado por Dacost23
El momento ha llegado, despues de tanto tiempo en el mismo sitio, Juan se da vuelta y mira por ultima vez el lugar donde ha vivido durante mas de 30 años, sudando, recuerda los mejores momentos que vivio alli, sus camaradas de combate, sus charlas al amanecer con algun compañero de la compañia, el eterno sonido de las hojas quemandose al fuego abrazador de una simple fogata, pero tambien vienen a su mente aquellos recuerdos tristes, aquellas grandes personalidades que se han perdido, sus mejores amigos muertos en la pelea absurda por algo que a su vista era inalcanzable, algo imposible, si, muertos, como un suspiro fueron sus vidas, eran jovenes, terminando rapidamente bajo el sonido de alguna metralla, pero ya era demasiado tarde para remediarlo, ahora solo los puede ver en sus cicatrizes, sin embargo lo unico que realmente es eterno, ahora juan, el muchacho, tiene 57 años, se dice rapido, pero en su cara llena de arrugas de tribulaciones ha pasado mucho. pero tambien ha dejado mucho por hacer, a pesar de las constantes luchas, de la sangre derramada, sus superiores piensan que deben tener el control sobre la region que ahora esta llenas de crateres y desolacion, para el disgusto de sus superiores ahora el joven Juan ya no es tan joven, ahora sufre una enfermedad.al mismo tiempo que esta afeccion es un problema, es un alivio, significa el retorno a casa, esa casa que no ve desde hace tanto, el joven que partio dejó dos hijos y una amada, pero el deber lo llamó en la flor de su existencia.
El sonido de la sirena del barco despierta a Juan de los recuerdos de su vida, tan fragil como un vaso de cristal, nunca pidio un trato especial, y a su partida no quiso que le dieran sus merecidos honores, recibirlos seria como cometer una hipocrecia con sus camaradas que lo merecen tanto como el, asi mismo seria una hipocrecia con sus amigos muertos, por que al fin y al cabo una medalla despues de muerto no vale nada, pasan las horas, los dias, pero en sus tristezas, en sus melancolias, en sus mismas locuras de viejo, Juan ha perdido la nocion del tiempo, cada vez el dolor en el pecho es mas fuerte, al toser, el rojo en su mano o en el suelo, le recuerda las batallas que tantas veces libro, si, juan lo unico que quiere es volver, volver, esa palabra que tantas veces que se dijo a si mismo o que escribio en una carta, pero no puede olvidar el pasado, no puede dejar atras su guerra, su guerra por sobrevivir en un territorio hostil, ¿a cuantos, a cuantos he matado? ahora solo quiero huir, suena la debil voz de juan, este centra lo poco que le queda de vista en el horizonte, esa vista luce preocupada por querer llegar a un sitio donde tal vez no le alcance el tiempo.
Juan se vuelve a recostar, piensa que probablemente esa sera la ultima vez que vea el sol, que sienta la frescura del viento suavizar su cara, pasan y pasan los dias, y juan sabe que su tiempo esta cerca, si, todos sabian, incluyendolo que esa seria su ultimo viaje, los pocos amigos que dejo sabian que esa seria la ultima vez, nada es tan refrescante para un soldado que ir a morir a su casa, no importa lo que digan, ese es el sueño de todo combatiente, su vista enfoca nuevamente el horizonte, y esta vez para su sorpresa, el horizonte deja ver tierra firme.
La vida le ha dado a Juan un ultimo chance, una ultima oportunidad de exaltar lo que realmente importa y solo tras años de cruenta lucha él valoro, su familia, su felicidad, que le fue esquiba por treinta años, esta felicidad vuelve cuando Juan ve a sus dos hijos (ahora hombres) y a su amada.
Ya recostado en su lecho de muerte, rodeado de las personas con las que añoró tanto estar, Juan puede sonreir por ultima vez, por que a Juan la vida le dio un ultimo chance, y él no lo desaprovecho.
El abrazo, de Ariel Díaz. Aporte dado por Anabi:
Los techos rojos de las casas se empequeñecían a medida que escalaba el cerro más cercano. Desde un azul implacable, donde giraban planeando varios pájaros negros, el sol primaveral llenaba de vida la tarde. Oyó ladridos lejanos, el llanto de un bebé y el hollar de los viejos cascos del caballo de la noria hundiéndose en el círculo de fango. Se quitó la camisa, la anudó a su cintura y continuó la ascensión sorteando charcos y piedras. Los cabellos castaños caían sobre su frente transpirada.
Llegó al bosque, donde se detuvo a escuchar los cantos de los pájaros; se enorgullecía de poder distinguirlos, de saber a qué especies pertenecían, y comprender si eran un reclamo de amor, la llamada a un pichón o el desafío de un macho. Con los bolsillos atiborrados de migas, bichitos y lombrices, quieto y con ambas manos tendidas, ofreció en las palmas, los manjares que las aves más audaces se atrevieron a comer.
De pronto sintió que lo observaban. Al volver el rostro se encontró con los ojos claros de un desconocido que lo miraba asombrado. Receloso primero, luego más tranquilo, ensayó un tímido ¡hola!, sin recibir contestación. Bajó la vista, molesto ante la fijeza de aquella mirada que parecía ver dentro de él, turbándolo hasta el sonrojo.
A los pocos minutos conversaba entusiasmado con el hombre —como camaradas de viejos encuentros—, de todo aquello que le gustaba: dibujar, escribir, soñar, y del amor a los animales y las plantas. Se sorprendió, porque ni con sus amigos más íntimos había logrado comunicarse tan espontáneamente.
Ambos continuaron trepando la montaña. Confundido por momentos, el chiquillo pensaba que estaba obrando mal. De acuerdo con lo enseñado por su madre y las maestras, no debía confiar demasiado en un extraño. Le habían hablado en forma vaga de hombres que buscaban niños para lastimarlos, y eso era algo que lo asustaba; pero al instante, los transparentes ojos del forastero y su sonrisa le hacían olvidar la desconfianza inculcada y se entregaba mostrándose entero, con sus gustos, sueños y temores.
Hasta habló de sexo y le pidió consejo, lo que no se había atrevido a hacer, a su madre por vergüenza, y a sus amigos por no afrontar las clásicas bromas que le hubieran hecho debido a su inexperiencia.
Si bien los momentos de desconfianza surgían esporádicamente, se diluían en la cada vez más profunda relación que se iba estableciendo. El desconocido parecía adivinar sus pensamientos y muchas veces completaba la frase por él comenzada.
Le preguntaba sobre los animales silvestres, la construcción del nido del reyezuelo, los colores de los jilgueros, el lugar donde ponían sus huevos los tordos, cómo se injertaban los rosales, la reproducción de las ranas. De pronto se encontraba averiguando cuál era la mejor edad para casarse y qué se hacía la noche de bodas. Todo lo quería saber, porque aquel hombre parecía el dueño de todas las respuestas; así le dijo que se casaría a los veintisiete años luego de recibirse de veterinario, y que sería muy feliz en su matrimonio con Paula. No le alcanzaban el asombro y el agradecimiento. Sus ojos permanecían muy abiertos. Escuchaba con atención cada palabra.
Charlando y riendo, llegaron a un estrecho puente que atravesaba una hendidura en la montaña. En la mitad del puente, con los ojos llenos de lágrimas, el desconocido lo abrazó.
Ante ese gesto de afecto inesperado, apareció nuevamente la desconfianza aprendida y el temor lo hizo reaccionar; se separó del abrazo empujando al hombre con fuerza hacia atrás. Éste trastabilló, intentó aferrarse del endeble pasamanos. Pero no pudo. Cuando el chico quiso remediar la situación tratando de sostenerlo, ya era tarde; caía en medio de un alarido hacia las entrañas del precipicio.
Luego de unos segundos durante los cuales quiso detener el tiempo y volver atrás, escuchó el golpe del cuerpo. Se hizo un silencio de muerte, angustia y soledad. El niño quedó solo, balanceándose en medio del puente.
Recuperado, intentó por todos los medios bajar a la parte más honda de la grieta donde suponía que estaba el hombre, con la esperanza de que por un milagro estuviese vivo. Casi había oscurecido y se hallaba muy adentrado en el abismo, pero sin poder llegar al fondo. Gritaba, ¡señor!, ¡señor!, ¡señor! Si alguien hubiese estado escuchándolo, habría pensado que llamaba a Dios. Con angustia, gemía, ¿por qué, por qué?, mientras resbalaba, lastimándose brazos y piernas.
Ya bien entrada la noche, cuando la madre, alarmada, después de buscarlo en casa de todos sus amigos iba a dar parte a la policía, lo vio llegar caminando por el medio de la calle, tambaleante, con la ropa destrozada, las rodillas y las manos rojas de sangre. Lo llevó a la casa, lo bañó, curó y arropó. Estuvo a su lado durante esa larga noche.
Recordaba como entre brumas los días siguientes. No quería atravesar la puerta de calle. Pensaba que en su cara se reflejaría el delito cometido. Casi un mes insistió su madre para convencerlo de su regreso a la escuela, pero la idea de que alguien pudiese encontrar el cuerpo y lo acusara del crimen, lo persiguió mucho tiempo, perturbando su sueño. Se volvió huraño.
Lentamente, volvió a ser para todos el chico amistoso, a veces un poco solitario, que había sido siempre. Para todos, excepto para su madre, quién, a través de sus ojos claros, percibía una angustia que su sonrisa no lograba ocultar.
Estudió con ahínco, finalizó el secundario y ya en la Capital, completó sus estudios de Veterinaria, se casó con Paula y tuvo cuatro hijos.
Poco a poco, creció en él un gran desasosiego. Como si en su vida le faltase algo por hacer. Sintió la necesidad de viajar a su pueblo para hacer frente al pasado.
No bien llegó, se dirigió a la montaña. Liberado a medias del sordo remordimiento que lo había acompañado tantos años, trepaba por la ladera mientras una sensación de felicidad lo iba invadiendo; evocaba las veces que había recorrido ese camino, cuando quería encontrarse a sí mismo. En el cielo, varios pájaros evolucionaban en órbitas reiteradas. Volvió a escuchar el chapoteo de los cascos del caballo de la noria en el barro circular, el rechinar de las ruedas, el fluir insistente del agua hacia el abrevadero. Llegó a un grupo de cinco árboles bajos de troncos retorcidos y reconoció su querido bosque; escuchó, nítidos, los trinos en la quietud de la tarde.
Lo vio a la vuelta de un peñasco. En el centro de un revuelo de pájaros, contempló con asombro la figura inmóvil de ese chiquillo con pantalones cortos y la camisa anudada a la cintura que, con las manos tendidas, ofrecía comida en sus palmas; cuando el pequeño se volvió, observó el pelo castaño sobre su frente y temor en sus ojos claros muy abiertos. Escuchó un tímido ¡hola! pero, sorprendido, no atinó a contestar.
Repuesto, empezó a hablar, tratando de vencer la turbación del niño; lo logró y, a los pocos minutos, charlaban como viejos amigos.
Durante más de una hora escalaron la montaña. En un recodo del camino apareció ante su vista el puentecito; con paso firme comenzaron a cruzarlo, conversando animadamente.
Al llegar al medio, con lágrimas en los ojos, lo abrazó.
El eclipse, por Rubén Carrasco. Aporte dado por Nenec:
El Sol de aquel crepúsculo de primavera le daba directamente en la cara mientras avanzaba por aquella concurrida calle. Su resplandor ya no le molestaba, hacía tiempo que se había acostumbrado a notar su calor en la cara y su color en la piel. Sabía que no le quedaba demasiado tiempo así que buscó a su alrededor un lugar donde ocultarse de las miradas rápidas y perspicaces que poseían algunos de los mortales que se encontraban en la zona. Un estrecho callejón entre dos altos edificios bastó para que se decidiera a utilizar sus habilidades sin temor a ser descubierto. Sin dudarlo, comenzó a correr. Pasaba veloz entre gente que ni se percataba de su presencia, notando sólo un instante de fuerte viento que dejaba perplejos a los más supersticiosos. Ya no recordaba el momento en que había adquirido esos poderes, ninguno lo recuerda, lo único que no podían olvidar sus tan desarrollados sentidos era el momento en que le arrebataron todo.
Cerro la enorme puerta metálica al entrar en el edificio. El eco del golpe se extendió rápidamente por toda la nave. Los últimos rayos del Sol se despedían de aquellos parajes hasta la mañana siguiente mientras Eón se dirigía al centro del almacén abandonado.
-Cualquier día te sorprenderá la noche...
-No me importa y lo sabes-comentó sin inmutarse el joven de oscura cabellera acercándose hacia la trampilla del subterráneo sin prestar atención al fornido hombre que había aparecido de la nada.
-¿No te importa? Creía que todavía te quedaba algo por hacer.
-Mañana es el día-dijo Eón bajando por la maltrecha escalera de madera que llevaba al piso inferior.
-Te admiro, ¿lo harás incluso sabiendo que no saldrás vivo?-preguntó el hombre a la vez que cerraba la trampilla tras de sí.
El último rastro de luz desapareció por el horizonte. Eón siguió por un largo y oscuro pasillo seguido de cerca por el misterioso individuo. De pronto, se paró:
-Gewish, ¿cuánto hace que eres un Desterrado de la Noche?-no esperó respuesta-. Yo no pienso aguantar tanto.
Entraron en un habitación sin ventanas, iluminada por una lámpara colgando del techo. Eón recordó el interrogatorio al que había sido sometido años antes. Fue entonces cuando su clan lo desterró, convirtiéndolo en uno de los pocos proscritos a los que no les era permitido vagar de noche, su castigo era “vivir” de día como los simples mortales, eran vampiros diurnos, los Desterrados de la Noche.
Gewish se sentó. Eón se acercó a él:
-Me dijiste que me revelarías tu crimen.
-Hice planes para acabar con el Jefe de mi Clan-dijo Gewish sereno.
-¿Eso no se castiga con la muerte?-preguntó Eón.
-Mi Jefe tuvo compasión-alzó la mirada para clavar sus ojos en los del joven que se encontraba de pie a su lado-, era mi hermano...
Eón calló, produciéndose un incómodo silencio que el traidor frustrado no fue capaz de soportar:
-El eclipse empieza a las 12,00 PM-se dispuso a presentar el plan de ataque por última vez-, a partir de este momento, y hasta que el Sol y la Luna se alineen por completo, pasarán dos horas en las que ningún vampiro, nocturno o diurno, podrá salir al exterior sin quedar reducido a polvo. La alineación durará veinte minutos. Aprovecha el tiempo, sólo durante este corto periodo todos los vampiros podrán permanecer bajo el mismo cielo. No sabes cuándo tendrás otra oportunidad. Una vez la Luna y el Sol prosigan su camino, cualquier exposición durante las dos horas siguientes será un suicidio. Pero creo que eso no te importa...
-Así es-dijo Eón sin el menor rastro de temor en su voz-. Gracias Gewish, me voy a preparar...
El muchacho se incorporó y se dirigió hacia la puerta de la sala
-Toma esto-Gewish lanzó una daga al chico, que la atrapó girando a gran velocidad-. Con ella intenté matar a mi hermano. Espero que tengas más suerte que yo...
-¡Eón, el castigo por tu osadía es el exilio!
Se despertó. Miró el reloj, eran las 11,30 AM, en media hora comenzaría el eclipse. Cada noche, desde el inicio de su condena, había escuchado la voz de su Jefe haciendo pública su sentencia mientras de fondo se podían oír los gemidos y el llanto de alguien. Comenzó a vestirse y, poniéndose unos guantes negros, empezó a guardar todas las armas que había preparado la noche anterior: un par de pistolas con los cargadores llenos de balas de plata, que situó a los dos lados del cinturón que sujetaba sus rotos pantalones vaqueros; bombas de agua bendita, para ser exactos tres, también colgadas del cinturón; la daga de Gewish en su bota y, por último, su arma preferida, una ballesta con un curioso dispositivo, parecido al cargador de una pistola, que él había inventado, no era automática, pero solo tenía que pulsar un botón para recargar el arma. Miró el reloj, las 12,00 PM. Se sentó a esperar. El eclipse había comenzado.
La población se reunía en los lugares desde donde se podía observar mejor aquel insólito espectáculo. Ningún vivo recordaba el último eclipse total. En el momento en que el satélite ocultó por completo al astro, dejando visible de este sólo la corona solar que destacaba en la oscuridad más absoluta, una fuerte y rápida ráfaga de viento fue notada por algunos curiosos que se agolpaban en uno de los numerosos miradores que se repartían por las montañas más cercanas a la ciudad. Justo cuando el eclipse se hubo completado, Eón salió a toda velocidad en dirección a su antiguo hogar. Lo que para cualquier desconocido solo sería una vieja mansión abandonada en mitad del campo, para él era su enemigo, su cárcel, su libertad, su destino... su tumba. Frenó en seco y fue subiendo tranquilamente todos los escalones que le separaban de su venganza. Al llegar arriba y encontrarse frente a la puerta de la casa, miró su reloj.
-Quince minutos...-se detuvo a pensar-, me sobra tiempo.
Adelantó su brazo izquierdo hasta que la palma de su mano quedó apoyada en al carcomida madera y, con la mano derecha cerca de su cintura, empujo...
-¡Cómo te atreves a volver aquí, eres un desterrado, no te está permitido entrar en los dominios del Clan!-gritó al verle el vampiro de mayor rango de entre los muchos individuos que le rodeaban amenazantes ahora que se encontraba en el vestíbulo.
-No olvides que lo que suele ocurrir con los vampiros de sangre pobre, no escarmientan...-alzó la voz irónico uno de los presentes.
Todos rieron el chiste. Eón era un vampiro de sangre pobre, es decir no era un vampiro de nacimiento, sino que era un humano convertido, por eso sus finos rasgos no delataban su salvaje naturaleza mientras estaba en la ciudad y podía salir sin temor alguno. En cambio Gewish, vampiro de nacimiento, no solía abandonar el viejo almacén donde vivían los Desterrados de la Noche de la zona.
-Tenéis razón-prosiguió el cabecilla del grupo-, no escarmientan. ¡Esta vez su castigo será la muerte!-sirviendo este grito para que todos los no muertos de la sala se dispusieran a atacar a Eón, pero antes de que ninguno de ellos hubiera podido reaccionar, él ya estaba disparando una tras otra las balas que guardaban sus pistolas mientras esquivaba una y otra vez los desesperados envistes de sus enemigos. Medio centenar de cadáveres alfombraban la estancia, solo el vampiro de alto rango permanecía con vida, tirado, cubierto de sangre, a los pies de la escalera que conducía al segundo piso.
-¿A qué has vuelto?-preguntó entrecortadamente con las pocas fuerzas que le quedaban mientras veía al traidor acercarse.
-A por el mayor tesoro del Clan-fue la única respuesta que dio Eón descargando la última bala en la cabeza del moribundo.
Tiró las armas vacías y comenzó a subir escalones. Antes de que llegara a la mitad de la escalera, el suelo del vestíbulo estaba desierto, solo el polvo lo cubría.
- Yo que vosotros correría-dijo Eón sin inmutarse al alcanzar la primera planta mientras lanzaba al aire las tres bombas que llevaba en la cintura y corría rápidamente hacia el segundo piso.
Una explosión, una ráfaga de lluvia, gritos.
-Yo he avisado-se decía el enloquecido intruso mientras subía por la escalera. Los vampiros del primero no habían reaccionado a tiempo.
-¡¿Cómo osas volver a mi casa?!-gritaba encolerizado la única persona que se encontraba en el tercer piso.
Era un hombre mayor, el poco pelo que le quedaba y su larga barba canosa hacían imposible ocultar su edad. Se encontraba en la otra punto de una gran sala de baile, de pie al lado de un trono. A sus espaldas unas grandes puertas.
-¡No permitiré que pases!¡No dejaré que te lleves...!
-¡Cállate!-le cortó Eón cogiendo la ballesta que colgaba de su espalda.
Una flecha rasgó el aire. Con un ágil movimiento el viejo esquivó el proyectil.
-Te recuerdo que seré viejo, pero sigo siendo el Jefe del Clan-una sonrisa maliciosa se dibujó en la cara del vampiro justo antes de desaparecer.
Eón agudizó sus sentidos al máximo intentando descubrir los rápidos movimientos del Jefe.
-Por mucho que te esfuerces no dejas de ser un humano convertido-susurró el viejo al oído de la persona a la que consideraba la causa de todos sus males desde el momento en que lo conoció, mientras con una de sus largas y afiladas uñas presionaba el cuello del chico y con la otra mano le retorcía el brazo derecho, obligándolo a soltar el arma-. Nunca volverás a notar su suavidad en tus sucias manos de sangre pobre. Me pertenece...
Un codazo en el estomago ahogó la última frase del viejo Jefe, pasando este a estar en el suelo con una daga rozando su pecho.
-Sí, pero ahora es mía-con fuerza Eón hizo llegar el filo del cuchillo hasta el corazón del vampiro que se deshizo al instante entre sus brazos, convertido en polvo.
Miró el reloj. Cinco minutos y acabaría el eclipse. Se dirigió con paso decidido hasta las grandes puertas que gobernaban el otro extremo del salón. Giró el pomo...
-Has tardado mucho-le dijo, sin mirarlo, la joven de blancos cabellos y ojos oscuros que se encontraba apoyada en la baranda de piedra del balcón.
Eón se puso a su lado sin dirigirle la mirada.
-Pero he vuelto.
Silencio.
-¿Es bonito verdad?-preguntó la joven refiriéndose al eclipse que observaba con suma atención.
-Sí, pero ya se acaba-contesto Eón-. Sabes que lo eres todo para mí, ¿verdad?
-Todo hubiese sido diferente si yo no fuese hija del Jefe.
Eón la abrazó.
-Eso ahora ya no importa, estaremos siempre juntos.
Y se fundieron en un largo y apasionado beso mientras la Luna y el Sol se separaban y a ellos se los llevaba el viento.
Ensayo, por Baltazar Gracián. Aporte dado por Wolf Blue (los ensayos no son literatura)
I - Abundancia / Singularidad
- Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro; es descrédito lo mucho. Aun entre los hombres, los gigantes suelen ser los verdaderos enanos. Estiman algunos los libros por la corpulencia, como si se escribiesen para ejercitar antes los brazos que los ingenios.
- Lo bueno, si breve, dos veces bueno y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintaesencias que fárragos y es verdad común que el hombre largo pocas veces entendido.
- La costumbre disminuye la admiración y una mediana novedad suele vencer a la mayor eminencia envejecida.
- No ha de ser única la dependencia, ni se ha de estrechar a una cosa sola,
aunque singular.
- No hay cosa no tenga algo bueno y más si es libro, por lo pensado.
- Más se estima el tibio sí de un varón singular que todo un aplauso común,
porque regüeldos de aristas no alientan.
II - Amistad / Enemistad
- Métense a querer dar gusto a todos, que es imposible, y vienen a disgustar a todos, que es más fácil.
- Aun de los amigos no se ha de abusar, ni quiera más de ellos de lo que le
concedieren. Todo lo demasiado es vicioso y mucho más en el trato.
- Al varón sabio más le aprovechan sus enemigos que al necio sus amigos.
Fabricáronles a muchos su grandeza sus malévolos. Más fiera es la lisonja que el odio, pues remedia éste eficazmente las tachas que aquélla disimula.
- Es definido uno por los amigos que tiene, que nunca el sabio concordó con
ignorantes.
- No hay desierto como vivir sin amigos. La amistad multiplica los bienes y
reparte los males, es único remedio contra la adversa fortuna y un desahogo del alma.
- No se han de dar armas a los tránsfugas de la amistad, que hacen con ellas la mayor guerra.
- El que comunicó sus secretos a otro hízose esclavo de él y en soberanos es
violencia que no puede durar.
- No se ha de apurar el agradecimiento, que, en viéndose imposibilitado,
quebrará la correspondencia. No es menester más para perder a muchos que
obligarlos con demasía; por no pagar se retiran y dan en enemigos, de obligados.
El ídolo nunca querría ver delante al escultor que lo labró; ni el empeñado, su
bienhechor al ojo. Gran sutileza del dar, que cueste poco y se desee mucho, para que se estime más.
- De los amigos maleados salen los peores enemigos; cargan con defectos ajenos el propio en su afición.
III - Apariencia
- Las cosas comúnmente no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Son raros los que miran por dentro y muchos los que se pagan de lo aparente.
- Por lo exterior se viene en conocimiento de lo interior y por la corteza del
trato sacamos el fruto del caudal, que aun a la persona que no conocemos por el porte la juzgamos.
- Hay sujetos de una sola fachata, como casas por acabar, porque faltó el
caudal: tienen la entrada de palacio y de choza la habitación. No hay en éstos dónde parar, o todo para, porque, acabada la primera salutación, acabó la conversación.
- El ver guisar el manjar más regalado sirve antes de asco que de apetito.
Recátese, pues, todo gran maestro de que le vean sus obras en embrión; aprenda de la naturaleza a no exponerlas hasta que puedan parecer.
IV - Astucia
- Nunca juega el tahúr la pieza que el contrario presume y menos la que desea.
- El decir mal de una cosa se tiene por estimación de ella, que el que la quiere para sí la desacredita para los otros.
- Gózanse las cosas ajenas con doblada fruición, esto es, sin el riesgo del daño y con el gusto de la novedad.
- Siempre se ha de llevar la boca llena de azúcar para confitar palabras, que
saben bien a los mismos enemigos. Gran sutileza del vivir, saber vender el aire.
V - Cordura / Locura
- Hállanse otros que tienen destemplado el juicio en unas cosas y en otras muy en su punto, pero lo ordinario es que el que tiene depravada la raíz lleve
desazonado todo el fruto.
- Tiénese por agravio el disentir, porque es condenar el juicio ajeno.
- Débese a todos el que se paga de sí mismo. Querer hablar y oírse no sale bien; y si hablarse a solas es locura, escucharse delante de otros será doblada.
VI - Cortesía
- Llene la cortesía el vacío del favor y suplan las buenas palabras la falta de
las obras. El no y el sí son breves de decir y piden mucho pensar.
- Llegue deseado y será bien recibido. Nunca venga sino llamado, ni vaya sino
enviado.
VII - Desengaño
- Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado, porque el fingirse las
perfecciones es fácil y muy dificultoso el conseguirlas. La esperanza es gran
falsificadora de la verdad: corríjala la cordura, procurando que sea superior la
fruición al deseo.
- Si nada hay que desear, todo es de temer: dicha desdichada; donde acaba el deseo, comienza el temor.
VIII - Envidia
- Es la Envidia pegajosa, siempre halla de qué asir, hasta de lo imaginado.
Fiera crudelísima, que con el bien ajeno hace tanto mal a su dueño propio.
- Achaques de arpía son los de la Envidia, que todo lo inficiona y, a fuer de
basilisco, su mirar es matar.
- No muere de una vez el envidioso, sino tantas cuantas vive a voces de aplausos el envidiado, compitiendo la perennidad de la fama del uno con la penalidad del otro. El clarín de la fama, que toca a inmortalidad al uno, publica la muerte
para el otro, sentenciándole al suspendio de tan envidiosa suspensión.
- Todos codician, con descontento de la propia, la felicidad ajena. También
alaban los de hoy las cosas de ayer y los de acá las de allende. Todo lo pasado parece mejor y todo lo distante es más estimado.
IX - Inconstancia
- Ésa es la infelicidad de nuestra inconstancia. No hay dicha, porque no hay
estrella fija de la Luna acá; no hay estado, sino continua mutabilidad en todo. O se crece o se declina, desvariando siempre con tanto variar.
- Las cosas que se han de hacer no se han de decir y las que se han de decir no se han de hacer.
- Es fácil el decir y difícil el obrar. La eminencia en los hechos dura, en los
dichos pasa.
X - Maldad / Bondad
- Puede el león enseñar a muchos galantería, que las fieras se humanan cuando los hombres se enfierecen, y si degeneraron tal vez fue (a ponderación de Marcial) por haberse maleado entre los hombres.
- Si la desigualdad fuera de lo malo a lo bueno fuera buena, y si de lo bueno a lo mejor, mejor; pero comúnmente consiste en deteriorarse, que el mal siempre lo vemos de rostro y el bien de espaldas. Los males vienen y los bienes van.
- La intención malévola es un veneno de las perfecciones y, ayudada del saber, malea con mayor sutileza. Ciencia sin seso, locura doble.
- Nunca se le ha de abrir la puerta al menor mal, que siempre vendrán tras él
otros muchos, y mayores, en celada.
- No despreciar el mal por poco, que nunca viene uno solo. Andan encadenados, así como las felicidades. Van la dicha y la desdicha de ordinario adonde más hay; y es que todos huyen del desdichado y se arriman al venturoso.
- No ser malo de puro bueno. Eslo el que nunca se enoja: tienen poco de personas los insensibles. No nace siempre de indolencia, sino de incapacidad.
XI - Sabiduría / Necedad
- Hay algunos, y los más, que para una cosa sola los habéis de buscar, porque no valen para dos; hay otros que siempre se les ha de tocar un punto y hablar de una materia: no saben salir de allí, hombres de un verbo, Sísifos de la conversación que apedrean con un tema.
- Cuanto más saben algunos de los otros, de sí saben menos, y el necio más sabe de la casa ajena que de la suya, que ya hasta los refranes andan al revés. Discurren mucho algunos en lo que nada les importa y nada en lo que mucho les convendría.
- Mas cuando dos de una misma malhumorada impertinencia topan y se empeñan, estése a la mira el varón cuerdo, no tercie, que yo le afianzo el mejor rato, con tal que asegure su partido y mire desde la talanquera de su cordura los toros de la necedad ajena.
- Pasión es de necios el ser muy diligentes, porque como no descubren los topes obran sin reparos, corren porque no discurren y, como no advierten, tampoco advierten que no advierten, que quien no tiene ojos para ver, menos los tendrá para verse.
- Tanto es uno cuanto sabe y el sabio todo lo puede. Hombre sin noticias, mundo a oscuras.
- La necedad siempre entra de rondón, que todos los necios son audaces [...]; pero la cordura entra con grande tiento. Conviene ir detenido donde se teme
mucho fondo; vaya intentando la sagacidad y ganando tierra la prudencia. Hay grandes bajíos hoy en el trato humano: conviene ir siempre calando sonda.
- Es muy fácil de cobrar la siniestra fama, porque lo malo es muy creíble y
cuesta mucho de borrarse. Excuse, pues, el varón cuerdo estos desaires,
contrastando con su atención la vulgar insolencia, que es más fácil el prevenir que el remediar.
- No es necio el que hace la necedad, sino el que, hecha, no la sabe encubrir.
- Hase de vivir con otros y los ignorantes son los más. Para vivir a solas ha de tener o mucho de Dios o todo de bestia.
- Con los necios poco importa ser sabio y con los locos cuerdo: hásele de hablar a cada uno en su lenguaje. Para ser bienquisto, el único medio, vestirse la piel del más simple de los brutos.
XII - Seriedad / Bromear
- El que siempre está de burlas nunca es hombre de veras. No hay mayor desaire que el continuo donaire. Su rato han de tener las burlas, todos los demás las veras.
- Que es de ver uno de estos destemplados de agudeza, siniestros de ingenio, chancear aun en la misma muerte, que si los sabios mueren como cisnes, éstos como grajos, gracejando mal y porfiando.
- Otros hay que en España visten a lo francés y en Francia a lo español y no
falta quien en la campaña sale con golilla y en la corte con valona, haciendo de esta suerte celebrados matachines, como si necesitase de sainetes la fisga.
- Hacen otros de una gracia atajo al desempeño, que hay cosas que se han de tomar de burlas y, a veces, las que el otro toma más de veras.
XIII - Sinceridad / Mendacidad
- Es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve, extravagantemente se oye: raras veces llega en su elemento puro y menos cuando viene de lejos: siempre trae algo de mixta, de los afectos por donde pasa; tiñe de sus colores la pasión cuanto toca, ya odiosa, ya favorable.
- El no creer es indicio del mentir, porque el mentiroso tiene dos males: que ni
cree ni es creído.
- No todas las verdades se pueden decir: unas porque me importan a mí, otras porque al otro.
- No hay cosa más fácil que engañar a un hombre de bien. Cree mucho el que nunca miente y confía mucho el que nunca engaña. No siempre procede de necio el ser engañado, que tal vez de bueno. Sea uno mixto de paloma y de serpiente; no monstruo, sino prodigio.
XIV - Vida / Muerte
- La misma Filosofía no es otro que meditación de la muerte, que es menester
meditarlas muchas veces antes para acertarla hacer bien una sola después.
- Hay mucho que saber y es poco el vivir y no se vive si no se sabe.
- La muleta del tiempo es más obradora que la acerada clava de Hércules.
- Es dificultoso llenar un gran vacío, porque siempre lo pasado pareció mejor.
- Para vivir mucho es arbitrio valer poco; la vasija quebrantada es la que nunca se acaba de romper, que enfada con su durar.
- Unos mueren porque sienten y otros viven porque no sienten. Y así, unos son necios porque no mueren de sentimiento y otros lo son porque mueren de él. De suerte que unos mueren de entendedores y otros viven de no entendidos; pero, como morir muchos necios, pocos necios mueren.
- La capacidad y grandeza se ha de medir por la virtud, no por la fortuna.
- Las cosas que son más para olvidadas son las más acordadas. No sólo es villana la memoria para faltar cuando más fue menester, pero necia para acudir cuando no convendría: en lo que ha de dar pena es prolija y en lo que había de dar gusto es descuidada.
San Jordi (San Jorge), por Rubén Carrasco. Aporte dado por Nenec.
Y allí, mientas miraba los ojos ardientes de la bestia mitológica, Jordi, valeroso caballero, sabía que lo que estaba apunto de hacer haría que la Historia lo recordase.
Al llegar al recinto amurallado que rodeaba la ciudad, gobernada por un enorme castillo, vio como el puente levadizo bajaba para abrir un camino sobre el foso, hacia el interior de la ciudad, sin que él se hubiese presentado ante los vigías. ¿El motivo? Una figura cubierta con una capa negra que, gimiendo (o eso le pareció al caballero), con paso lento, cabeza gacha y arrastrando los pies, cruzó el puente y, tras cruzarse con Jordi un segundo, siguió su camino hacia el horizonte.
Sólo fue un segundo, pero durante el segundo en el que pudo sentir la presencia de vida en aquella figura que se acababa de cruzar, un embriagador perfume le envolvió.
Los guardias de la muralla le dijeron de malas maneras que entrase, que era tarde y debían cerrar la ciudad. Una vez dentro, Jordi se encontró con una calle desierta. El sol empezaba a decaer y la luz anaranjada iluminaba las construcciones de piedra y los adoquines del suelo. Siguió caminando mientras se preguntaba el porqué de aquel silencio. La respuesta la encontró al llegar a la plaza.
Al bajarse del caballo, un mozo de cuadras se le acerco con la intención de captarlo como cliente. Jordi no tuvo reparos en dejarle su caballo, pero puso una condición: que le explicase qué ocurría en aquella ciudad. Y, mientras la noche cubría con su estrellado manto el cielo, el caballero asistió al relato más escalofriante que había oído jamás. La situación de aquella ciudad era más terrible que estar sitiado en Constantinopla por el ejército turco, más terrible que la situación de los cruzados en Jerusalén.
No dio tiempo a reprochar al muchacho. Volvió a montar en su caballo y, haciendo caso omiso a los gritos del joven, cabalgó hacía la puerta de la ciudad. A medida que se acercaba vio que el puente levadizo comenzaba a alzarse y, temerariamente, atizó a su caballo y aprovechó la velocidad para salvar ese obstáculo saltando por encima del foso hasta la orilla exterior.
Dejada atrás la ciudad y los insultos de los centinelas, Jordi no podía dejar de pensar en lo que le había contado el mozo de cuadras. Al parecer, aquella había sido una ciudad prospera en el pasado, pero un enorme y fiero dragón se había asentado en una cueva cercana, decidiendo que aquella y otras ciudades formaban parte de su territorio. Así, pedía que los habitantes de estas poblaciones le rindiesen tributo en forma de comida a cambio de su vida. Empezó demandando los animales que servían de alimento a los habitantes y, poco a poco, el número de cabezas de ganado fue disminuyendo. A medida que los animales eran devorados y las ciudades ya no tenían que ofrecer, el dragón ordenó que, cada día, le enviasen a su morada una persona viva elegida por sorteo. Y, de esa manera, una a una, todas las ciudades de los alrededores había caído y permanecían abandonadas.
Sólo una ciudad, la más grande, resistía a duras penas. Esta ciudad hacía el sorteo ritualmente y todos sus habitantes podrían haber sido los elegidos aquel día. Pero la desgracia cayó sobre la familia real, cuyos miembros, conscientes del dolor de su pueblo, también quisieron formar parte del sorteo. Ya la reina había caído en las garras del fiero dragón y, esta vez, le tocó el turno a la Princesa. Nadie quería que ella fuese la devorada aquel día, ya que era amada por todos por ser alegre y bondadosa, y se acordó repetir el sorteo. Pero la Princesa, haciendo honor a su posición, decidió que no sería justo que la absolviesen, así que aceptó su pena y salió de la ciudad cubierta con una capa negra.
El caballero Jordi se adentraba en la noche decidido a rescatar a la Princesa. Llegó rápidamente hasta la cueva donde residía el dragón y que se encontraba iluminada con antorchas. Dejando atrás su caballo, entró sin pensarlo un instante. El calor era insoportable y, si no fuese porque ya había sufrido alguna vez el calor del desierto, el caballero se habría desmallado al entrar. Escondido tras una columna de piedra natural, Jordi pudo ver a la Princesa que, consciente de su destino, permanecía de rodillas en el suelo, con una Biblia entre las manos, rezando.
En ese momento, del fondo de la cueva, que permanecía a oscuras, apareció el enorme ser infernal. De piel escamosa y verdosa, sus grandes ojos amarillos quemaban con sólo mirarlos. El dragón tenía dos grandes alas cartilaginosas y un enorme cuerno sobre las fosas nasales, de las que salía un pequeño hilillo de humo.
El dragón se acercó a su víctima y la observó en silencio unos instantes. Jordi contuvo su respiración. Entonces, el dragón empezó a aspirar aire e, imaginando lo que iba a hacer, Jordi salió de su escondite mientras, a gritos, reprendía la tiránica actitud del lagarto.
No sin dificultad, Jordi logró esquivar la llamarada que se dirigía a él. Recuperó el equilibrio y se quedó mirando fijamente los ojos del dragón mientras con su mano derecha acariciaba la empuñadura de la espada que llevaba al cinto. La Princesa, tras recuperarse de la impresión de haber visto llegar a aquel desconocido en su ayuda, tenía la respiración agitada y temblaba: no era capaz de articular palabra.
Y allí, mientas miraba los ojos ardientes de la bestia mitológica, Jordi, valeroso caballero, sabía que lo que estaba apunto de hacer haría que la Historia lo recordase. Apretó su puño alrededor del frío acero y embistió a la horrible criatura que, fácilmente, esquivo el ataque frontal del caballero. Pero éste ya lo tenía todo planeado y su ataque sólo había servido para situarse en un lugar perfecto para asestar un golpe mortal. Así, situado a la altura del largo cuello del lagarto alado, cuando éste echó hacia atrás la cabeza para tomar aire con la finalidad de convertir su cueva en un infierno de fuego, Jordi, con toda su fuerza, insertó su hoja en la garganta del dragón, de cuya boca escapo un grito ahogado y desgarrador. La bestia empezó a tambalearse y, mientras lo hacía, el caballero se acercó a la Princesa, a quien rodeó con sus brazos, y corrieron a ponerse a salvo antes de que la fiera se desplomara.
Una vez a salvo, la Princesa y el caballero Jordi asistieron sorprendidos al nacimiento de un rosal que, brotando desde la herida en el cuello del dragón, envolvió el cadáver rápidamente y dejó brotar unas enormes rosas rojas por toda la cueva. La Princesa dio las gracias al caballero desconocido quien, acercándose al rosal, cortó una rosa y se la entregó a la dama de embriagador perfume. Ella, a cambio, decidió regalarle su Biblia.
Y, mientras amanecía, la Princesa, quieta al lado de la cueva, veía como aquel valiente caballero que la había salvado y al que nunca podría olvidar, ya que siempre lo llevaría en su corazón, se alejaba hacia el horizonte montado en su caballo. Lo último que le había dicho era su nombre: Jordi.
Castillo, viento y arena, por Ariel Díaz. Aportado por Anabi:
Un viento frío con aguijones de arena apenas me dejaba avanzar. Inclinado hacia delante, una mano sobre los ojos cerrados, caminaba a tientas por la playa.
Al principio, sólo íbamos en verano a nuestra casa de la costa. Me fastidió cuando comenzamos a ir en invierno, aunque luego aprendí a disfrutar de largos paseos con la sola compañía del viento, dueño del mar —que rompía en tumultuosas olas sobre la playa, contra las rocas— y de las dóciles dunas, a las que cambiaba de lugar a su capricho.
Sentía el cosquilleo de la emoción al caminar a ciegas, atento a los ruidos, tratando de evitar las salpicaduras o el golpe contra alguna piedra.
Al bajar de una duna muy empinada, tropecé y abrí los ojos.
—¡Eh! ¿Qué haces?
—¿Y esta loca?
—¿Qué dices? ¡Cuida tu vocabulario, niño irrespetuoso!
—Perdone usted, princesa.
—Ahora comienzas mejor. ¿Cómo te llamas y qué haces aquí?
A mis pies estaban los cimientos de un castillo de arena y piedras. Una niña de cabello rubio, los brazos en jarras y grandes ojos enojados, me increpaba duramente.
—¿Eres sordo? ¡Habla!
—Me... me llamo Miguel y... y estoy con mi madre pasando unos días en una casa sobre la playa. Tú... ¿quién eres? ¿Dónde vives?
—Soy una princesa y vivo en mi castillo, en una montaña al lado del mar. En todas las habitaciones se escucha la música de las olas y las voces del viento. A mí me encanta; sin ellas no podría dormir. Un sendero lleno de hojas secas llega hasta el castillo. Me da un poco de miedo pasar por ahí, porque los pinos son muy altos y no dejan pasar la luz del sol. Esa es mi tierra; pero me gusta salir para conocer mundo. ¿Dónde vives cuando no estás de vacaciones?
—En Miranda de Ebro. El año que viene ingreso al C.O.U. Seré ingeniero como mi padre. Tu papá, ¿qué es?
—¡Niño tonto! Si te he dicho que soy princesa, mi padre no puede ser otra cosa que rey. ¿O qué te creías?
—Pero, rey... ¿De qué país?
—Cortijo de Rey. ¿A que no lo conoces?
—No... nunca lo oí nombrar. ¿Dónde queda?
—Allende el mar.
—¿Dónde?
—Allende el mar... No sé qué quiere decir "allende", pero lo leí una vez y me gustó. ¿Tienes algo en contra de esa palabra o acaso crees que es mala y no debe pronunciarse?
—No... no... Es que no la entiendo. Cuéntame algo más de ti.
—Como te decía, soy una princesa. Cada tanto me gusta hablar con ustedes, los chicos del pueblo. Pienso que son interesantes y algunos merecerían vivir en castillos, como yo.
—Dime, ¿dónde estudias?
—En mi castillo. Viene un preceptor a enseñarme. Además, tengo tres amigos: un sultán, una dama noble y un marqués. ¿Por qué te ríes? ¿No me crees?
—No... no me río. ¡Perdone, su Alteza!
Dos hoyuelos aparecieron en sus mejillas. Su mirada se suavizó.
—Me gusta cómo eres. Pareces un príncipe, como el que sueño todas las noches. ¿No te gustaría casarte conmigo?
—Tú también me gustas, pero... ¿no te parece que somos demasiado pequeños?
—¡Tonterías! Las princesas nos casamos muy jóvenes, para tener muchos infantes. Ayúdame a terminar mi castillo. Disculpa, ¡nuestro castillo!
Toda la tarde estuvimos construyendo. Aprendí lo que eran almenas, adarves, troneras y poternas. Un foso con agua rodeaba el castillo y un puente levadizo conducía a la entrada principal. Mientras mi nueva amiga dirigía la obra, hacía planes para nuestro futuro.
—Viviremos en esta torre, con un dormitorio que tendrá dos ventanas: una que mire hacia el mar y otra desde la que podamos contemplar la salida del sol. Nos casará la luna, el viento y las estrellas serán testigos, y arrojaré al mar el ramo de novia. Tendremos muchos hijos, y el mayor será hermoso como tú.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, me di cuenta de cuánto tiempo habíamos estado conversando y construyendo. Pensé en mi madre y le comenté a la princesa que estaría intranquila por mi tardanza. Ella me contestó que también debía regresar.
Me tomó de las manos, mientras me decía:
—Cuando te miro, imagino cómo serás cuando te conviertas en mi esposo, el rey. Para mañana te prometo un dibujo de Miguel I. Seguiremos hablando de nuestro futuro. ¿Nos encontramos mañana a las dos en este lugar?
Asentí. Mirándola a los ojos, colgué de su cuello mi cadenita con la imagen de la Virgen. Bajó la mirada y cuando la levantó nuevamente, sus ojos brillaban.
—Gracias. La llevaré siempre conmigo. Seremos muy felices.
Tomó un palito y escribió en la arena: Te quiero.
Alcancé a ver dos lágrimas. Me besó suavemente en la boca y se alejó corriendo. Me quedé mirando cómo se empequeñecía su figura. Antes de desaparecer tras una roca, se volvió para tirarme un beso con la mano. No atiné a contestar el saludo, tan turbado me sentía.
Entre el silbido del viento y el continuo retumbar de las olas, escuché el grito de un niño, los graznidos de gaviotas disputando comida y el relincho de un caballo. Volví la vista hacia el Te quiero en la arena. El viento lo había borrado. Escribí: Te amo, princesa.
Entre nubes volé hasta mi casa, donde mi madre me volvió a la realidad con los regaños de su espera ansiosa.
Ya acostado me dije: "es real", "sus ojos no mienten"; ansiaba conocer su castillo y el sendero bordeado de pinos. Me costó dormir. Cuando pude hacerlo, soñé con la princesa y su beso de despedida.
Al día siguiente llegué al lugar de nuestra cita una hora antes de lo convenido. Me puse a construir nuevamente el castillo, que había sido derribado por las olas. A las dos abandoné torres y murallas y subí hasta la roca desde donde la princesa me había tirado el beso. Como era un lugar alto podría verla acercarse.
La espera fue inútil. Cuando abandoné mi atalaya y regresé a casa, ya había anochecido. Fui directo a mi dormitorio, sin atender al reto repetido de mi madre preocupada, y me tiré vestido en la cama. ¿Qué pasó, princesa? ¿Por qué?
Todos los días a las dos de la tarde, pasaba frente a lo que fue nuestro castillo, escudriñaba desde mi roca-vigía, y continuaba por la costa buscando ese país que quedaba "allende" el mar, el "Cortijo de Rey", el sendero bordeado de pinos que trepaba la montaña y el castillo entre las rocas, mientras imaginaba a la princesa que corría a mi encuentro.
Ese invierno fue el más triste de mi vida.
Seguí buscándola en Miranda de Ebro, con la ilusión de que ella, recordando el nombre de mi ciudad, viniese a buscarme. ¡Cuántas veces habré corrido detrás de unos cabellos rubios, una espalda familiar, unos pasos recordados, un rostro en un ómnibus, en un auto, en un tren! ¡Cuántas desilusiones en esa búsqueda continua! * El viento siguió soplando y cambiando de lugar las dunas, el mar continuó puliendo el roquedal costero, mis huesos fueron alargándose, terminé los estudios y comencé a trabajar.
Un día de verano me sentía desasosegado y el recuerdo de la princesa era más fuerte que lo habitual. Me dirigí en auto a la playa y, a las dos de la tarde, contemplaba el lugar donde habíamos construido nuestro castillo. Me puse a caminar hacia el lugar por donde ella había desaparecido. Caminé hasta que el sol casi tocó el horizonte, ensimismado en mis recuerdos, avanzando sin ver, sintiendo cada vez más vívido su recuerdo.
El crujido de mis pasos sobre una alfombra de hojas secas, me trajo a la realidad. El sendero serpenteaba entre las sombras de pinos muy altos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Apuré la marcha. La pendiente se hacía más pronunciada, igual que los golpes de mi corazón. Cuando comencé a escuchar el silbido del viento y el bosque se abrió para dejar ver un castillo construido entre las rocas en la parte más alta de un cerro, ya no tuve dudas.
Pasé bajo un herrumbrado portal casi cubierto por enredaderas. Alcancé a leer: Posada “El castillo de la Princesa”. ¡Por fin!
Un perro salió ladrando a mi encuentro. Un hombre de cabellos blancos estaba agachado trabajando en una huerta. Se paró y, muy encorvado, vino a mi encuentro. Me abrazó y me besó en la mejilla.
—Te estaba esperando, Miguel. Ven conmigo.
El perro ya no ladraba, nos seguía moviendo la cola.
Pasamos cerca de una caballeriza abandonada y entramos al castillo. Comencé a escuchar la música de las olas y las voces del viento. Un gato se cruzó en mi camino y se refregó contra mis piernas. Subimos largas escaleras y caminamos por corredores interminables. Llegamos a una habitación. La luz del atardecer penetraba por una ventana e iluminaba con tonos rojizos un amplio dormitorio. Un viejo oso de peluche y una muñeca rubia descansaban en la cabecera de la única cama. Sobre la pared del fondo vi mi retrato con una corona, dibujado a lápiz sobre un papel amarillento. Era como si estuviera mirándome en un espejo. Me acerqué y leí: "A Miguel I, con todo mi amor, la princesa".
Conmovido, pregunté:
—¿La... princesa...?
—Toda esa noche estuvo dibujando y hablándome de ti. Nunca la había visto tan feliz. Al día siguiente la encontré en la playa. Intentó salvar a su perro que había caído al mar...
Sólo las voces del viento y la música de las olas.
—¿El sultán...?
—Era el perro, su gran compañero. Se fue con ella.
—¿El marqués...?
—Su gato. Lo encontró abandonado y lo trajo. La adoraba.
Desde la mesa de noche, la princesa me sonreía: Tengo tres amigos: un sultán, una dama noble y un marqués. ¿Por qué te ríes? ¿No me crees?
—¿La dama noble...?
—Por la tarde, cabalgaba. Se iba muy lejos, hasta la playa donde te conoció. Era el nombre de su yegua.
La princesa que desaparece detrás de la roca, el grito de un niño, los graznidos de las gaviotas y... el relincho de un caballo.
Un hombre y una mujer joven me contemplaban desde una foto descolorida. Señalé a la mujer.
—¿Su esposa?
—Sí. Falleció cuando nació mi hija. La princesa fue la luz; mi vida se fue con ella. Sólo estaba esperándote.
El castillo frío y el anciano solo.
—¿Cómo se llama el lugar?
—Cortijo de Rey. Me llamo Manuel Rey. Mi abuelo fue su primer dueño.
Las palabras morían lentas entre los silbidos del viento. Palabras demoradas, ¡tantos años!
Esa tarde en la playa. El castillo de arena. La promesa de amor.
Quise irme. Encontrarme con la princesa que me estaba esperando en el lugar de nuestra cita.
Abandoné el castillo, el sendero, el viento. De regreso, fui cortando flores silvestres. Muy avanzada la noche, llegué hasta el reparo de la roca de nuestro encuentro. A la luz de la luna, comencé a construir nuestro castillo. Cerca de la madrugada me venció el sueño. En la única torre terminada, como una ofrenda a su añorado recuerdo, puse el ramillete de flores. Me dormí sobre la arena.
Sueño con la princesa, pero no es una niña. Es una mujer que sale del agua envuelta en algas. Su cuerpo refleja el brillo de la luna. Se tiende a mi lado y me sonríe sin decir palabra. Acaricio su piel húmeda y fría, que se va entibiando con mis manos. Las estrellas vienen a mi encuentro. El viento comienza a soplar con fuerza, la arena de la playa tiembla, mientras olas poderosas golpean los peñascos.
Poco a poco, las olas van aplacándose, el viento amaina y la paz es total. La princesa se incorpora. Sus ojos están húmedos, su boca no sonríe, pero su expresión es feliz. Se aleja internándose en el mar, mientras me tira besos como aquella princesa niña.
Cuando despierto, el sol ya ha salido. Mis ropas están húmedas. La cadenita con la Virgen cuelga de mi cuello. Miro hacia el castillo: está terminado. Sobre la arena, un Te quiero que el viento respetó. El ramillete ha desaparecido. Huellas de pies desnudos van hacia el mar. Sobre el agua se hallan
Ion o de la Poesía Sócrates – Ion de Efeso, por Platón. Aportado por mio_lucia:
Sócrates: ¡Júpiter te salve! Ion.{1} ¿De dónde vienes hoy? ¿De tu casa de Efeso?
Ion: Nada de eso, Sócrates; vengo de Epidauro y de los juegos de Esculapio.
Sócrates: ¿Los de Epidauro han instituido en honor de su Dios un combate de rapsodistas?
Ion: Así es, y de todas las demás partes de la música.
Sócrates: Y bien, ¿has diputado el premio? ¿Cómo has salido?
Ion: He conseguido el primer premio, Sócrates. [188]
Sócrates: Me alegro y animo, porque es preciso tratar de salir vencedor también en las fiestas Panateneas.
Ion: Así lo espero, si Dios quiere.
Sócrates: Muchas veces, mi querido Ion, os he tenido envidia a los que sois rapsodistas, a causa de vuestra profesión. Es, en efecto, materia de envidia la ventaja que ofrece el veros aparecer siempre ricamente vestidos en los más espléndidos saraos, y al mismo tiempo el veros precisados a hacer un estudio continuo de una multitud de excelentes poetas, principalmente de Homero, el más grande y más divino de todos, y no sólo aprender los versos, sino también penetrar su sentido. Porque jamás será buen rapsodista el que no tenga conocimiento de las palabras del poeta, puesto que para los que le escuchan, es el intérprete del pensamiento de aquél; función que le es imposible desempeñar, si no sabe lo que el poeta ha querido decir. Y, todo esto es muy de envidiar.
Ion: Dices verdad, Sócrates. Es la parte de mi arte que me ha costado más trabajo, pero me lisonjeo de explicar a Homero mejor que nadie. Ni Metrodoro de Lampsaco, ni Stesimbroto de Taso, ni Glaucón, ni ninguno de cuantos han existido hasta ahora, está en posición de decir sobre Homero tanto, ni cosas tan bellas, como yo.
Sócrates: Me encantas, Ion, tanto más, cuanto que no podrás rehusarme el demostrar tu ciencia.
Ion: Verdaderamente, Sócrates, merecen bien ser escuchados los comentarios que he sabido dar a Homero, y creo merecer de los partidarios de este poeta el que coloquen sobre mi cabeza una corona de oro. [189]
Sócrates: Me congratularé de que se me presente ocasión más adelante para escucharte; pero en este momento sólo quiero que me digas si tu habilidad se limita a la inteligencia de Homero, o si se extiende igualmente a la de Hesíodo y Arquíloco.
Ion: De ninguna manera; yo me he limitado a Homero, y me parece que basta.
Sócrates: ¿No hay ciertos asuntos sobre los que Homero y Hesíodo dicen las mismas cosas?
Ion: Yo pienso que sí y en muchas ocasiones.
Sócrates: ¿Podrías tú explicar mejor lo que dice Homero sobre estos objetos que lo que dice Hesíodo?
Ion: Los explicaría perfectamente en todos aquellos puntos en que hablan de las mismas cosas.
Sócrates: ¿Y en aquellos que no dicen las mismas cosas? Por ejemplo, Homero y Hesíodo ¿no hablan del arte divinatorio?
Ion: Seguramente.
Sócrates: ¡Y qué! ¿estarás tú en estado de explicar mejor que un buen adivino lo que estos dos poetas han dicho de una manera igual o de una manera diferente sobre el arte divinatorio?
Ion: No.
Sócrates: Pero si fueses adivino, ¿no es cierto que si podías [190] explicar los pasajes en que están de acuerdo, en igual forma podrías explicar aquellos en que están en desacuerdo?
Ion: Eso es evidente.
Sócrates: ¿Por qué razón estás versado en las obras de Homero y no lo estás en las de Hesiodo, ni en las de los demás poetas? ¿Homero trata de distintos objetos que todos los demás poetas? ¿No habla principalmente de la guerra, de las relaciones que tienen entre sí los hombres, sean buenos o malos, sean particulares u hombres públicos, de la manera que los dioses conversan entre sí y con los hombres, de lo que pasa en el cielo y en los infiernos, de la genealogía de los dioses y de los héroes? ¿No es esta la materia que constituye las poesías de Homero?
Ion: Tienes razón, Sócrates.
Sócrates: ¡Pero qué! ¿los demás poetas no tratan las mismas cosas?
Ion: Sí, Sócrates, pero no como Homero.
Sócrates: ¿Por qué? ¿hablan peor?
Ion: Sin comparación.
Sócrates: ¿Y Homero habla mejor?
Ion: Sí, ciertamente.
Sócrates: Pero, mi querido Ion, cuando muchas personas hablan sobre números, y una entre ellas habla excelentemente, ¿no reconocerá alguno de los demás que efectivamente habla bien? [191]
Ion: Sin contradicción.
Sócrates: Y esa misma persona será la que reconozca a los que hablan mal: ¿o será otra distinta?
Ion: La misma seguramente.
Sócrates: Y esa persona, ¿no será la que sabe el arte de contar?
Ion: Sí.
Sócrates: Y cuando muchas personas hablan de alimentos buenos para la salud y hay entre ellas una que habla perfectamente, ¿serán dos personas diferentes las que distingan, la una al que habla bien, y la otra al que habla mal, o bien será una misma persona?
Ion: Es claro que será la misma.
Sócrates: ¿Quién es? ¿cómo se llama?
Ion: El médico.
Sócrates: En suma, cuando se habla de unos mismos objetos, será siempre el mismo hombre el que dará cuenta de los que hablan bien y de los que hablan mal; y es evidente que si no distingue el que habla mal, no distinguirá tampoco el que habla bien; se entiende respecto al mismo objeto.
Ion: Convengo en ello.
Sócrates: El mismo hombre, por consiguiente, está en estado de juzgar lo uno y lo otro. [192]
Ion: Sí.
Sócrates: ¿No dices que Homero y los otros poetas, entre quienes se cuentan Hesiodo y Arquiloco, tratan de los mismos objetos, pero no de la misma manera, y que Homero habla bien y los otros menos bien?
Ion: Sí, y nada he dicho que no sea verdadero.
Sócrates: Si, pues, conoces tú al que habla bien, debes conocer igualmente a los que hablan mal.
Ion: Así parece.
Sócrates: Así, mi querido Ion, no podemos engañarnos, si decimos que Ion está versado en el conocimiento de Homero igualmente que en el de los demás poetas, puesto que confiesa que un mismo hombre es juez competente de todos los que hablan de los mismos objetos, y que todos los poetas tratan poco más o menos las mismas cosas.
Ion: Pero entonces, Sócrates, ¿me dirás por qué, cuando se me habla de cualquiera otro poeta, no puedo fijar la atención, ni puedo decir nada que valga la pena, y en realidad me considero como dormido? Por el contrario, cuando se me cita a Homero, despierto en el acto, presto la mayor atención, y las ideas se me presentan profusamente.
Sócrates: No es difícil, mi querido amigo, adivinar la razón. Es evidente, que tú no eres capaz de hablar sobre Homero, ni por el arte, ni por la ciencia. Porque si pudieses hablar por el arte, estarías en estado de hacer lo mismo respecto todos los demás poetas. En efecto, la poesía es un solo y mismo arte, que se llama poética; ¿no es así? [193]
Ion: Sí.
Sócrates: ¿No es cierto, que cuando se abraza un arte en toda su extensión, una misma crítica sirve para juzgar de todas las demás artes? ¿Quieres, Ion, que te explique cómo entiendo esto?
Ion: Con el mayor placer, Sócrates; gusto mucho en oíros, porque es oír a un sabio.
Sócrates: Quisiera mucho que dijeras verdad, Ion; pero ese título de sabio sólo pertenece a vosotros los rapsodistas, a los actores y a aquellos cuyos versos cantáis. Con respecto a mí, no sé más que decir sencillamente la verdad, cual conviene a un hombre de poco talento. Júzgalo por la pregunta que te acabo de hacer, y ya ves que es trivial y común, como que lo que he dicho está al alcance de cualquiera, esto es, que la crítica es la misma en cualquier arte que se considere, con tal que sea uno. Tomemos un ejemplo. La pintura en su conjunto ¿no es un solo y mismo arte?
Ion: Sí.
Sócrates: ¿No hay y ha habido gran número de pintores buenos y malos?
Ion: Seguramente.
Sócrates: ¿Has visto tú alguno que, siendo capaz de discernir lo bien o mal pintado en los cuadros de Polignoto,{2} hijo [194] de Aglaofon, no pueda hacer lo mismo respecto a los otros pintores? ¿Que cuando se le presentan las obras de éstos se duerma, se vea embarazado, y no sepa qué juicio formar? ¿Mientras que cuando se trata de dar su dictamen sobre los cuadros de Polignoto o de cualquiera otro pintor particular que sea de su agrado, se despierte, preste su atención, y se explique con la mayor facilidad?
Ion: No ciertamente, yo no le he visto.
Sócrates: ¡Pero qué! en materia de escultura ¿has visto alguno que esté en actitud de decidir sobre el mérito de las obras de Dédalo, hijo de Melitón, o de Epeas, hijo de Panope, o de Teodoro de Samos, o de cualquiera otro estatuario, y que se vea dormido, embarazado y sin saber qué decir de las obras de los demás escultores?
Ion: No, ¡por Júpiter! no he visto a nadie en este caso.
Sócrates: No has visto, me figuro, a nadie, sea con relación al arte de tocar la flauta o el laúd, o de acompañar con el laúd al canto, o sea con relación a la rapsodia, que esté en estado de pronunciar su juicio sobre el mérito de Olimpo de Tamiras, de Orfeo y de Femius, el rapsodista de Itaca, y que tratándose de juzgar del mérito de Ion de Efeso, se viese en el mayor embarazo, y se considerase incapaz de decidir, en qué es bueno o mal rapsodista.
Ion: Nada tengo que oponer a lo que dices, Sócrates. Sin embargo, puedo asegurar, que soy yo, entre todos los hombres, el que habla mejor y con más facilidad sobre Homero, y que cuantos me escuchan convienen en lo bien que hablo, mientras que nada puedo decir sobre los demás poetas. Dime, yo te lo suplico, de dónde puede proceder esto. [195]
Sócrates: Eso es lo que quiero examinar, y quiero exponerte mi pensamiento. Ese talento, que tienes, de hablar bien sobre Homero, no es en ti un efecto del arte, como decía antes, sino que es no sé qué virtud divina que te transporta, virtud semejante a la piedra que Eurípides ha llamado magnética, y que los más llaman piedra de Heráclea. Esta piedra, no sólo atrae los anillos de hierro, sino que les comunica la virtud de producir el mismo efecto y de atraer otros anillos, de suerte que se ve algunas veces una larga cadena de trozos de hierro y de anillos suspendidos los unos de los otros, y todos estos anillos sacan su virtud de esta piedra. En igual forma, la musa inspira a los poetas, éstos comunican a otros su entusiasmo, y se forma una cadena de inspirados. No es mediante el arte, sino por el entusiasmo y la inspiración, que los buenos poetas épicos componen sus bellos poemas. Lo mismo sucede con los poetas líricos. Semejantes a los coribantes, que no danzan sino cuando están fuera de sí mismos, los poetas no están con la sangre fría cuando componen sus preciosas odas, sino que desde el momento en que toman el tono de la armonía y el ritmo, entran en furor, y se ven arrastrados por un entusiasmo igual al de las bacantes, que en sus movimientos y embriaguez sacan de los ríos leche y miel, y cesan de sacarlas en el momento en que cesa su delirio. Así es, que el alma de los poetas líricos hace realmente lo que estos se alaban de practicar. Nos dicen que, semejantes a las abejas, vuelan aquí y allá por los jardines y vergeles de las musas, y que recogen y extraen de las fuentes de miel los versos que nos cantan. En esto dicen la verdad, porque el poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo. Hasta el momento de la inspiración, todo hombre es impotente para hacer versos y pronunciar oráculos. Como los poetas no [196] componen merced al arte, sino por una inspiración divina, y dicen sobre diversos objetos muchas cosas y muy bellas, tales como las que tú dices sobre Homero, cada uno de ellos sólo puede sobresalir en la clase de composición a que le arrastra la musa. Uno sobresale en el ditirambo, otro en los elogios, éste en las canciones destinadas al baile, aquél en los versos épicos, y otro en los yambos, y todos son medianos fuera del género de su inspiración, porque es ésta y no el arte la que preside a su trabajo. En efecto, si supiesen hablar bien, gracias al arte, en un sólo género, sabrían igualmente hablar bien de todos los demás. El objeto que Dios se propone al privarles del sentido, y servirse de ellos como ministros, a manera de los profetas y otros adivinos inspirados, es que, al oírles nosotros, tengamos entendido que no son ellos los que dicen cosas tan maravillosas, puesto que están fuera de su buen sentido, sino que son los órganos de la divinidad que nos habla por su boca. Tinnicos de Calcide es una prueba bien patente de ello. No tenemos de él más pieza en verso, que sea digna de tenerse en cuenta, que su Pean{3} que todo el mundo canta, la oda más preciosa que se ha hecho jamás, y que, como dice él mismo, es realmente una producción de las musas. Me parece, que la divinidad nos ha dejado ver en él un ejemplo patente, para que no nos quede la más pequeña duda de que si bien estos bellos poemas son humanos y hechos por la mano del hombre, son, sin embargo, divinos y obra de los dioses, y que los poetas no son más que sus intérpretes, cualquiera que sea el Dios que los posea. Para hacernos conocer esta verdad, el Dios ha querido cantar con toda intención la oda más bella del mundo por boca del poeta más mediano. ¿No crees tú que tengo razón? mi querido Ion. [197]
Ion: Sí, ¡por Júpiter! tus discursos, Sócrates, causan en mi alma una profunda impresión, y me parece que los poetas, por un favor divino, son para con nosotros los intérpretes de los dioses.
Sócrates: Y vosotros los rapsodistas ¿no sois los intérpretes de los poetas?
Ion: También es cierto.
Sócrates: Luego sois vosotros los intérpretes de los intérpretes.
Ion: Sin contradicción.
Sócrates: Vamos, respóndeme Ion, y no me ocultes nada de lo que te voy a preguntar. Cuando recitas, como conviene, ciertos versos heroicos, y conmueves el alma de los espectadores, ya cantando a Ulises en el momento en que lanzándose al umbral de su palacio, se da a conocer a los amantes de Penélope y derrama a sus pies una multitud de flechas{4} o ya a Aquiles arrojándose sobre Héctor{5} o cualquiera otro pasaje conmovedor de Andrómaca, de Hécuba, o de Priamo,{6} ¿te dominas, o estás fuera de tí mismo? llena tu alma de entusiasmo, ¿no te imaginas estar presente a las acciones que recitas, y que te encuentras en Itaca o delante de Troya, en una palabra, en el lugar mismo donde pasa la escena?
Ion: ¡La prueba que me pones a la vista es patente, Sócrates! Porque si he de hablarte con franqueza, te aseguro, que [198] cuando declamo algún pasaje patético, mis ojos se llenan de lágrimas, y que cuando recito algún trozo terrible o violento, se me erizan los cabellos y palpita mi corazón.
Sócrates: ¡Pero qué! Ion. ¿Diremos que un hombre está en su sano juicio, cuando, vestido con un traje de diversos colores y llevando una corona de oro, llora en medio de los sacrificios y de las fiestas, aunque no haya perdido ninguno de sus adornos, o cuando, en compañía de más de veinte mil amigos, se le ve sobrecogido de terror, a pesar de no despojarle ni hacerle nadie ningún daño?
Ion: No ciertamente, Sócrates, puesto que es preciso decirte la verdad.
Sócrates: ¿Sabes tú, si trasmitís los mismos sentimientos al alma de vuestros espectadores?
Ion: Lo sé muy bien. Desde la tribuna, donde estoy colocado, los veo habitualmente llorar, dirigir miradas amenazadoras, y temblar como yo con la narración de lo que oyen. Y necesito estar muy atento a los movimientos que en ellos se producen, porque si los hago llorar, yo me reiré y cogeré el dinero; mientras que si los hago reír, yo lloraré y perderé el dinero que esperaba.
Sócrates: ¿Ves ahora cómo el espectador es el último de estos anillos, que como yo decía, reciben los unos de los otros la virtud que les comunica la piedra de Heráclea? El rapsodista, tal como tú, el actor, es el anillo intermedio, y el primer anillo es el poeta mismo. Por medio de estos anillos el Dios atrae el alma de los hombres, por donde quiere, haciendo pasar su virtud de los unos a los otros, y lo mismo que sucede con la piedra imán, está pendiente de él una larga cadena de coristas, de maestros de capilla [199] de sub-maestros, ligados por los lados a los anillos que van directamente a la musa. Un poeta está ligado a una musa, otro poeta a otra musa, y nosotros decimos a esto estar poseído, dominado, puesto que el poeta no es sui juris, sino que pertenece a la musa. A estos primeros anillos, quiero decir, a los poetas, están ligados otros anillos, los unos a éste, los otros a aquel, e influidos todos por diferentes entusiasmos. Unos se sienten poseídos por Orfeo, otros por Museo, la mayor parte por Homero. Tú eres de estos últimos, Ion, y Homero te posee. Cuando se cantan en tu presencia los versos de algún otro poeta, tú te haces el soñoliento, y tu espíritu no te suministra nada; pero cuando se te recita algún pasaje de este poeta, despiertas en el momento, tu alma entra, por decirlo así, en movimiento, y te ocurre abundantemente de qué hablar. Porque no es en virtud del arte, ni de la ciencia, el hablar tú de Homero como lo haces, sino por una inspiración y una posesión divinas. Y lo mismo que los coribantes no sienten ninguna otra melodía que la del Dios que los posee, ni olvidan las figuras y palabras que corresponden e este arte, sin fijar su atención en todos los demás, de la misma manera tú, Ion, cuando se hace mención de Homero, apareces sumamente afluyente, mientras que permaneces mudo tratándose de los demás poetas. Me preguntas cuál es la causa de esta facilidad de hablar cuando se trata de Homero, y de esta infecundidad cuando se trata de los demás, y es que el talento, que tienes para alabar a Homero, no es en tí efecto del arte, sino de una inspiración divina.
Ion: Muy bien dicho, Sócrates. Sin embargo, sería para mí una sorpresa, si tus razones fuesen bastante poderosas para persuadirme de que cuando hago el elogio de Homero, estoy poseído y fuera de mí mismo. Creo que tú mismo no lo creerías, si me oyeses discurrir sobre este poeta. [200]
Sócrates: Pues bien, quiero escucharte; pero antes responde a esta pregunta. Entre tantas cosas como Homero trata, ¿sobre cuáles hablas tú bien? Porque sin duda tú no puedes hablar bien sobre todas.
Ion: Vive seguro, Sócrates, de que no hay una sola de la que no esté en estado de hablar bien.
Sócrates: Probablemente no de las cosas que tú ignoras, y que Homero trata.
Ion: ¿Cuáles son las cosas que Homero trata y yo ignore?
Sócrates: ¿Homero no habla de las artes en muchos parajes y muy detenidamente? Por ejemplo, ¿el arte de conducir un carro? Si pudiera recordar los versos, te los diría.
Ion: Yo los sé; voy a decírtelos.
Sócrates: Recítame, pues, las palabras de Néstor a su hijo Antícolo, cuando le da consejos sobre las precauciones que debe tomar para evitar el tocar a la meta en la carrera de carros, en los funerales de Patroclo.
Ion: Inclínate, le dice, bien preparado, sobre tu carro a la izquierda; al mismo tiempo con el látigo y la voz apura al caballo de la derecha, flojándole las riendas; haz que el caballo de la izquierda se aproxime a la meta, de manera que el cubo de la rueda, hecho con arte, parezca tocar en ella, y que sin embargo evite tropezarla.{7}
Sócrates: Basta. ¿Quién juzgará mejor, Ion, si Homero habla [201] bien o mal en estos versos, un médico o un cochero?
Ion: El cochero sin duda.
Sócrates: ¿Es porque conoce el arte que corresponde a todas estas cosas o por otra razón?
Ion: No, sino porque conoce este arte.
Sócrates: Dios ha atribuido a cada arte la facultad de juzgar sobre las materias que a cada uno correspondan, porque no juzgamos mediante la medicina las mismas cosas que conocemos por el pilotaje.
Ion: Verdaderamente no.
Sócrates: Ni por el arte de carpintería lo que conocemos por la medicina.
Ion: De ninguna manera.
Sócrates: ¿No sucede lo mismo con todas las demás artes? Lo que nos es conocido por la una, no nos es conocido por la otra. Pero antes de responder a esto, dime: ¿no reconoces que las artes difieren unas de otras?
Ion: Sí.
Sócrates: En cuanto puede conjeturarse, digo, que una es diferente de otra, porque esta es la ciencia de un objeto y aquella de otro. ¿Piensas tú lo mismo?
Ion: Sí.
Sócrates: Porque si fuese la ciencia de los mismos objetos, ¿qué [202] razón tendríamos para hacer diferencia entre un arte y otro arte, puesto que ambos conducían al conocimiento de las mismas cosas? Por ejemplo, yo sé que estos son cinco dedos, y tú lo sabes como yo. Si yo te preguntase, si lo sabemos ambos por la aritmética, o lo sabemos tú por un arte y yo por otro, dirías sin dudar que por un mismo arte, la aritmética.
Ion: Sí.
Sócrates: Responde ahora a la pregunta que estaba a punto de hacerte antes, y dime, si crees, con relación a todas las artes sin excepción, que es necesario que el mismo arte nos haga conocer los mismos objetos, y otro arte objetos diferentes.
Ion: Así me parece.
Sócrates: Por consiguiente, el que no posee un arte, no está en estado de juzgar bien de lo que se dice o se hace en virtud de este arte.
Ion: Dices verdad.
Sócrates: Con relación a los versos que acabas de citar, ¿juzgarás tú mejor que el cochero, si Homero habla bien o mal?
Ion: El cochero juzgará mejor.
Sócrates: Porque tú eres rapsodista y no eres cochero.
Ion: Sí.
Sócrates: ¿El arte del rapsodista es distinto que el del cochero? [203]
Ion: Sí.
Sócrates: Puesto que es distinto, tiene que ser la ciencia de otros objetos.
Ion: Sí.
Sócrates: ¡Pero qué! cuando Homero dice, que Hecamedes, concubina de Néstor, dio a Macaon, que estaba herido, un brebaje y se expresa así:{8} «lo echó en vino de Pramnea, sobre el que raspó queso de cabra con un cuchillo de metal, y mezcló con ello cebolla para excitar la sed,» ¿pertenece al médico o al rapsodista juzgar si Homero habló bien o mal?
Ion: A la medicina.
Sócrates: Y cuando Homero dice:{9} «Ella se lanzó en el abismo, como el plomo que, atado al asta de un buey salvaje, se precipita en el fondo de las aguas, llevando la muerte a los peces voraces,» ¿diremos que corresponde al pescador, más bien que al rapsodista, el calificar estos versos, y si lo que expresan está bien o mal hecho?
Ion: Es evidente, Sócrates, que esto corresponde al arte del pescador.
Sócrates: Mira ahora si tú me presentarías la cuestión siguiente: Sócrates, puesto que encuentras en Homero los objetos, cuyo juicio pertenece a cada uno de estos diferentes artes, busca en igual forma en este poeta los objetos que [204] pertenecen a los adivinos y al arte adivinatorio, y dime si Homero se ha expresado bien o mal en sus poesías en este punto. Ve ahora con qué facilidad y con qué verdad yo te respondería. Homero habla de estos objetos en muchos pasajes de su Odisea, por ejemplo, en aquel en que el divino Teoclimenes, nacido de la raza de Melampe, dirige estas palabras a los amantes de Penélope:{10} «¡Desgraciados, cuán horrible suerte os espera! vuestras cabezas, vuestras fisonomías, vuestros miembros, se verán ro
queria proponer algo asi como una especie de taller literario aficionado...
los pasos a seguir son simples, se puede postear solamente relatos cortos, de modo que no dañen al topico... los exesivamente largos se dejaran como link dirigiendo a la pagina de donde se pueden extraer.
La literatura puede ser invencion propia, o extraida de otro autor al que se le especificara nombre y nacionalidad, para evitar el plagio, que es lo que mas daña a la literatura.
Los relatos pueden tratar de cualquier cosa.
Tambien se podran hacer post criticando constructivamente (ya sean criticas buenas, o malas).
Para comenzar e incentivar yo comenzare, no es un relato que yo haya creado (mas adelante tratere de crear uno:p ), asi que dire el nombre de autor y nacionalidad
El autor se llama Ariel Díaz y es de nacionalidad argentina:
Autor: Ariel Díaz
El último día
Aspira hondo; le gusta el olor de la tierra recién mojada. Semidormido aún, sabe que su madre ya se ha ido a trabajar; lo último que hace antes de salir, es salpicar agua con la lata agujereada para asentar el suelo de tierra. Cree escuchar nuevamente la recomendación que le hizo anoche, no te ensucies, pasado mañana tenemos que salir tempranito para la otra casa... ¡Contenta, me lo dijo! ¡La otra casa, esa porquería!
En la penumbra acuchillada, espía con los ojos entrecerrados los rayos del sol que se cuelan por los agujeros de las chapas, atraviesan oblicuamente el interior de la chabola y se detienen en las paredes, en el suelo; los más traviesos lo despiertan haciéndole cosquillas en los párpados. Con sus manos de uñas sucias se tapa los ojos, quiere asir los rayos, levanta la cabeza, abre su boca procurando morderlos, arrima su nariz a uno de ellos y lo huele, lo respira.
Se despereza y gira en la cama; boca abajo, levanta la mirada hacia la única pared de cemento donde los pequeños soles, diseminados entre Pipilastro, Miliqui, su padre y Mickey, caminan lentamente como sus amigos, los caracoles, esos que tiene en la caja de zapatos debajo de la cama.
¡Debo ponerles comida! Salta de la cama, abre la puerta, corta tres hojas del geranio —ya le quedan pocas—, vuelve arrastrando los pies descalzos, cierra la puerta, destapa la caja, ¡uno, tres, cinco y cuatro!, están todos, arroja el alimento, pone la tapa y vuelve a la cama.
Aspira de nuevo, ¡qué rico!, distinto al olor del viento que trae el humo del basurero, que lo hace toser y le llena los ojos de lágrimas; como cuando piensa en su papá que no conoce, pero ya lo va a conocer cuando sea mayor, porque su papá es importante, así se lo ha dicho mamá, tan importante que lo imagina grandote, gordo, ¡hasta con traje y corbata!, como esa enorme mancha de humedad que va desde el techo hasta el suelo. No, no es una mancha, es mi padre que vino a verme, porque me quiere y viene a cuidarme y a traerme alguna lagartija de regalo.
Los soles han caminado, ahora están conversando con Miliqui, esa parte descascarada de la pared donde asoma una vieja pintura azul.
Busca debajo de la cama, saca un grueso culo de botella, intercepta un rayo, acerca un papel, la luz concentrada se ha convertido en un punto blanco que lo encandila. Enseguida, los ojos bien abiertos, la magia combinada del rayo, el vidrio y el papel, crea anillos de humo que se desprenden de ese punto brillante que se va oscureciendo, parpadea, las volutas se elevan, desaparecen en la oscuridad, surgen en otro rayo, se diluyen, el papel se prende fuego, el niño estornuda. Pisotea apagando las pequeñas llamas, rápido, rápido, para no quemarse los pies.
¡Vamos, Pirata! Desde su hueco en la cama, el perro levanta la cabeza, extiende las patas, arquea el lomo, se estira, baja y lo sigue; el pequeño saca el último pan de la bolsa, lo parte por la mitad y le da un pedazo a Pirata; coge el jarro con el café ya frío que está sobre el calentador apagado, lo bebe a grandes sorbos, se pasa el antebrazo por los labios húmedos y, mordisqueando el pan, salen ambos de la barraca hasta el zanjón cercano. Se pone a cazar renacuajos con la mano.
¿Te gustan, Pirata? —el perro levanta las orejas—, cuando cierro las manos me hacen cosquillas, mueven la cola igual que tú. Caza dos, los coloca en una lata, diez, quince, veinte; sentado en el borde húmedo, termina el pan ya negruzco. Suspira, estira los brazos y acaricia al perro que tuerce la cabeza y gime. ¡Pirata! Lo abraza, todo está borroso, ¡por qué, por qué!
¡Pepita! Vuelven los dos, el niño enjugándose las lágrimas, un suave cacareo debajo de la cama, ¿Pepita?, se acerca, ¡ah, estás poniendo un huevo!, date prisa, ¡quiero comerlo a mediodía!
¡Uy, Susana!, sale de la chabola, el perro detrás, ¡casi me olvido!, corre por la callecita de tierra, trepa a un montículo, ¡allá viene!, salta el zanjón, cae en el barro, ¡qué tonto!, se incorpora, ¡hola, chaval!, Susana lo está mirando con esos ojos tan dulces, ¿tienes hambre?, le sonríe, toma, es para ti.
Vuelven corriendo, ¡espera, Pirata, lo guardamos para después!, coloca el pan aún caliente en la bolsa y se mete debajo de la cama. La gallina está casi vertical sobre el nido que hizo en la tierra húmeda con unos calzoncillos y un par de calcetines del niño, la respiración contenida, cresta y barbillas muy rojas del esfuerzo. ¡Fuerza, Pepita!, observa cómo el huevo va apareciendo, ¡vamos!, ¡dale, que sale!, aparece más, más, y más, salió, ¡bien!, besa y abraza a la gallina, retira el huevo que ya se ha secado y lo coloca en la bolsa con el pan.
¡Ven, Pirata, vamos a ver cine!, corren hasta el zanjón, coloca barro espeso en un tarro y vuelven al interior de la barraca, donde la gallina se pasea cacareando. ¡Está bien, ya sabemos que pusiste un huevo!
Haciendo equilibrio sobre el último peldaño de una escalera coja, tapa con barro todos los agujeros, excepto uno en el centro de la puerta. Por él entra la claridad exterior que se mete en lo oscuro y estampa sobre la pared de cemento, la casa de enfrente, aferrada a los brillantes charcos de la calle y suspendida boca abajo sobre un cielo que parece aguardar su caída. De espaldas a la imagen, se agacha, y apoyando la cabeza en el suelo, observa por entre sus piernas abiertas.
¡Mira, ahí pasa don Fermín con su bastón!, seguro que va hasta el bar de la esquina, ¡saluda a Pipilastro!, ¡pisó a Miliqui!, ¡uy, se metió dentro de la panza de papá!, ¡el Carlitos con el carro y el caballo!, ¡qué suerte tiene! Es un poco mayor que yo y... ¡y ya tiene un caballo!, pero..., ¡seguro que no tiene un papá que está siempre a su lado! ¡Ni a Miliqui, con todos los soles bailándole alrededor!, ni a Mickey..., ni a Pipilastro..., ni caracoles en su casita de cartón, ni vidrios que hacen fuego, ni renacuajos, ni un Pirata que duerma con él, ni una Pepita que le dé de comer... Ojalá mañana no llegue nunca...
El niño se sienta y abate la cabeza sobre el pecho. El perro le lame la cara. Permanecen así un largo rato.
¡Mira, Pirata, cómo se mueven los árboles! ¿Y ese ruido? ¡Uy, está lloviendo, qué bonito!
Salen y juegan. Corren de un lado para el otro, mientras la lluvia arrecia. El pequeño tira una rama y el perro la trae en la boca. Empapados, entran a la chabola. El perro se sacude y el niño aspira con fuerza. La tarde huele a tierra húmeda con lombrices, a caracoles y ranas, a semillas germinando, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
¡Ayúdame, si no, mamá me mata!, coloca latas debajo de las goteras, el perro corre en círculos con un tarro en la boca, ¡dame, Pirata!, los doce recipientes quedan repartidos, el viento silba al pasar por los agujeros, las gotas golpean el techo y las paredes de chapas, caen en los tarros. El niño se sienta en la cama y escucha. Cierra los ojos. En la noche de sus párpados, los ruidos cobran multiplicado vigor. Las gotas caen dentro de cada lata con un sonido distinto, el viento sopla en ráfagas y los silbidos cambian en volumen y tono. Se coloca las manos sobre las orejas, las retira, las tapa, las destapa...
Serio —parece prepararse para una ceremonia extraordinaria—, va hasta la bolsa, saca el pan, se arrodilla y, como si hubiese descubierto el carácter religioso del alimento, lo parte y le ofrece la mitad a Pirata. Toma el huevo y, con un clavo, lo agujerea en ambos extremos. Chupa de un lado mientras mordisquea el pan. Sus ojos ávidos contemplan con tristeza al perro, la gallina, la caja de zapatos, Pipilastro, Miliqui, su padre, la barraca. Nutrido con esas imágenes, comienza a cantar quedamente, parece un canto litúrgico, una despedida, abraza a Pirata, a Pepita, un réquiem...
Su mamá le contó, el próximo mes empiezo a trabajar de casera en un edificio de apartamentos, ¿sabes qué contenta estoy?, me dan uno para nosotros, vamos a vivir como la gente, ¿nosotros no somos gente, mamá?, sí, pero allí es un lugar decente, ¿qué es decente, mamá?, es un lugar limpio, con suelo, ¿acá no tenemos suelo?, sí, pero de tierra, una mugre, en invierno no hace frío como aquí, no te vas a resfriar más, ¿y Pirata?, no, Pirata no puede ir, animales no, tampoco los caracoles, ni los renacuajos, vas a ver qué bonitas son las paredes limpias, blancas...
Hoy es el último día.
Bueno este fue el relato a mi me gusto mucho y lo queria compartir, espero criticas y mas gente que se anote a aportar para que sea una linda experiencia^^
Edit trunks_kurapica : Apoyando tu idea lo dejo como Post-it (aunque la gente no se entusiasme hay gente que querra leerlos y asi no se pierden lo que ya estan)
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Actualización por mio_lucia
¿Qué es la literatura? La literatura es una ficción verósimil, es decir, que se parece a la verdad, sin serla. Los textos literarios no pretenden convencernos de que una teoría es o no verdadera, sino que muestran los sentimientos y las cosas como las percibe el autor.
Manuel Quirós nos presenta la siguiente definición de literatura: “arte que se sirve del lenguaje humano, portador de sentido, casi siempre escrito, con imaginación (ficción), originalidad (en la temática, estructura y desarrollo), sensibilidad y libertad estilísticas, tendiente hacia la creación de un ideal estético y educativo mediante el empleo de recursos simbólicos propios, léxico especial, figuras y un desplazamiento del valor semántico de las palabras para, mediante tales maniobras idiomáticas, producir extrañezas y connotaciones especiales en la emisión de un mensaje.” (Quirós: 2004: 272-273)
Helena Beristáin, habla de la literatura como un texto que cumple una función estética, todo texto pertenece a una cultura que deja su huella en la lengua y los códigos de la época (estilo). Es así como el estatuto verbal pasa a ser una obra de arte. La literatura requiere que el lector tome una posición ante ella y la descodifique, para que encuentre la expresión de otra cultura y otra visión de mundo.
La literatura es una ficción verosímil que refleja las circunstancias de quien la escribe, es un arte que nos muestra la belleza de cada escritor con palabras.
Aclarado este asunto, se presentan a continuación, y por orden de aparición, los textos literarios que se han colocado hasta ahora:
El último día, por Ariel Díaz. Aportado por Anabi:
Aspira hondo; le gusta el olor de la tierra recién mojada. Semidormido aún, sabe que su madre ya se ha ido a trabajar; lo último que hace antes de salir, es salpicar agua con la lata agujereada para asentar el suelo de tierra. Cree escuchar nuevamente la recomendación que le hizo anoche, no te ensucies, pasado mañana tenemos que salir tempranito para la otra casa... ¡Contenta, me lo dijo! ¡La otra casa, esa porquería!
En la penumbra acuchillada, espía con los ojos entrecerrados los rayos del sol que se cuelan por los agujeros de las chapas, atraviesan oblicuamente el interior de la chabola y se detienen en las paredes, en el suelo; los más traviesos lo despiertan haciéndole cosquillas en los párpados. Con sus manos de uñas sucias se tapa los ojos, quiere asir los rayos, levanta la cabeza, abre su boca procurando morderlos, arrima su nariz a uno de ellos y lo huele, lo respira.
Se despereza y gira en la cama; boca abajo, levanta la mirada hacia la única pared de cemento donde los pequeños soles, diseminados entre Pipilastro, Miliqui, su padre y Mickey, caminan lentamente como sus amigos, los caracoles, esos que tiene en la caja de zapatos debajo de la cama.
¡Debo ponerles comida! Salta de la cama, abre la puerta, corta tres hojas del geranio —ya le quedan pocas—, vuelve arrastrando los pies descalzos, cierra la puerta, destapa la caja, ¡uno, tres, cinco y cuatro!, están todos, arroja el alimento, pone la tapa y vuelve a la cama.
Aspira de nuevo, ¡qué rico!, distinto al olor del viento que trae el humo del basurero, que lo hace toser y le llena los ojos de lágrimas; como cuando piensa en su papá que no conoce, pero ya lo va a conocer cuando sea mayor, porque su papá es importante, así se lo ha dicho mamá, tan importante que lo imagina grandote, gordo, ¡hasta con traje y corbata!, como esa enorme mancha de humedad que va desde el techo hasta el suelo. No, no es una mancha, es mi padre que vino a verme, porque me quiere y viene a cuidarme y a traerme alguna lagartija de regalo.
Los soles han caminado, ahora están conversando con Miliqui, esa parte descascarada de la pared donde asoma una vieja pintura azul.
Busca debajo de la cama, saca un grueso culo de botella, intercepta un rayo, acerca un papel, la luz concentrada se ha convertido en un punto blanco que lo encandila. Enseguida, los ojos bien abiertos, la magia combinada del rayo, el vidrio y el papel, crea anillos de humo que se desprenden de ese punto brillante que se va oscureciendo, parpadea, las volutas se elevan, desaparecen en la oscuridad, surgen en otro rayo, se diluyen, el papel se prende fuego, el niño estornuda. Pisotea apagando las pequeñas llamas, rápido, rápido, para no quemarse los pies.
¡Vamos, Pirata! Desde su hueco en la cama, el perro levanta la cabeza, extiende las patas, arquea el lomo, se estira, baja y lo sigue; el pequeño saca el último pan de la bolsa, lo parte por la mitad y le da un pedazo a Pirata; coge el jarro con el café ya frío que está sobre el calentador apagado, lo bebe a grandes sorbos, se pasa el antebrazo por los labios húmedos y, mordisqueando el pan, salen ambos de la barraca hasta el zanjón cercano. Se pone a cazar renacuajos con la mano.
¿Te gustan, Pirata? —el perro levanta las orejas—, cuando cierro las manos me hacen cosquillas, mueven la cola igual que tú. Caza dos, los coloca en una lata, diez, quince, veinte; sentado en el borde húmedo, termina el pan ya negruzco. Suspira, estira los brazos y acaricia al perro que tuerce la cabeza y gime. ¡Pirata! Lo abraza, todo está borroso, ¡por qué, por qué!
¡Pepita! Vuelven los dos, el niño enjugándose las lágrimas, un suave cacareo debajo de la cama, ¿Pepita?, se acerca, ¡ah, estás poniendo un huevo!, date prisa, ¡quiero comerlo a mediodía!
¡Uy, Susana!, sale de la chabola, el perro detrás, ¡casi me olvido!, corre por la callecita de tierra, trepa a un montículo, ¡allá viene!, salta el zanjón, cae en el barro, ¡qué tonto!, se incorpora, ¡hola, chaval!, Susana lo está mirando con esos ojos tan dulces, ¿tienes hambre?, le sonríe, toma, es para ti.
Vuelven corriendo, ¡espera, Pirata, lo guardamos para después!, coloca el pan aún caliente en la bolsa y se mete debajo de la cama. La gallina está casi vertical sobre el nido que hizo en la tierra húmeda con unos calzoncillos y un par de calcetines del niño, la respiración contenida, cresta y barbillas muy rojas del esfuerzo. ¡Fuerza, Pepita!, observa cómo el huevo va apareciendo, ¡vamos!, ¡dale, que sale!, aparece más, más, y más, salió, ¡bien!, besa y abraza a la gallina, retira el huevo que ya se ha secado y lo coloca en la bolsa con el pan.
¡Ven, Pirata, vamos a ver cine!, corren hasta el zanjón, coloca barro espeso en un tarro y vuelven al interior de la barraca, donde la gallina se pasea cacareando. ¡Está bien, ya sabemos que pusiste un huevo!
Haciendo equilibrio sobre el último peldaño de una escalera coja, tapa con barro todos los agujeros, excepto uno en el centro de la puerta. Por él entra la claridad exterior que se mete en lo oscuro y estampa sobre la pared de cemento, la casa de enfrente, aferrada a los brillantes charcos de la calle y suspendida boca abajo sobre un cielo que parece aguardar su caída. De espaldas a la imagen, se agacha, y apoyando la cabeza en el suelo, observa por entre sus piernas abiertas.
¡Mira, ahí pasa don Fermín con su bastón!, seguro que va hasta el bar de la esquina, ¡saluda a Pipilastro!, ¡pisó a Miliqui!, ¡uy, se metió dentro de la panza de papá!, ¡el Carlitos con el carro y el caballo!, ¡qué suerte tiene! Es un poco mayor que yo y... ¡y ya tiene un caballo!, pero..., ¡seguro que no tiene un papá que está siempre a su lado! ¡Ni a Miliqui, con todos los soles bailándole alrededor!, ni a Mickey..., ni a Pipilastro..., ni caracoles en su casita de cartón, ni vidrios que hacen fuego, ni renacuajos, ni un Pirata que duerma con él, ni una Pepita que le dé de comer... Ojalá mañana no llegue nunca...
El niño se sienta y abate la cabeza sobre el pecho. El perro le lame la cara. Permanecen así un largo rato.
¡Mira, Pirata, cómo se mueven los árboles! ¿Y ese ruido? ¡Uy, está lloviendo, qué bonito!
Salen y juegan. Corren de un lado para el otro, mientras la lluvia arrecia. El pequeño tira una rama y el perro la trae en la boca. Empapados, entran a la chabola. El perro se sacude y el niño aspira con fuerza. La tarde huele a tierra húmeda con lombrices, a caracoles y ranas, a semillas germinando, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
¡Ayúdame, si no, mamá me mata!, coloca latas debajo de las goteras, el perro corre en círculos con un tarro en la boca, ¡dame, Pirata!, los doce recipientes quedan repartidos, el viento silba al pasar por los agujeros, las gotas golpean el techo y las paredes de chapas, caen en los tarros. El niño se sienta en la cama y escucha. Cierra los ojos. En la noche de sus párpados, los ruidos cobran multiplicado vigor. Las gotas caen dentro de cada lata con un sonido distinto, el viento sopla en ráfagas y los silbidos cambian en volumen y tono. Se coloca las manos sobre las orejas, las retira, las tapa, las destapa...
Serio —parece prepararse para una ceremonia extraordinaria—, va hasta la bolsa, saca el pan, se arrodilla y, como si hubiese descubierto el carácter religioso del alimento, lo parte y le ofrece la mitad a Pirata. Toma el huevo y, con un clavo, lo agujerea en ambos extremos. Chupa de un lado mientras mordisquea el pan. Sus ojos ávidos contemplan con tristeza al perro, la gallina, la caja de zapatos, Pipilastro, Miliqui, su padre, la barraca. Nutrido con esas imágenes, comienza a cantar quedamente, parece un canto litúrgico, una despedida, abraza a Pirata, a Pepita, un réquiem...
Su mamá le contó, el próximo mes empiezo a trabajar de casera en un edificio de apartamentos, ¿sabes qué contenta estoy?, me dan uno para nosotros, vamos a vivir como la gente, ¿nosotros no somos gente, mamá?, sí, pero allí es un lugar decente, ¿qué es decente, mamá?, es un lugar limpio, con suelo, ¿acá no tenemos suelo?, sí, pero de tierra, una mugre, en invierno no hace frío como aquí, no te vas a resfriar más, ¿y Pirata?, no, Pirata no puede ir, animales no, tampoco los caracoles, ni los renacuajos, vas a ver qué bonitas son las paredes limpias, blancas...
Hoy es el último día.
En la Mancha, ninguna mujer se llama Dulcinea, por Rubén Carrasco. Aportado por Nenec :wink:
Allí se encontraba de nuevo. Después de tanto luchar por evitar que aquello se repitiese, todo había vuelto a ocurrir exactamente igual que las otras decenas de veces. Ella, empeñada en idealizar a su amor, a aquel al que le había entregado sus ilusiones, sus proyectos, su futuro, su cuerpo, en definitiva, su vida; empeñada en ser como Don Quijote, incapaz de ver los defectos de su Dulcinea; ella, que tanto había sufrido a manos de aquel que una vez le dijo “te quiero”, permanecía tendida en el suelo, inmóvil, dolorida, llorando y dejando escapar lo poco que le quedaba de vida en cada sollozo.
Recordaba cuando le conoció. Apenas había estado con chicos durante su adolescencia, siempre voluntariamente aprisionada entre un libro y una silla, así que, cuando un desconocido se le acercó, al poco tiempo de empezar la carrera, interesado en salir con ella y mirándola con aquellos despampanantes ojos azules, que bien podrían haber pasado por dos zafiros preciosos, ella no pudo resistirse a su encanto. No sólo consiguió convencerla para salir una vez, sino que, una vez tras otra, cita tras cita, y utilizando su encanto, la convencía de que ella era su mundo y su sustento. Por aquel entonces él era un joven apuesto y encantador, cariñoso, simpático, alegre… No había un sólo adjetivo en él que implicase defecto, o así lo veía ella.
Finalmente, se dejó embaucar. A él le ofrecieron un magnífico trabajo en el extranjero y, lejos de querer dejarlo, a una sola palabra suya, ella abandonó sus libros, sus estudios, su trabajo, su familia y sus amigos y corrió tras él cual Luna tras el día. Se casaron en la intimidad y todo parecía ir bien. Ella se quedó embarazada y tuvo un precioso bebe al que pusieron el nombre de su padre. El niño llenó de alegría la casa y de miedo las noches.
Su hijo requería de su atención veinticuatro horas al día y su marido, cansado de trabajar y celoso de los múltiples cuidados que ella le dedicaba a su primogénito, ni siquiera la miraba al llegar a casa. Empezó a beber y a llegar a casa a altas horas de la noche. Lo que había sido un apasionado romance se empezó a enfriar: las discusiones se volvieron una constante y los alaridos de su amado empapelaban las paredes de la casa y despertaban al niño. Así, la situación se fue agravando con el tiempo y, lo que una vez fue pasión, se convirtió en un hielo tan frío que quemaba al tacto.
Fue una noche, mientras acunaba al niño (que llevaba horas llorando sin parar) y después de una discusión más, que notó en su cuerpo el primer martillazo del puño de su marido y escuchó el sonido de una pequeña cabeza abriéndose contra el suelo. Él la culpó de todo y la pena y el sentido de culpabilidad por haber dejado caer a su hijo acabaron por convertirla en un autómata a merced de aquel tirano.
Aun así, él era lo único que le quedaba y, pese a que las palizas eran cada vez más frecuentes y su afición por la bebida iba en aumento, intentaba olvidar la mala experiencia de la muerte de su hijo refugiándose en los brazos de aquel hombre con la ilusión de que todo volvería a ser como cuando se conocieron. Fue en este momento cuando empezó a consentírselo todo y a idealizar la figura de aquel ser despreciable: cada uno de sus gritos le parecían música, cada uno de sus golpes se tornaban caricias y cada uno de sus frecuentes “lo siento” la hacía enloquecer de amor.
Pero todos tenemos un límite y, después de haber estado por tercera vez ingresada durante casi quince días, mientras recibía ayuda psicológica, el espejismo que había creado se rompió, dándose cuenta, al fin, que su Babieca no era otro que Rocinante.
Se marchó de casa, huyó de la ciudad donde había vivido con él e intentó rehacer su vida. Volvió a su país, volvió a trabajar, a salir con gente (a la que empezaba a considerar como amigos), y retomó sus estudios. Conoció a algún que otro hombre y, con uno de ellos, volvió a conocer el amor. Él, que conocía su pasado (pues ella misma se lo contó una bella noche de verano), la trataba como una reina y la quería locamente: convertía sus errores en divertidas anécdotas y sus defectos en cualidades. Ella le decía que parecía el loco enamorado Don Quijote y que la idealizaba cual Dulcinea; él, le contestaba que la idealización de su ser era lo que le devolvía la cordura. Ella, que se encontraba de nuevo feliz y segura junto a un hombre, que se sentía, por fin, Dulcinea y no Don Quijote, creía olvidar a su primer y cruel amor con la esperanza de no volver a verlo. Pero tal era la dependencia que su primer marido tenía de ella, que removió cielo y tierra hasta encontrarla.
Aquella tarde de sábado, mientras leía su libro preferido a la luz del fuego, esperando que su fiel compañero regresase de la reunión que le había hecho dejar a medias la comida, sonó el timbre. Confiada y feliz como estaba, ya nunca miraba por la mirilla quién era. Craso error. En cuanto abrió la puerta, sin mediar palabra, el puño de su marido la golpeó como si de una lanza se tratase. Sin escudo, el golpe la hizo caer al suelo y, antes de que pudiese dejar escapar un grito o un lamento, recibió una coz en la boca. Ensangrentada, intentó llegar al teléfono, pero, de un tirón de pelo, se vio de nuevo ante la colérica mirada de su agresor. Y, amarrándola de esta forma, fue terriblemente flagelada, sin piedad, hasta que, agotado, el que una vez fue su Sol se marchó sin ni siquiera abrir la boca.Allí se encontraba de nuevo. Después de tanto luchar por evitar que aquello se repitiese, todo había vuelto a ocurrir exactamente igual que las otras decenas de veces. Ella, empeñada en idealizar a su amor, a aquel al que le había entregado sus ilusiones, sus proyectos, su futuro, su cuerpo, en definitiva, su vida; empeñada en ser como Don Quijote, incapaz de ver los defectos de su Dulcinea; ella, que tanto había sufrido a manos de aquel que una vez le dijo “te quiero”, permanecía tendida en el suelo, inmóvil, dolorida, llorando y dejando escapar lo poco que le quedaba de vida en cada sollozo. Ella, que por fin había sido Dulcinea, que había encontrado a su adorador, Don Quijote, y había rehecho su vida en Toboso; ella, que hasta hace unos minutos se encontraba leyendo su libro favorito (en cuyas tapas podía leerse “El Quijote, de Miguel de Cervantes”), se apagaba lentamente como tantas otras mujeres lo hicieran antes que ella. A fin de cuentas, en la Mancha, ninguna mujer se llama Dulcinea.
Sábado noche en la capital, por Cacadevaka. Aportado por Cacadevaka.
Situar esta narrativa en una calle, en una esquina, en un bloque de pisos o en una plaza en concreto sería inútil, únicamente cabría decir que se trata de cualquier localización céntrica...
Es una noche de sábado corriente en Madrid, el reloj hace tiempo que pasó las doce y ronda ahora aquellas horas en las que los que no están acostados, hace rato perdieron ya la verguenza gracias a los etilos; reyes indiscutibles de las noches de fiesta.
Los locales de fiesta están ya abarrotados mientras los más rezagados apuran con ansia lo que les resta de botellón. Sin embargo, no todos entrarán a los locales, ya que están escrupulosamente guardados por los "gorilas", aquellas figuras que más recuerdan al mitológico "Cerbero" que a una persona normal.
Estos peculiares vigilantes, (muy frecuentemente traídos de las lejanas tierras de Europa del Este mediante métodos de dudosa legalidad) con más masa en los músculos que en el cerebro, hacen gala de sus muchos prejuicios escudriñando recelosamente de arriba a abajo como si de un escáner se tratara a cada persona que entra. Si por lo que sea no les agradas, no insistas, con frecuencia pierden los estribos y son propensos a "cruzar caras", aplicando posteriormente el "aquí paz y después gloria".
El silencio como tal no existe en estas noches, siempre es violentamente corrompido por sirenas de ambulancias o policía aquí o allá, griteríos y berreos a diestro y siniestro o, sencillamente, por la música de los locales, fruto esta última de múltiples denuncias por parte del vecindario, que pocas veces (o ninguna) se ven respaldados por la legislación.
Han pasado ya algunas horas, entraron personas al local y salen monstruos, incapaces de hacer uso del lenguaje con ese habla que parece satánica y que, aunque caminen sobre dos piernas (y no todos) como las personas, estos monstruos al avanzar van describiendo "eses". Un grupo de cuatro de estos recorre ahora una pequeña calle paralela, oscura y solitaria, decorada sólo por grafitis que yacen impasibles sobre los renegros ladrillos de las fachadas. El edor a orin de las paredes haría poner, cuanto menos, una mueca de náusea a cualquier ser humano, pero no será a nuestros cuatro monstruos protagonistas. En concreto son chavales de acomodada posición social, que lucen unas impolutas y preciadas camisas, siempre de primeras marcas y cuidadosamente planchadas por sus criadas en sus chalets.
De repente, algo rompe su intrascendetal conversación a gritos, es una voz queja, ronca, seca, proviniente de la puerta de un cajero. Curiosos, nuestros cuatro amigos en avanzado estado de embriaguez, se acercan a echar una ojeada. Se trata de un mendigo; con la tez oscura y un rostro castigado por todo tipo de inclemencias, pero que muestra sabiduría y una edad que de haber nacido con más oportunidades, gozaría ahora de una merecida jubilación.
Es entonces cuando nuestro pobre hombre pobre, indignado por la ostentuosidad y, por qué no decirlo, riqueza de los chavales comienza a proferir blasfemias y despotricar injurias al aire dirigidas más a todo cuanto le ha castigado en esta vida que a ellos en concreto. Pero ha elegido mala noche, mal receptor y mal mensaje para establecer diálogo.
Uno de ellos propone, entre risas, quemarle la manta; idea que es inmediatamente respaldada por los demás. Sin más dilación, ni la justa para dar tiempo al mendigo a levantarse, uno de ellos arroja sobre su manta lo que le quedaba de una botella de ron mientras el que estaba fumando tira su apurado pitillo a la susodicha haciendo gala de una estupenda (y en este caso mortal) coordinación. Quién les diría a ellos que debajo de esa manta no habría piernas, dificultad biológica que imposibilitó al mendigo toda posibilidad de escapar de las llamas, que, sin saber ninguno de ellos muy bien como, acabaron por quemarlo vivo.
Asustados y espantados, salieron corriendo hacia la parada del autobús, donde cogerían un viaje hacia la seguridad, confort y calor del hogar, allá donde todo es felicidad y donde tratarían de olvidar el incidente.
Qué duda cabe de que este crimen merecía castigo; pero no, no será hoy, no será aquí...y es que parece que Dios trata mejor a los que más tienen y se ceba con aquellos que más le necesitan.
La pantera, por Sergio Pitol y con un final alternativo de Lucía Zúñiga. Aporte por mio_lucia.l
Primera parte, por Sergio Pito
La pantera.
Ninguna de las magias que atravesaron mi niñez puede equipararse con su aparición. Nada de lo hasta entonces concebido logró confundir tan soberbiamente refinamiento y fiereza. En las noches siguientes imploré, divertido, al final impaciente, casi con lágrimas, su presencia. Mi madre repetía que de tanto jugar a los bandidos acabaría por soñarlos. En efecto, al término de unas vacaciones la persecución y la infamia, el coraje y la sangre frecuentaron mis noches. En esa época ir al cine se reducía a disfrutar una sola película con ligeras variantes de función en función: el tema invariable lo proporcionaba la ofensiva aliada contra las huestes del Eje. Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite vimos llover obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego; épicos juramentos de amor, penumbra de refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos rotos y grandes inmuebles sin fachada, y el mechón de Veronica Lake resistiendo impasible la metralla nipona mientras un grupo de soldados heridos era evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi cuarto y que una multitud de cuerpos despedazados y cráneos de enfermeras me lanzaran sobresaltado a buscar amparo en la habitación de mis hermanos mayores.
Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie divertían. Remplacé el consuetudinario antagonismo entre policías y ladrones o el nuevo, y consagrado por el uso y la moda, entre aliados y alemanes por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras sorpresivamente atacaban una aldea, cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y furia al ser atrapadas por cazadores implacables, combates encarnizados entre panteras y caníbales. Pero ni ellos, ni la frecuencia con que leía libros de aventuras en la selva hicieron posible que la visión se repitiera.
Su imagen persistió durante una temporada que no debió ser muy larga. Con indiferencia fui comprobando que la figura se volvía cada vez más endeble, que mansamente se difuminaban sus rasgos. El flujo atropellado de olvidos y recuerdos que es el tiempo anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. A veces me apremiaba la urgencia de escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir la noche de su aparición. Aquel bello, enorme animal, cuya negrura brillante desafiaba la noche, trazó un enorme rodeo en torno a la alcoba, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspiraba, las volvió a cerrar agraviado.
Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido. Durante días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba el haber podido imaginar que aquella hermosa bestia tuviese intenciones de devorarme. Su mirada era amable, suplicante, su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre para la caricia y el juego. Nuevas horas se ocuparon de sustituir a aquellas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No solo llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar con precisión la causa que los originaba. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el apasionante manejo de colores y líneas.
Final, por Sergio Pitol.
Triviales, alegres, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en medio de aquel bárbaro sueño infantil, volví a escuchar el ruido de un objeto que caía en la habitación contigua. Lo irracional que cabalga en nuestro interior adopta en determinados momentos un galope tan enloquecido que cobardemente tratamos de cobijarnos en ese enmohecido conjunto de normas con que pretendemos reglamentar la existencia, en esos vacuos convencionalismos y autoengaños con que se intenta detener el vuelo de nuestras intuiciones más profundas. Así, aun dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional: argüí que el ruido lo había producido la entrada de un gato que a menudo llegaba a la cocina a dar cuenta de los desperdicios.
Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a caer dormido para despertar poco después, al percibir con toda claridad cerca de mí, su presencia. Frente al lecho, contemplándome con expresión de gozo, estaba ella. Pude recordar dentro del sueño la visión anterior. Los años transcurridos habían logrado modificar únicamente el marco. Ya no existían los muebles pesados de madera oscura, ni el candil que pendía sobre mi cama; los muros eran otros, sólo mi expectación y la pantera se mantenían iguales: eran los mismos, cual si entre ambas noches hubiesen transcurrido apenas unos breves segundos. La alegría, confundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azorado permanecí en espera de su mensaje.
Ninguna prisa atenazaba al animal. Se paseó frente a mí con paso lánguido y artero, describiendo pequeños círculos; luego, con un leve salto alcanzó la chimenea, removió las cenizas con las garras delanteras y volvió al centro de la habitación; me observó fijamente, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar.
Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad conocida en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se develaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de exultación y júbilo alcanzó un grado de perfección intolerable. Imposible encontrarle parangón. Nada, ni siquiera uno de esos contados efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos la eternidad, me produjo el efecto logrado por el mensaje.
La emoción me hizo despertar, la visión desapareció; no obstante permanecían vivas, como grabadas con un hierro candente, aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una página hallada sobre el escritorio. Al volver a la cama, entre sueños, no podía dejar de saber que un enigma quedaba descifrado, el verdadero enigma, y que los obstáculos que habían hecho de mis días un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos.
Sonó el despertador. Contemplé con regocijo la página en que estaban inscritas aquellas doce palabras esclarecedoras. Dar un salto y leerlas hubiera sido el recurso más fácil. Tal inmediatez me parecía poco acorde con la solemnidad de la ocasión, En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y cuidadosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje.
Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La parafernalia de que se revistió ese sueño no puede atribuirse a simples coincidencias. No; había algo en su mirada, sobre todo en la voz, que hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la posibilidad de enlace con una fuerza y una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y sin embargo, con estupor y desolada vergüenza, debo confesar que las palabras anotadas eran sólo una mera enumeración de sustantivos triviales y anodinos que no tenían ningún sentido. Por un momento dudé de su cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filológicas. Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están inficionados de la misma estulticia, del mismo caos, de la misma incoherencia que padecen los hechos visibles.
Confío, sin embargo, en que volverá la pantera.
México, mayo de 1960
Mi final:
Ayer, sin embargo, tuve un leve roce con el pasado. Visitando un museo citadino, he fijado mi atención en un pequeño cartel de aquella época. Huestes del Eje y la ofensiva aliada volvieron a contender en mi cabeza. En este desierto infinito denominado tiempo me he detenido a meditar. Esa imagen me ha parecido incesante, más perenne que el arte o las grandes maravillas. Extrañamente me he concentrado en el espanto y en la guerra, en la mezcla realidad-ficción de mis pasatiempos infantiles. Creía haber cambiado, pero talvez no fue de esa manera.
Su aparición de esta noche no fue tan tangible como la de la vez anterior. Mas se ha conservado el carácter nebuloso. El causante ha sido, sin duda, el nuevo prendedor, regalo de aniversario para Jeannette, hecho de plata, brillante, con una pantera desafiante, algo mencionó el vendedor sobre inmensas fuentes de sabiduría. Es insólito como, después de tantas noches de implorar soñar con ella, ahora, una simple casualidad (aunque algunas personas niegan la existencia de las casualidades y aceptan sólo las causalidades), me la ha traído a la memoria cuando juraba haberla olvidado.
Me desperté de golpe, el presente reposaba aún encima de la mesa de noche. Mi cerebro vibró atiborrado de ideas. No me importó este mundo sino otro más lejano, una realidad ignorada: enormes fauces de dolor, guerras alimentándose de sangre y muerte, afiladas penas, rugidos de hambre. El orbe había sido desde el comienzo parte y contraparte, molesto júbilo y tribulación. Nos envolvía una pestilente avidez de matar. Por un momento, la destrucción dejó de ser un juego inofensivo y se transformó en la realidad de noticias y periódicos. La inocencia de la niñez y el discernimiento actual, eran dos caras de la misma batalla. Se me hizo difícil al principio, pero pude al fin visualizar ambas existencias como una sola. Dos personas distintas, con dos vidas opuestas, albergadas en un mismo cuerpo.
Estaba ya conciente, o al menos así lo creo, cuando la vi al pie de la cama. Mi mente aún trastornada, dividida por dos perspectivas, le permitió la entrada sin molestia alguna. Dentro de mí ella recorrió las guerras, el hambre y la miseria, sin comprender cómo los seres humanos podían matarse unos a otros sin remedio. Me dolía el cuerpo o quizá algo más profundo. Dentro de mí habitaron momentáneamente millones de personas, el dolor de años de devastación se albergaba en mis adentros. Yo era a su vez esos niños, esas mujeres, esos hombres asesinados y mutilados. Era también las ciudades destruidas, las armas. Era todo cuanto nuestra civilización había construido y destruido.
Fue entonces cuando supe su deseo: mi cerebro plasmado de humanos recuerdos. Me había elegido para poder percibir el verdadero sufrimiento de mi especie, y talvez entonces, sanarla. Yo recordaba la vida de otros y me sentía como ellos. Los instantes de tiempo perdidos y arrinconados se hospedaban dentro de mí. Era todo y todos al mismo tiempo. La mirada suplicante me conquistaba, y me ofrecía la más inmensa sabiduría, a cambio de un puñado de memorias. La voz de mi madre, mis pueriles diversiones, incluso ese afiche del museo, le eran indispensables para comprendernos y dar cura a nuestros males.
Sin dudarlo, me entregué totalmente. Ella fue como inmensa aspiradora, viví nuevamente esos años en cuestión de segundos, y entendí el código de un mensaje sin palabras, escrito con sensaciones de paz y posteridad. Gracias a mí, la pantera obtendría el dominio del tiempo y de la vida, y de algo aún más importante, lo perseguido con mis juegos infantiles: el dominio sobre la guerra.
Después de esa noche volví a mis actividades habituales. El ajetreo del trabajo y unos cuantos momentos de cultivo filosófico llenaron mis horas. El broche de Jeannette desapareció misteriosamente y fuera de estas letras no volví a mencionar a la pantera. Pero yo sé que ella está en alguna parte, aguardando y con el deseo eterno de salvarnos y dar a nuestra alma entera libertad.
El principito, por Antoine de Saint-Exupéry. Aporte dado por Anabi:
http://www.franciscorobles.com.ar/libros/principito/index.htm
La espera, por Lucía Zúñiga. Aporte dado por mio_lucia:
Dera tenía diecisiete años cuando decidió suicidarse. Le tomó meses llegar a la conclusión de que sólo ese camino terminaría de golpe con la tortuosa condena. Fue un día como cualquier otro, se dedicó a consentir su piel, a darse un baño con agua helada, se cepilló cien veces el cabello, y se puso un nuevo barniz de uñas color blanco. También meditó, por la tarde, en esa persona, el motivo de su espera, el sentido de su vida. Sintió que ya no vendría. Miró desde la ventana del tercer piso, su cuarto, como afuera las estrellas brillaban relucientes, la luna parecía haberse ido de paseo.
Tanto tiempo, cargando este tortuoso camino, tratando de salvar algo desconocido. Si supieras cuánto deseo mirarte, llamarías de inmediato a mi puerta.
Puso la mano en el pecho y sintió su ardor, a su mente acudieron recuerdos tormentosos. El rostro moribundo y pálido de su abuela la abrumaba siempre; durante días y noches enteras presionando sobre el pecho para lograr albergar el tesoro anhelado. Cuando el ritual terminó, su vestidito rosa estaba manchado de sangre, y la anciana cayó a sus pies muerta, sin más remedio.
Por supuesto que lo recuerdo, aquel objeto puesto ante mis ojos de niña, ¿cómo olvidarlo? Era la alhaja más linda que pudiera admirar: brillante, imponente, poderosa. Giré durante años en el círculo de su alrededor, me deleité con civilizaciones desconocidas, conocí personas lejanas, trasgredí la barrera del tiempo, anulé la diferencia entre la vida y la muerte; todo para caer vencida, finalmente, en la lágrima de su centro. Entonces, me di cuenta del horror atraído por el collar. Mientras él cambiaba entre el tono rojizo y el azulado, yo me consumí en esa ola de gritos y ruegos internos, ese despliegue de la más profunda agonía. Fui capaz de tolerar la tortura mental, estaba tan absorta en el fatal resplandor, hasta que me di cuenta de que ese dolor, ese sufrimiento, no existía aún, se extendería por medio de la joya. Mi deber era elegir si merecía ser liberado.
—Elige la muerte—fue la sentencia de mi abuela y así fue. Elegí la perpetua agonía, las emociones guardadas, los llantos secretos. Me incliné por una cruz de espinas y el abandono de los sentimientos. Promulgué la pena de muerte, siete veces seguidas—.
Ella se miró en el espejo, con el camisón abierto, una cicatriz estaba marcada en medio de sus senos, se definía la silueta de una gota tiernamente encerrada. Su figura era perfecta, insinuante, su rostro delicado, fino, terso, las manos de dedos largos y uñas blancas, boca pequeña y fina, piel ligeramente bronceada, cabello largo, brillante, aún más hermoso que la noche. Era bella, bellísima, desde el día de su nacimiento. La ventana estaba abierta y un fuerte viento recorría el cuarto, mas nadie movió la cortina, y cuando el bebé dio su primer grito, la brisa lo sobrecogió, helándolo.
—Es preciosa—el abuelo la tomó en sus brazos y la mostró a la madre dolida—.
—Así debe serlo, es como lo he prometido. Deberá ser la niña más encantadora, así esa persona vendrá a buscarle. Ella cambiará un destino.
La sentencia impuesta desde que me encontraba en el vientre de mamá. Me pregunto cómo puedo recordar algo tan lejano. Esa voz me persigue en las noches: la abuela repitiendo el motivo de mi existencia, ilusionándome con la llegada de esa persona, jurándome mostrarme el tesoro que resguardaría, planeando como convertirme en el más valioso de los cofres. Si al menos pudiera verte, mi existencia no sería en vano.
Caminó a la ventana y calculó, su cuerpo era débil y por eso no resistiría una caída desde esa altura. Nadie podía salvarla. Era casi la medianoche. No quiso dejar ninguna carta, ni la más mínima huella. Se acercó al borde y por primera vez se sintió libre, sonrió. Puso ambos pies y cerró los ojos, luego saltó.
Toda esta tortura, años de resguardo sin tener amigos son motivo suficiente. No puedo vivir simplemente para ser el envase de un tesoro, será mejor morir. Me piden luchar para salvar un lugar desconocido, dar esperanza a seres que nada tienen que ver conmigo, crear maravillas vedadas a mis sentidos; sólo porque este mundo, la Tierra, no tiene ninguna salvación. No me parece justo.
Un resplandor en el cielo, rápido y agudo, irrumpió el momento. No estaba segura de lo que sucedía, sin embargo, el tiempo se había retardado, caía ahora lentamente. Pudo verlo y saber de inmediato quién era. Esa persona había llegado. Se puso frente a ella y acomodó su cuerpo, podía ahora verle el rostro. Un ser divino, celestial, con ojos plagados de fuerza y bondad, ropas azuladas, siglos de magia y experiencia acumulados en sus venas. Sacó una espada brillante, de aguda punta, la hizo recordar las historias místicas. Puso una mano en su pecho, en la cicatriz.
Recordé en un segundo toda aquella promesa, su llegada significaba mi total entrega. Cuando él tocara el collar que se albergaba en mi cuerpo la batalla dejaría de fluir en su interior y se trasladaría al mundo. Todas las batallas implican riesgos y pérdidas, pero sin ellas no se puede ganar nada. La lucha debe abrirse para que exista un reto, son los retos los que dan sentido a la existencia, sea esta humana o no.
La miró con ternura y se acercó aún más, hizo latir su corazón en un segundo.
—Preciosa, tal como lo habían prometido.
La besó suavemente mientras reabrió la herida y al contacto con su piel el colgante se dividió en dos figuras: una lágrima azul y una lágrima roja, con los mismos gritos ocultos y el mismo sufrimiento exacto. Después, se separó de ella.
Su mirada dulce y amable valía para mí más que nada en el mundo. En sus manos brillaban esas joyas, esa esperanza de salvar a quienes ni siquiera conocía. Mi vida entera por un instante de su tiempo, por saber quien era. Recordé la última de las sentencias mientras le descubría la última de las sonrisas. Desapareció en un instante en el cielo abriendo un enorme agujero, el tiempo se regeneró.
Dera tenía diecisiete años cuando decidió suicidarse. Era una noche clara y un pequeño niño que pasaba sintió la brisa, un cuerpo a punto de caerle encima, tres gotas de sangre en su frente y luego un polvillo coloreado de blanco extendiéndose en la penumbra, jugando con las estrellas.
Relato sin titulo, por dacost23. Aporte dado por Dacost23
El momento ha llegado, despues de tanto tiempo en el mismo sitio, Juan se da vuelta y mira por ultima vez el lugar donde ha vivido durante mas de 30 años, sudando, recuerda los mejores momentos que vivio alli, sus camaradas de combate, sus charlas al amanecer con algun compañero de la compañia, el eterno sonido de las hojas quemandose al fuego abrazador de una simple fogata, pero tambien vienen a su mente aquellos recuerdos tristes, aquellas grandes personalidades que se han perdido, sus mejores amigos muertos en la pelea absurda por algo que a su vista era inalcanzable, algo imposible, si, muertos, como un suspiro fueron sus vidas, eran jovenes, terminando rapidamente bajo el sonido de alguna metralla, pero ya era demasiado tarde para remediarlo, ahora solo los puede ver en sus cicatrizes, sin embargo lo unico que realmente es eterno, ahora juan, el muchacho, tiene 57 años, se dice rapido, pero en su cara llena de arrugas de tribulaciones ha pasado mucho. pero tambien ha dejado mucho por hacer, a pesar de las constantes luchas, de la sangre derramada, sus superiores piensan que deben tener el control sobre la region que ahora esta llenas de crateres y desolacion, para el disgusto de sus superiores ahora el joven Juan ya no es tan joven, ahora sufre una enfermedad.al mismo tiempo que esta afeccion es un problema, es un alivio, significa el retorno a casa, esa casa que no ve desde hace tanto, el joven que partio dejó dos hijos y una amada, pero el deber lo llamó en la flor de su existencia.
El sonido de la sirena del barco despierta a Juan de los recuerdos de su vida, tan fragil como un vaso de cristal, nunca pidio un trato especial, y a su partida no quiso que le dieran sus merecidos honores, recibirlos seria como cometer una hipocrecia con sus camaradas que lo merecen tanto como el, asi mismo seria una hipocrecia con sus amigos muertos, por que al fin y al cabo una medalla despues de muerto no vale nada, pasan las horas, los dias, pero en sus tristezas, en sus melancolias, en sus mismas locuras de viejo, Juan ha perdido la nocion del tiempo, cada vez el dolor en el pecho es mas fuerte, al toser, el rojo en su mano o en el suelo, le recuerda las batallas que tantas veces libro, si, juan lo unico que quiere es volver, volver, esa palabra que tantas veces que se dijo a si mismo o que escribio en una carta, pero no puede olvidar el pasado, no puede dejar atras su guerra, su guerra por sobrevivir en un territorio hostil, ¿a cuantos, a cuantos he matado? ahora solo quiero huir, suena la debil voz de juan, este centra lo poco que le queda de vista en el horizonte, esa vista luce preocupada por querer llegar a un sitio donde tal vez no le alcance el tiempo.
Juan se vuelve a recostar, piensa que probablemente esa sera la ultima vez que vea el sol, que sienta la frescura del viento suavizar su cara, pasan y pasan los dias, y juan sabe que su tiempo esta cerca, si, todos sabian, incluyendolo que esa seria su ultimo viaje, los pocos amigos que dejo sabian que esa seria la ultima vez, nada es tan refrescante para un soldado que ir a morir a su casa, no importa lo que digan, ese es el sueño de todo combatiente, su vista enfoca nuevamente el horizonte, y esta vez para su sorpresa, el horizonte deja ver tierra firme.
La vida le ha dado a Juan un ultimo chance, una ultima oportunidad de exaltar lo que realmente importa y solo tras años de cruenta lucha él valoro, su familia, su felicidad, que le fue esquiba por treinta años, esta felicidad vuelve cuando Juan ve a sus dos hijos (ahora hombres) y a su amada.
Ya recostado en su lecho de muerte, rodeado de las personas con las que añoró tanto estar, Juan puede sonreir por ultima vez, por que a Juan la vida le dio un ultimo chance, y él no lo desaprovecho.
El abrazo, de Ariel Díaz. Aporte dado por Anabi:
Los techos rojos de las casas se empequeñecían a medida que escalaba el cerro más cercano. Desde un azul implacable, donde giraban planeando varios pájaros negros, el sol primaveral llenaba de vida la tarde. Oyó ladridos lejanos, el llanto de un bebé y el hollar de los viejos cascos del caballo de la noria hundiéndose en el círculo de fango. Se quitó la camisa, la anudó a su cintura y continuó la ascensión sorteando charcos y piedras. Los cabellos castaños caían sobre su frente transpirada.
Llegó al bosque, donde se detuvo a escuchar los cantos de los pájaros; se enorgullecía de poder distinguirlos, de saber a qué especies pertenecían, y comprender si eran un reclamo de amor, la llamada a un pichón o el desafío de un macho. Con los bolsillos atiborrados de migas, bichitos y lombrices, quieto y con ambas manos tendidas, ofreció en las palmas, los manjares que las aves más audaces se atrevieron a comer.
De pronto sintió que lo observaban. Al volver el rostro se encontró con los ojos claros de un desconocido que lo miraba asombrado. Receloso primero, luego más tranquilo, ensayó un tímido ¡hola!, sin recibir contestación. Bajó la vista, molesto ante la fijeza de aquella mirada que parecía ver dentro de él, turbándolo hasta el sonrojo.
A los pocos minutos conversaba entusiasmado con el hombre —como camaradas de viejos encuentros—, de todo aquello que le gustaba: dibujar, escribir, soñar, y del amor a los animales y las plantas. Se sorprendió, porque ni con sus amigos más íntimos había logrado comunicarse tan espontáneamente.
Ambos continuaron trepando la montaña. Confundido por momentos, el chiquillo pensaba que estaba obrando mal. De acuerdo con lo enseñado por su madre y las maestras, no debía confiar demasiado en un extraño. Le habían hablado en forma vaga de hombres que buscaban niños para lastimarlos, y eso era algo que lo asustaba; pero al instante, los transparentes ojos del forastero y su sonrisa le hacían olvidar la desconfianza inculcada y se entregaba mostrándose entero, con sus gustos, sueños y temores.
Hasta habló de sexo y le pidió consejo, lo que no se había atrevido a hacer, a su madre por vergüenza, y a sus amigos por no afrontar las clásicas bromas que le hubieran hecho debido a su inexperiencia.
Si bien los momentos de desconfianza surgían esporádicamente, se diluían en la cada vez más profunda relación que se iba estableciendo. El desconocido parecía adivinar sus pensamientos y muchas veces completaba la frase por él comenzada.
Le preguntaba sobre los animales silvestres, la construcción del nido del reyezuelo, los colores de los jilgueros, el lugar donde ponían sus huevos los tordos, cómo se injertaban los rosales, la reproducción de las ranas. De pronto se encontraba averiguando cuál era la mejor edad para casarse y qué se hacía la noche de bodas. Todo lo quería saber, porque aquel hombre parecía el dueño de todas las respuestas; así le dijo que se casaría a los veintisiete años luego de recibirse de veterinario, y que sería muy feliz en su matrimonio con Paula. No le alcanzaban el asombro y el agradecimiento. Sus ojos permanecían muy abiertos. Escuchaba con atención cada palabra.
Charlando y riendo, llegaron a un estrecho puente que atravesaba una hendidura en la montaña. En la mitad del puente, con los ojos llenos de lágrimas, el desconocido lo abrazó.
Ante ese gesto de afecto inesperado, apareció nuevamente la desconfianza aprendida y el temor lo hizo reaccionar; se separó del abrazo empujando al hombre con fuerza hacia atrás. Éste trastabilló, intentó aferrarse del endeble pasamanos. Pero no pudo. Cuando el chico quiso remediar la situación tratando de sostenerlo, ya era tarde; caía en medio de un alarido hacia las entrañas del precipicio.
Luego de unos segundos durante los cuales quiso detener el tiempo y volver atrás, escuchó el golpe del cuerpo. Se hizo un silencio de muerte, angustia y soledad. El niño quedó solo, balanceándose en medio del puente.
Recuperado, intentó por todos los medios bajar a la parte más honda de la grieta donde suponía que estaba el hombre, con la esperanza de que por un milagro estuviese vivo. Casi había oscurecido y se hallaba muy adentrado en el abismo, pero sin poder llegar al fondo. Gritaba, ¡señor!, ¡señor!, ¡señor! Si alguien hubiese estado escuchándolo, habría pensado que llamaba a Dios. Con angustia, gemía, ¿por qué, por qué?, mientras resbalaba, lastimándose brazos y piernas.
Ya bien entrada la noche, cuando la madre, alarmada, después de buscarlo en casa de todos sus amigos iba a dar parte a la policía, lo vio llegar caminando por el medio de la calle, tambaleante, con la ropa destrozada, las rodillas y las manos rojas de sangre. Lo llevó a la casa, lo bañó, curó y arropó. Estuvo a su lado durante esa larga noche.
Recordaba como entre brumas los días siguientes. No quería atravesar la puerta de calle. Pensaba que en su cara se reflejaría el delito cometido. Casi un mes insistió su madre para convencerlo de su regreso a la escuela, pero la idea de que alguien pudiese encontrar el cuerpo y lo acusara del crimen, lo persiguió mucho tiempo, perturbando su sueño. Se volvió huraño.
Lentamente, volvió a ser para todos el chico amistoso, a veces un poco solitario, que había sido siempre. Para todos, excepto para su madre, quién, a través de sus ojos claros, percibía una angustia que su sonrisa no lograba ocultar.
Estudió con ahínco, finalizó el secundario y ya en la Capital, completó sus estudios de Veterinaria, se casó con Paula y tuvo cuatro hijos.
Poco a poco, creció en él un gran desasosiego. Como si en su vida le faltase algo por hacer. Sintió la necesidad de viajar a su pueblo para hacer frente al pasado.
No bien llegó, se dirigió a la montaña. Liberado a medias del sordo remordimiento que lo había acompañado tantos años, trepaba por la ladera mientras una sensación de felicidad lo iba invadiendo; evocaba las veces que había recorrido ese camino, cuando quería encontrarse a sí mismo. En el cielo, varios pájaros evolucionaban en órbitas reiteradas. Volvió a escuchar el chapoteo de los cascos del caballo de la noria en el barro circular, el rechinar de las ruedas, el fluir insistente del agua hacia el abrevadero. Llegó a un grupo de cinco árboles bajos de troncos retorcidos y reconoció su querido bosque; escuchó, nítidos, los trinos en la quietud de la tarde.
Lo vio a la vuelta de un peñasco. En el centro de un revuelo de pájaros, contempló con asombro la figura inmóvil de ese chiquillo con pantalones cortos y la camisa anudada a la cintura que, con las manos tendidas, ofrecía comida en sus palmas; cuando el pequeño se volvió, observó el pelo castaño sobre su frente y temor en sus ojos claros muy abiertos. Escuchó un tímido ¡hola! pero, sorprendido, no atinó a contestar.
Repuesto, empezó a hablar, tratando de vencer la turbación del niño; lo logró y, a los pocos minutos, charlaban como viejos amigos.
Durante más de una hora escalaron la montaña. En un recodo del camino apareció ante su vista el puentecito; con paso firme comenzaron a cruzarlo, conversando animadamente.
Al llegar al medio, con lágrimas en los ojos, lo abrazó.
El eclipse, por Rubén Carrasco. Aporte dado por Nenec:
El Sol de aquel crepúsculo de primavera le daba directamente en la cara mientras avanzaba por aquella concurrida calle. Su resplandor ya no le molestaba, hacía tiempo que se había acostumbrado a notar su calor en la cara y su color en la piel. Sabía que no le quedaba demasiado tiempo así que buscó a su alrededor un lugar donde ocultarse de las miradas rápidas y perspicaces que poseían algunos de los mortales que se encontraban en la zona. Un estrecho callejón entre dos altos edificios bastó para que se decidiera a utilizar sus habilidades sin temor a ser descubierto. Sin dudarlo, comenzó a correr. Pasaba veloz entre gente que ni se percataba de su presencia, notando sólo un instante de fuerte viento que dejaba perplejos a los más supersticiosos. Ya no recordaba el momento en que había adquirido esos poderes, ninguno lo recuerda, lo único que no podían olvidar sus tan desarrollados sentidos era el momento en que le arrebataron todo.
Cerro la enorme puerta metálica al entrar en el edificio. El eco del golpe se extendió rápidamente por toda la nave. Los últimos rayos del Sol se despedían de aquellos parajes hasta la mañana siguiente mientras Eón se dirigía al centro del almacén abandonado.
-Cualquier día te sorprenderá la noche...
-No me importa y lo sabes-comentó sin inmutarse el joven de oscura cabellera acercándose hacia la trampilla del subterráneo sin prestar atención al fornido hombre que había aparecido de la nada.
-¿No te importa? Creía que todavía te quedaba algo por hacer.
-Mañana es el día-dijo Eón bajando por la maltrecha escalera de madera que llevaba al piso inferior.
-Te admiro, ¿lo harás incluso sabiendo que no saldrás vivo?-preguntó el hombre a la vez que cerraba la trampilla tras de sí.
El último rastro de luz desapareció por el horizonte. Eón siguió por un largo y oscuro pasillo seguido de cerca por el misterioso individuo. De pronto, se paró:
-Gewish, ¿cuánto hace que eres un Desterrado de la Noche?-no esperó respuesta-. Yo no pienso aguantar tanto.
Entraron en un habitación sin ventanas, iluminada por una lámpara colgando del techo. Eón recordó el interrogatorio al que había sido sometido años antes. Fue entonces cuando su clan lo desterró, convirtiéndolo en uno de los pocos proscritos a los que no les era permitido vagar de noche, su castigo era “vivir” de día como los simples mortales, eran vampiros diurnos, los Desterrados de la Noche.
Gewish se sentó. Eón se acercó a él:
-Me dijiste que me revelarías tu crimen.
-Hice planes para acabar con el Jefe de mi Clan-dijo Gewish sereno.
-¿Eso no se castiga con la muerte?-preguntó Eón.
-Mi Jefe tuvo compasión-alzó la mirada para clavar sus ojos en los del joven que se encontraba de pie a su lado-, era mi hermano...
Eón calló, produciéndose un incómodo silencio que el traidor frustrado no fue capaz de soportar:
-El eclipse empieza a las 12,00 PM-se dispuso a presentar el plan de ataque por última vez-, a partir de este momento, y hasta que el Sol y la Luna se alineen por completo, pasarán dos horas en las que ningún vampiro, nocturno o diurno, podrá salir al exterior sin quedar reducido a polvo. La alineación durará veinte minutos. Aprovecha el tiempo, sólo durante este corto periodo todos los vampiros podrán permanecer bajo el mismo cielo. No sabes cuándo tendrás otra oportunidad. Una vez la Luna y el Sol prosigan su camino, cualquier exposición durante las dos horas siguientes será un suicidio. Pero creo que eso no te importa...
-Así es-dijo Eón sin el menor rastro de temor en su voz-. Gracias Gewish, me voy a preparar...
El muchacho se incorporó y se dirigió hacia la puerta de la sala
-Toma esto-Gewish lanzó una daga al chico, que la atrapó girando a gran velocidad-. Con ella intenté matar a mi hermano. Espero que tengas más suerte que yo...
-¡Eón, el castigo por tu osadía es el exilio!
Se despertó. Miró el reloj, eran las 11,30 AM, en media hora comenzaría el eclipse. Cada noche, desde el inicio de su condena, había escuchado la voz de su Jefe haciendo pública su sentencia mientras de fondo se podían oír los gemidos y el llanto de alguien. Comenzó a vestirse y, poniéndose unos guantes negros, empezó a guardar todas las armas que había preparado la noche anterior: un par de pistolas con los cargadores llenos de balas de plata, que situó a los dos lados del cinturón que sujetaba sus rotos pantalones vaqueros; bombas de agua bendita, para ser exactos tres, también colgadas del cinturón; la daga de Gewish en su bota y, por último, su arma preferida, una ballesta con un curioso dispositivo, parecido al cargador de una pistola, que él había inventado, no era automática, pero solo tenía que pulsar un botón para recargar el arma. Miró el reloj, las 12,00 PM. Se sentó a esperar. El eclipse había comenzado.
La población se reunía en los lugares desde donde se podía observar mejor aquel insólito espectáculo. Ningún vivo recordaba el último eclipse total. En el momento en que el satélite ocultó por completo al astro, dejando visible de este sólo la corona solar que destacaba en la oscuridad más absoluta, una fuerte y rápida ráfaga de viento fue notada por algunos curiosos que se agolpaban en uno de los numerosos miradores que se repartían por las montañas más cercanas a la ciudad. Justo cuando el eclipse se hubo completado, Eón salió a toda velocidad en dirección a su antiguo hogar. Lo que para cualquier desconocido solo sería una vieja mansión abandonada en mitad del campo, para él era su enemigo, su cárcel, su libertad, su destino... su tumba. Frenó en seco y fue subiendo tranquilamente todos los escalones que le separaban de su venganza. Al llegar arriba y encontrarse frente a la puerta de la casa, miró su reloj.
-Quince minutos...-se detuvo a pensar-, me sobra tiempo.
Adelantó su brazo izquierdo hasta que la palma de su mano quedó apoyada en al carcomida madera y, con la mano derecha cerca de su cintura, empujo...
-¡Cómo te atreves a volver aquí, eres un desterrado, no te está permitido entrar en los dominios del Clan!-gritó al verle el vampiro de mayor rango de entre los muchos individuos que le rodeaban amenazantes ahora que se encontraba en el vestíbulo.
-No olvides que lo que suele ocurrir con los vampiros de sangre pobre, no escarmientan...-alzó la voz irónico uno de los presentes.
Todos rieron el chiste. Eón era un vampiro de sangre pobre, es decir no era un vampiro de nacimiento, sino que era un humano convertido, por eso sus finos rasgos no delataban su salvaje naturaleza mientras estaba en la ciudad y podía salir sin temor alguno. En cambio Gewish, vampiro de nacimiento, no solía abandonar el viejo almacén donde vivían los Desterrados de la Noche de la zona.
-Tenéis razón-prosiguió el cabecilla del grupo-, no escarmientan. ¡Esta vez su castigo será la muerte!-sirviendo este grito para que todos los no muertos de la sala se dispusieran a atacar a Eón, pero antes de que ninguno de ellos hubiera podido reaccionar, él ya estaba disparando una tras otra las balas que guardaban sus pistolas mientras esquivaba una y otra vez los desesperados envistes de sus enemigos. Medio centenar de cadáveres alfombraban la estancia, solo el vampiro de alto rango permanecía con vida, tirado, cubierto de sangre, a los pies de la escalera que conducía al segundo piso.
-¿A qué has vuelto?-preguntó entrecortadamente con las pocas fuerzas que le quedaban mientras veía al traidor acercarse.
-A por el mayor tesoro del Clan-fue la única respuesta que dio Eón descargando la última bala en la cabeza del moribundo.
Tiró las armas vacías y comenzó a subir escalones. Antes de que llegara a la mitad de la escalera, el suelo del vestíbulo estaba desierto, solo el polvo lo cubría.
- Yo que vosotros correría-dijo Eón sin inmutarse al alcanzar la primera planta mientras lanzaba al aire las tres bombas que llevaba en la cintura y corría rápidamente hacia el segundo piso.
Una explosión, una ráfaga de lluvia, gritos.
-Yo he avisado-se decía el enloquecido intruso mientras subía por la escalera. Los vampiros del primero no habían reaccionado a tiempo.
-¡¿Cómo osas volver a mi casa?!-gritaba encolerizado la única persona que se encontraba en el tercer piso.
Era un hombre mayor, el poco pelo que le quedaba y su larga barba canosa hacían imposible ocultar su edad. Se encontraba en la otra punto de una gran sala de baile, de pie al lado de un trono. A sus espaldas unas grandes puertas.
-¡No permitiré que pases!¡No dejaré que te lleves...!
-¡Cállate!-le cortó Eón cogiendo la ballesta que colgaba de su espalda.
Una flecha rasgó el aire. Con un ágil movimiento el viejo esquivó el proyectil.
-Te recuerdo que seré viejo, pero sigo siendo el Jefe del Clan-una sonrisa maliciosa se dibujó en la cara del vampiro justo antes de desaparecer.
Eón agudizó sus sentidos al máximo intentando descubrir los rápidos movimientos del Jefe.
-Por mucho que te esfuerces no dejas de ser un humano convertido-susurró el viejo al oído de la persona a la que consideraba la causa de todos sus males desde el momento en que lo conoció, mientras con una de sus largas y afiladas uñas presionaba el cuello del chico y con la otra mano le retorcía el brazo derecho, obligándolo a soltar el arma-. Nunca volverás a notar su suavidad en tus sucias manos de sangre pobre. Me pertenece...
Un codazo en el estomago ahogó la última frase del viejo Jefe, pasando este a estar en el suelo con una daga rozando su pecho.
-Sí, pero ahora es mía-con fuerza Eón hizo llegar el filo del cuchillo hasta el corazón del vampiro que se deshizo al instante entre sus brazos, convertido en polvo.
Miró el reloj. Cinco minutos y acabaría el eclipse. Se dirigió con paso decidido hasta las grandes puertas que gobernaban el otro extremo del salón. Giró el pomo...
-Has tardado mucho-le dijo, sin mirarlo, la joven de blancos cabellos y ojos oscuros que se encontraba apoyada en la baranda de piedra del balcón.
Eón se puso a su lado sin dirigirle la mirada.
-Pero he vuelto.
Silencio.
-¿Es bonito verdad?-preguntó la joven refiriéndose al eclipse que observaba con suma atención.
-Sí, pero ya se acaba-contesto Eón-. Sabes que lo eres todo para mí, ¿verdad?
-Todo hubiese sido diferente si yo no fuese hija del Jefe.
Eón la abrazó.
-Eso ahora ya no importa, estaremos siempre juntos.
Y se fundieron en un largo y apasionado beso mientras la Luna y el Sol se separaban y a ellos se los llevaba el viento.
Ensayo, por Baltazar Gracián. Aporte dado por Wolf Blue (los ensayos no son literatura)
I - Abundancia / Singularidad
- Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro; es descrédito lo mucho. Aun entre los hombres, los gigantes suelen ser los verdaderos enanos. Estiman algunos los libros por la corpulencia, como si se escribiesen para ejercitar antes los brazos que los ingenios.
- Lo bueno, si breve, dos veces bueno y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintaesencias que fárragos y es verdad común que el hombre largo pocas veces entendido.
- La costumbre disminuye la admiración y una mediana novedad suele vencer a la mayor eminencia envejecida.
- No ha de ser única la dependencia, ni se ha de estrechar a una cosa sola,
aunque singular.
- No hay cosa no tenga algo bueno y más si es libro, por lo pensado.
- Más se estima el tibio sí de un varón singular que todo un aplauso común,
porque regüeldos de aristas no alientan.
II - Amistad / Enemistad
- Métense a querer dar gusto a todos, que es imposible, y vienen a disgustar a todos, que es más fácil.
- Aun de los amigos no se ha de abusar, ni quiera más de ellos de lo que le
concedieren. Todo lo demasiado es vicioso y mucho más en el trato.
- Al varón sabio más le aprovechan sus enemigos que al necio sus amigos.
Fabricáronles a muchos su grandeza sus malévolos. Más fiera es la lisonja que el odio, pues remedia éste eficazmente las tachas que aquélla disimula.
- Es definido uno por los amigos que tiene, que nunca el sabio concordó con
ignorantes.
- No hay desierto como vivir sin amigos. La amistad multiplica los bienes y
reparte los males, es único remedio contra la adversa fortuna y un desahogo del alma.
- No se han de dar armas a los tránsfugas de la amistad, que hacen con ellas la mayor guerra.
- El que comunicó sus secretos a otro hízose esclavo de él y en soberanos es
violencia que no puede durar.
- No se ha de apurar el agradecimiento, que, en viéndose imposibilitado,
quebrará la correspondencia. No es menester más para perder a muchos que
obligarlos con demasía; por no pagar se retiran y dan en enemigos, de obligados.
El ídolo nunca querría ver delante al escultor que lo labró; ni el empeñado, su
bienhechor al ojo. Gran sutileza del dar, que cueste poco y se desee mucho, para que se estime más.
- De los amigos maleados salen los peores enemigos; cargan con defectos ajenos el propio en su afición.
III - Apariencia
- Las cosas comúnmente no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Son raros los que miran por dentro y muchos los que se pagan de lo aparente.
- Por lo exterior se viene en conocimiento de lo interior y por la corteza del
trato sacamos el fruto del caudal, que aun a la persona que no conocemos por el porte la juzgamos.
- Hay sujetos de una sola fachata, como casas por acabar, porque faltó el
caudal: tienen la entrada de palacio y de choza la habitación. No hay en éstos dónde parar, o todo para, porque, acabada la primera salutación, acabó la conversación.
- El ver guisar el manjar más regalado sirve antes de asco que de apetito.
Recátese, pues, todo gran maestro de que le vean sus obras en embrión; aprenda de la naturaleza a no exponerlas hasta que puedan parecer.
IV - Astucia
- Nunca juega el tahúr la pieza que el contrario presume y menos la que desea.
- El decir mal de una cosa se tiene por estimación de ella, que el que la quiere para sí la desacredita para los otros.
- Gózanse las cosas ajenas con doblada fruición, esto es, sin el riesgo del daño y con el gusto de la novedad.
- Siempre se ha de llevar la boca llena de azúcar para confitar palabras, que
saben bien a los mismos enemigos. Gran sutileza del vivir, saber vender el aire.
V - Cordura / Locura
- Hállanse otros que tienen destemplado el juicio en unas cosas y en otras muy en su punto, pero lo ordinario es que el que tiene depravada la raíz lleve
desazonado todo el fruto.
- Tiénese por agravio el disentir, porque es condenar el juicio ajeno.
- Débese a todos el que se paga de sí mismo. Querer hablar y oírse no sale bien; y si hablarse a solas es locura, escucharse delante de otros será doblada.
VI - Cortesía
- Llene la cortesía el vacío del favor y suplan las buenas palabras la falta de
las obras. El no y el sí son breves de decir y piden mucho pensar.
- Llegue deseado y será bien recibido. Nunca venga sino llamado, ni vaya sino
enviado.
VII - Desengaño
- Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado, porque el fingirse las
perfecciones es fácil y muy dificultoso el conseguirlas. La esperanza es gran
falsificadora de la verdad: corríjala la cordura, procurando que sea superior la
fruición al deseo.
- Si nada hay que desear, todo es de temer: dicha desdichada; donde acaba el deseo, comienza el temor.
VIII - Envidia
- Es la Envidia pegajosa, siempre halla de qué asir, hasta de lo imaginado.
Fiera crudelísima, que con el bien ajeno hace tanto mal a su dueño propio.
- Achaques de arpía son los de la Envidia, que todo lo inficiona y, a fuer de
basilisco, su mirar es matar.
- No muere de una vez el envidioso, sino tantas cuantas vive a voces de aplausos el envidiado, compitiendo la perennidad de la fama del uno con la penalidad del otro. El clarín de la fama, que toca a inmortalidad al uno, publica la muerte
para el otro, sentenciándole al suspendio de tan envidiosa suspensión.
- Todos codician, con descontento de la propia, la felicidad ajena. También
alaban los de hoy las cosas de ayer y los de acá las de allende. Todo lo pasado parece mejor y todo lo distante es más estimado.
IX - Inconstancia
- Ésa es la infelicidad de nuestra inconstancia. No hay dicha, porque no hay
estrella fija de la Luna acá; no hay estado, sino continua mutabilidad en todo. O se crece o se declina, desvariando siempre con tanto variar.
- Las cosas que se han de hacer no se han de decir y las que se han de decir no se han de hacer.
- Es fácil el decir y difícil el obrar. La eminencia en los hechos dura, en los
dichos pasa.
X - Maldad / Bondad
- Puede el león enseñar a muchos galantería, que las fieras se humanan cuando los hombres se enfierecen, y si degeneraron tal vez fue (a ponderación de Marcial) por haberse maleado entre los hombres.
- Si la desigualdad fuera de lo malo a lo bueno fuera buena, y si de lo bueno a lo mejor, mejor; pero comúnmente consiste en deteriorarse, que el mal siempre lo vemos de rostro y el bien de espaldas. Los males vienen y los bienes van.
- La intención malévola es un veneno de las perfecciones y, ayudada del saber, malea con mayor sutileza. Ciencia sin seso, locura doble.
- Nunca se le ha de abrir la puerta al menor mal, que siempre vendrán tras él
otros muchos, y mayores, en celada.
- No despreciar el mal por poco, que nunca viene uno solo. Andan encadenados, así como las felicidades. Van la dicha y la desdicha de ordinario adonde más hay; y es que todos huyen del desdichado y se arriman al venturoso.
- No ser malo de puro bueno. Eslo el que nunca se enoja: tienen poco de personas los insensibles. No nace siempre de indolencia, sino de incapacidad.
XI - Sabiduría / Necedad
- Hay algunos, y los más, que para una cosa sola los habéis de buscar, porque no valen para dos; hay otros que siempre se les ha de tocar un punto y hablar de una materia: no saben salir de allí, hombres de un verbo, Sísifos de la conversación que apedrean con un tema.
- Cuanto más saben algunos de los otros, de sí saben menos, y el necio más sabe de la casa ajena que de la suya, que ya hasta los refranes andan al revés. Discurren mucho algunos en lo que nada les importa y nada en lo que mucho les convendría.
- Mas cuando dos de una misma malhumorada impertinencia topan y se empeñan, estése a la mira el varón cuerdo, no tercie, que yo le afianzo el mejor rato, con tal que asegure su partido y mire desde la talanquera de su cordura los toros de la necedad ajena.
- Pasión es de necios el ser muy diligentes, porque como no descubren los topes obran sin reparos, corren porque no discurren y, como no advierten, tampoco advierten que no advierten, que quien no tiene ojos para ver, menos los tendrá para verse.
- Tanto es uno cuanto sabe y el sabio todo lo puede. Hombre sin noticias, mundo a oscuras.
- La necedad siempre entra de rondón, que todos los necios son audaces [...]; pero la cordura entra con grande tiento. Conviene ir detenido donde se teme
mucho fondo; vaya intentando la sagacidad y ganando tierra la prudencia. Hay grandes bajíos hoy en el trato humano: conviene ir siempre calando sonda.
- Es muy fácil de cobrar la siniestra fama, porque lo malo es muy creíble y
cuesta mucho de borrarse. Excuse, pues, el varón cuerdo estos desaires,
contrastando con su atención la vulgar insolencia, que es más fácil el prevenir que el remediar.
- No es necio el que hace la necedad, sino el que, hecha, no la sabe encubrir.
- Hase de vivir con otros y los ignorantes son los más. Para vivir a solas ha de tener o mucho de Dios o todo de bestia.
- Con los necios poco importa ser sabio y con los locos cuerdo: hásele de hablar a cada uno en su lenguaje. Para ser bienquisto, el único medio, vestirse la piel del más simple de los brutos.
XII - Seriedad / Bromear
- El que siempre está de burlas nunca es hombre de veras. No hay mayor desaire que el continuo donaire. Su rato han de tener las burlas, todos los demás las veras.
- Que es de ver uno de estos destemplados de agudeza, siniestros de ingenio, chancear aun en la misma muerte, que si los sabios mueren como cisnes, éstos como grajos, gracejando mal y porfiando.
- Otros hay que en España visten a lo francés y en Francia a lo español y no
falta quien en la campaña sale con golilla y en la corte con valona, haciendo de esta suerte celebrados matachines, como si necesitase de sainetes la fisga.
- Hacen otros de una gracia atajo al desempeño, que hay cosas que se han de tomar de burlas y, a veces, las que el otro toma más de veras.
XIII - Sinceridad / Mendacidad
- Es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve, extravagantemente se oye: raras veces llega en su elemento puro y menos cuando viene de lejos: siempre trae algo de mixta, de los afectos por donde pasa; tiñe de sus colores la pasión cuanto toca, ya odiosa, ya favorable.
- El no creer es indicio del mentir, porque el mentiroso tiene dos males: que ni
cree ni es creído.
- No todas las verdades se pueden decir: unas porque me importan a mí, otras porque al otro.
- No hay cosa más fácil que engañar a un hombre de bien. Cree mucho el que nunca miente y confía mucho el que nunca engaña. No siempre procede de necio el ser engañado, que tal vez de bueno. Sea uno mixto de paloma y de serpiente; no monstruo, sino prodigio.
XIV - Vida / Muerte
- La misma Filosofía no es otro que meditación de la muerte, que es menester
meditarlas muchas veces antes para acertarla hacer bien una sola después.
- Hay mucho que saber y es poco el vivir y no se vive si no se sabe.
- La muleta del tiempo es más obradora que la acerada clava de Hércules.
- Es dificultoso llenar un gran vacío, porque siempre lo pasado pareció mejor.
- Para vivir mucho es arbitrio valer poco; la vasija quebrantada es la que nunca se acaba de romper, que enfada con su durar.
- Unos mueren porque sienten y otros viven porque no sienten. Y así, unos son necios porque no mueren de sentimiento y otros lo son porque mueren de él. De suerte que unos mueren de entendedores y otros viven de no entendidos; pero, como morir muchos necios, pocos necios mueren.
- La capacidad y grandeza se ha de medir por la virtud, no por la fortuna.
- Las cosas que son más para olvidadas son las más acordadas. No sólo es villana la memoria para faltar cuando más fue menester, pero necia para acudir cuando no convendría: en lo que ha de dar pena es prolija y en lo que había de dar gusto es descuidada.
San Jordi (San Jorge), por Rubén Carrasco. Aporte dado por Nenec.
Y allí, mientas miraba los ojos ardientes de la bestia mitológica, Jordi, valeroso caballero, sabía que lo que estaba apunto de hacer haría que la Historia lo recordase.
Al llegar al recinto amurallado que rodeaba la ciudad, gobernada por un enorme castillo, vio como el puente levadizo bajaba para abrir un camino sobre el foso, hacia el interior de la ciudad, sin que él se hubiese presentado ante los vigías. ¿El motivo? Una figura cubierta con una capa negra que, gimiendo (o eso le pareció al caballero), con paso lento, cabeza gacha y arrastrando los pies, cruzó el puente y, tras cruzarse con Jordi un segundo, siguió su camino hacia el horizonte.
Sólo fue un segundo, pero durante el segundo en el que pudo sentir la presencia de vida en aquella figura que se acababa de cruzar, un embriagador perfume le envolvió.
Los guardias de la muralla le dijeron de malas maneras que entrase, que era tarde y debían cerrar la ciudad. Una vez dentro, Jordi se encontró con una calle desierta. El sol empezaba a decaer y la luz anaranjada iluminaba las construcciones de piedra y los adoquines del suelo. Siguió caminando mientras se preguntaba el porqué de aquel silencio. La respuesta la encontró al llegar a la plaza.
Al bajarse del caballo, un mozo de cuadras se le acerco con la intención de captarlo como cliente. Jordi no tuvo reparos en dejarle su caballo, pero puso una condición: que le explicase qué ocurría en aquella ciudad. Y, mientras la noche cubría con su estrellado manto el cielo, el caballero asistió al relato más escalofriante que había oído jamás. La situación de aquella ciudad era más terrible que estar sitiado en Constantinopla por el ejército turco, más terrible que la situación de los cruzados en Jerusalén.
No dio tiempo a reprochar al muchacho. Volvió a montar en su caballo y, haciendo caso omiso a los gritos del joven, cabalgó hacía la puerta de la ciudad. A medida que se acercaba vio que el puente levadizo comenzaba a alzarse y, temerariamente, atizó a su caballo y aprovechó la velocidad para salvar ese obstáculo saltando por encima del foso hasta la orilla exterior.
Dejada atrás la ciudad y los insultos de los centinelas, Jordi no podía dejar de pensar en lo que le había contado el mozo de cuadras. Al parecer, aquella había sido una ciudad prospera en el pasado, pero un enorme y fiero dragón se había asentado en una cueva cercana, decidiendo que aquella y otras ciudades formaban parte de su territorio. Así, pedía que los habitantes de estas poblaciones le rindiesen tributo en forma de comida a cambio de su vida. Empezó demandando los animales que servían de alimento a los habitantes y, poco a poco, el número de cabezas de ganado fue disminuyendo. A medida que los animales eran devorados y las ciudades ya no tenían que ofrecer, el dragón ordenó que, cada día, le enviasen a su morada una persona viva elegida por sorteo. Y, de esa manera, una a una, todas las ciudades de los alrededores había caído y permanecían abandonadas.
Sólo una ciudad, la más grande, resistía a duras penas. Esta ciudad hacía el sorteo ritualmente y todos sus habitantes podrían haber sido los elegidos aquel día. Pero la desgracia cayó sobre la familia real, cuyos miembros, conscientes del dolor de su pueblo, también quisieron formar parte del sorteo. Ya la reina había caído en las garras del fiero dragón y, esta vez, le tocó el turno a la Princesa. Nadie quería que ella fuese la devorada aquel día, ya que era amada por todos por ser alegre y bondadosa, y se acordó repetir el sorteo. Pero la Princesa, haciendo honor a su posición, decidió que no sería justo que la absolviesen, así que aceptó su pena y salió de la ciudad cubierta con una capa negra.
El caballero Jordi se adentraba en la noche decidido a rescatar a la Princesa. Llegó rápidamente hasta la cueva donde residía el dragón y que se encontraba iluminada con antorchas. Dejando atrás su caballo, entró sin pensarlo un instante. El calor era insoportable y, si no fuese porque ya había sufrido alguna vez el calor del desierto, el caballero se habría desmallado al entrar. Escondido tras una columna de piedra natural, Jordi pudo ver a la Princesa que, consciente de su destino, permanecía de rodillas en el suelo, con una Biblia entre las manos, rezando.
En ese momento, del fondo de la cueva, que permanecía a oscuras, apareció el enorme ser infernal. De piel escamosa y verdosa, sus grandes ojos amarillos quemaban con sólo mirarlos. El dragón tenía dos grandes alas cartilaginosas y un enorme cuerno sobre las fosas nasales, de las que salía un pequeño hilillo de humo.
El dragón se acercó a su víctima y la observó en silencio unos instantes. Jordi contuvo su respiración. Entonces, el dragón empezó a aspirar aire e, imaginando lo que iba a hacer, Jordi salió de su escondite mientras, a gritos, reprendía la tiránica actitud del lagarto.
No sin dificultad, Jordi logró esquivar la llamarada que se dirigía a él. Recuperó el equilibrio y se quedó mirando fijamente los ojos del dragón mientras con su mano derecha acariciaba la empuñadura de la espada que llevaba al cinto. La Princesa, tras recuperarse de la impresión de haber visto llegar a aquel desconocido en su ayuda, tenía la respiración agitada y temblaba: no era capaz de articular palabra.
Y allí, mientas miraba los ojos ardientes de la bestia mitológica, Jordi, valeroso caballero, sabía que lo que estaba apunto de hacer haría que la Historia lo recordase. Apretó su puño alrededor del frío acero y embistió a la horrible criatura que, fácilmente, esquivo el ataque frontal del caballero. Pero éste ya lo tenía todo planeado y su ataque sólo había servido para situarse en un lugar perfecto para asestar un golpe mortal. Así, situado a la altura del largo cuello del lagarto alado, cuando éste echó hacia atrás la cabeza para tomar aire con la finalidad de convertir su cueva en un infierno de fuego, Jordi, con toda su fuerza, insertó su hoja en la garganta del dragón, de cuya boca escapo un grito ahogado y desgarrador. La bestia empezó a tambalearse y, mientras lo hacía, el caballero se acercó a la Princesa, a quien rodeó con sus brazos, y corrieron a ponerse a salvo antes de que la fiera se desplomara.
Una vez a salvo, la Princesa y el caballero Jordi asistieron sorprendidos al nacimiento de un rosal que, brotando desde la herida en el cuello del dragón, envolvió el cadáver rápidamente y dejó brotar unas enormes rosas rojas por toda la cueva. La Princesa dio las gracias al caballero desconocido quien, acercándose al rosal, cortó una rosa y se la entregó a la dama de embriagador perfume. Ella, a cambio, decidió regalarle su Biblia.
Y, mientras amanecía, la Princesa, quieta al lado de la cueva, veía como aquel valiente caballero que la había salvado y al que nunca podría olvidar, ya que siempre lo llevaría en su corazón, se alejaba hacia el horizonte montado en su caballo. Lo último que le había dicho era su nombre: Jordi.
Castillo, viento y arena, por Ariel Díaz. Aportado por Anabi:
Un viento frío con aguijones de arena apenas me dejaba avanzar. Inclinado hacia delante, una mano sobre los ojos cerrados, caminaba a tientas por la playa.
Al principio, sólo íbamos en verano a nuestra casa de la costa. Me fastidió cuando comenzamos a ir en invierno, aunque luego aprendí a disfrutar de largos paseos con la sola compañía del viento, dueño del mar —que rompía en tumultuosas olas sobre la playa, contra las rocas— y de las dóciles dunas, a las que cambiaba de lugar a su capricho.
Sentía el cosquilleo de la emoción al caminar a ciegas, atento a los ruidos, tratando de evitar las salpicaduras o el golpe contra alguna piedra.
Al bajar de una duna muy empinada, tropecé y abrí los ojos.
—¡Eh! ¿Qué haces?
—¿Y esta loca?
—¿Qué dices? ¡Cuida tu vocabulario, niño irrespetuoso!
—Perdone usted, princesa.
—Ahora comienzas mejor. ¿Cómo te llamas y qué haces aquí?
A mis pies estaban los cimientos de un castillo de arena y piedras. Una niña de cabello rubio, los brazos en jarras y grandes ojos enojados, me increpaba duramente.
—¿Eres sordo? ¡Habla!
—Me... me llamo Miguel y... y estoy con mi madre pasando unos días en una casa sobre la playa. Tú... ¿quién eres? ¿Dónde vives?
—Soy una princesa y vivo en mi castillo, en una montaña al lado del mar. En todas las habitaciones se escucha la música de las olas y las voces del viento. A mí me encanta; sin ellas no podría dormir. Un sendero lleno de hojas secas llega hasta el castillo. Me da un poco de miedo pasar por ahí, porque los pinos son muy altos y no dejan pasar la luz del sol. Esa es mi tierra; pero me gusta salir para conocer mundo. ¿Dónde vives cuando no estás de vacaciones?
—En Miranda de Ebro. El año que viene ingreso al C.O.U. Seré ingeniero como mi padre. Tu papá, ¿qué es?
—¡Niño tonto! Si te he dicho que soy princesa, mi padre no puede ser otra cosa que rey. ¿O qué te creías?
—Pero, rey... ¿De qué país?
—Cortijo de Rey. ¿A que no lo conoces?
—No... nunca lo oí nombrar. ¿Dónde queda?
—Allende el mar.
—¿Dónde?
—Allende el mar... No sé qué quiere decir "allende", pero lo leí una vez y me gustó. ¿Tienes algo en contra de esa palabra o acaso crees que es mala y no debe pronunciarse?
—No... no... Es que no la entiendo. Cuéntame algo más de ti.
—Como te decía, soy una princesa. Cada tanto me gusta hablar con ustedes, los chicos del pueblo. Pienso que son interesantes y algunos merecerían vivir en castillos, como yo.
—Dime, ¿dónde estudias?
—En mi castillo. Viene un preceptor a enseñarme. Además, tengo tres amigos: un sultán, una dama noble y un marqués. ¿Por qué te ríes? ¿No me crees?
—No... no me río. ¡Perdone, su Alteza!
Dos hoyuelos aparecieron en sus mejillas. Su mirada se suavizó.
—Me gusta cómo eres. Pareces un príncipe, como el que sueño todas las noches. ¿No te gustaría casarte conmigo?
—Tú también me gustas, pero... ¿no te parece que somos demasiado pequeños?
—¡Tonterías! Las princesas nos casamos muy jóvenes, para tener muchos infantes. Ayúdame a terminar mi castillo. Disculpa, ¡nuestro castillo!
Toda la tarde estuvimos construyendo. Aprendí lo que eran almenas, adarves, troneras y poternas. Un foso con agua rodeaba el castillo y un puente levadizo conducía a la entrada principal. Mientras mi nueva amiga dirigía la obra, hacía planes para nuestro futuro.
—Viviremos en esta torre, con un dormitorio que tendrá dos ventanas: una que mire hacia el mar y otra desde la que podamos contemplar la salida del sol. Nos casará la luna, el viento y las estrellas serán testigos, y arrojaré al mar el ramo de novia. Tendremos muchos hijos, y el mayor será hermoso como tú.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, me di cuenta de cuánto tiempo habíamos estado conversando y construyendo. Pensé en mi madre y le comenté a la princesa que estaría intranquila por mi tardanza. Ella me contestó que también debía regresar.
Me tomó de las manos, mientras me decía:
—Cuando te miro, imagino cómo serás cuando te conviertas en mi esposo, el rey. Para mañana te prometo un dibujo de Miguel I. Seguiremos hablando de nuestro futuro. ¿Nos encontramos mañana a las dos en este lugar?
Asentí. Mirándola a los ojos, colgué de su cuello mi cadenita con la imagen de la Virgen. Bajó la mirada y cuando la levantó nuevamente, sus ojos brillaban.
—Gracias. La llevaré siempre conmigo. Seremos muy felices.
Tomó un palito y escribió en la arena: Te quiero.
Alcancé a ver dos lágrimas. Me besó suavemente en la boca y se alejó corriendo. Me quedé mirando cómo se empequeñecía su figura. Antes de desaparecer tras una roca, se volvió para tirarme un beso con la mano. No atiné a contestar el saludo, tan turbado me sentía.
Entre el silbido del viento y el continuo retumbar de las olas, escuché el grito de un niño, los graznidos de gaviotas disputando comida y el relincho de un caballo. Volví la vista hacia el Te quiero en la arena. El viento lo había borrado. Escribí: Te amo, princesa.
Entre nubes volé hasta mi casa, donde mi madre me volvió a la realidad con los regaños de su espera ansiosa.
Ya acostado me dije: "es real", "sus ojos no mienten"; ansiaba conocer su castillo y el sendero bordeado de pinos. Me costó dormir. Cuando pude hacerlo, soñé con la princesa y su beso de despedida.
Al día siguiente llegué al lugar de nuestra cita una hora antes de lo convenido. Me puse a construir nuevamente el castillo, que había sido derribado por las olas. A las dos abandoné torres y murallas y subí hasta la roca desde donde la princesa me había tirado el beso. Como era un lugar alto podría verla acercarse.
La espera fue inútil. Cuando abandoné mi atalaya y regresé a casa, ya había anochecido. Fui directo a mi dormitorio, sin atender al reto repetido de mi madre preocupada, y me tiré vestido en la cama. ¿Qué pasó, princesa? ¿Por qué?
Todos los días a las dos de la tarde, pasaba frente a lo que fue nuestro castillo, escudriñaba desde mi roca-vigía, y continuaba por la costa buscando ese país que quedaba "allende" el mar, el "Cortijo de Rey", el sendero bordeado de pinos que trepaba la montaña y el castillo entre las rocas, mientras imaginaba a la princesa que corría a mi encuentro.
Ese invierno fue el más triste de mi vida.
Seguí buscándola en Miranda de Ebro, con la ilusión de que ella, recordando el nombre de mi ciudad, viniese a buscarme. ¡Cuántas veces habré corrido detrás de unos cabellos rubios, una espalda familiar, unos pasos recordados, un rostro en un ómnibus, en un auto, en un tren! ¡Cuántas desilusiones en esa búsqueda continua! * El viento siguió soplando y cambiando de lugar las dunas, el mar continuó puliendo el roquedal costero, mis huesos fueron alargándose, terminé los estudios y comencé a trabajar.
Un día de verano me sentía desasosegado y el recuerdo de la princesa era más fuerte que lo habitual. Me dirigí en auto a la playa y, a las dos de la tarde, contemplaba el lugar donde habíamos construido nuestro castillo. Me puse a caminar hacia el lugar por donde ella había desaparecido. Caminé hasta que el sol casi tocó el horizonte, ensimismado en mis recuerdos, avanzando sin ver, sintiendo cada vez más vívido su recuerdo.
El crujido de mis pasos sobre una alfombra de hojas secas, me trajo a la realidad. El sendero serpenteaba entre las sombras de pinos muy altos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Apuré la marcha. La pendiente se hacía más pronunciada, igual que los golpes de mi corazón. Cuando comencé a escuchar el silbido del viento y el bosque se abrió para dejar ver un castillo construido entre las rocas en la parte más alta de un cerro, ya no tuve dudas.
Pasé bajo un herrumbrado portal casi cubierto por enredaderas. Alcancé a leer: Posada “El castillo de la Princesa”. ¡Por fin!
Un perro salió ladrando a mi encuentro. Un hombre de cabellos blancos estaba agachado trabajando en una huerta. Se paró y, muy encorvado, vino a mi encuentro. Me abrazó y me besó en la mejilla.
—Te estaba esperando, Miguel. Ven conmigo.
El perro ya no ladraba, nos seguía moviendo la cola.
Pasamos cerca de una caballeriza abandonada y entramos al castillo. Comencé a escuchar la música de las olas y las voces del viento. Un gato se cruzó en mi camino y se refregó contra mis piernas. Subimos largas escaleras y caminamos por corredores interminables. Llegamos a una habitación. La luz del atardecer penetraba por una ventana e iluminaba con tonos rojizos un amplio dormitorio. Un viejo oso de peluche y una muñeca rubia descansaban en la cabecera de la única cama. Sobre la pared del fondo vi mi retrato con una corona, dibujado a lápiz sobre un papel amarillento. Era como si estuviera mirándome en un espejo. Me acerqué y leí: "A Miguel I, con todo mi amor, la princesa".
Conmovido, pregunté:
—¿La... princesa...?
—Toda esa noche estuvo dibujando y hablándome de ti. Nunca la había visto tan feliz. Al día siguiente la encontré en la playa. Intentó salvar a su perro que había caído al mar...
Sólo las voces del viento y la música de las olas.
—¿El sultán...?
—Era el perro, su gran compañero. Se fue con ella.
—¿El marqués...?
—Su gato. Lo encontró abandonado y lo trajo. La adoraba.
Desde la mesa de noche, la princesa me sonreía: Tengo tres amigos: un sultán, una dama noble y un marqués. ¿Por qué te ríes? ¿No me crees?
—¿La dama noble...?
—Por la tarde, cabalgaba. Se iba muy lejos, hasta la playa donde te conoció. Era el nombre de su yegua.
La princesa que desaparece detrás de la roca, el grito de un niño, los graznidos de las gaviotas y... el relincho de un caballo.
Un hombre y una mujer joven me contemplaban desde una foto descolorida. Señalé a la mujer.
—¿Su esposa?
—Sí. Falleció cuando nació mi hija. La princesa fue la luz; mi vida se fue con ella. Sólo estaba esperándote.
El castillo frío y el anciano solo.
—¿Cómo se llama el lugar?
—Cortijo de Rey. Me llamo Manuel Rey. Mi abuelo fue su primer dueño.
Las palabras morían lentas entre los silbidos del viento. Palabras demoradas, ¡tantos años!
Esa tarde en la playa. El castillo de arena. La promesa de amor.
Quise irme. Encontrarme con la princesa que me estaba esperando en el lugar de nuestra cita.
Abandoné el castillo, el sendero, el viento. De regreso, fui cortando flores silvestres. Muy avanzada la noche, llegué hasta el reparo de la roca de nuestro encuentro. A la luz de la luna, comencé a construir nuestro castillo. Cerca de la madrugada me venció el sueño. En la única torre terminada, como una ofrenda a su añorado recuerdo, puse el ramillete de flores. Me dormí sobre la arena.
Sueño con la princesa, pero no es una niña. Es una mujer que sale del agua envuelta en algas. Su cuerpo refleja el brillo de la luna. Se tiende a mi lado y me sonríe sin decir palabra. Acaricio su piel húmeda y fría, que se va entibiando con mis manos. Las estrellas vienen a mi encuentro. El viento comienza a soplar con fuerza, la arena de la playa tiembla, mientras olas poderosas golpean los peñascos.
Poco a poco, las olas van aplacándose, el viento amaina y la paz es total. La princesa se incorpora. Sus ojos están húmedos, su boca no sonríe, pero su expresión es feliz. Se aleja internándose en el mar, mientras me tira besos como aquella princesa niña.
Cuando despierto, el sol ya ha salido. Mis ropas están húmedas. La cadenita con la Virgen cuelga de mi cuello. Miro hacia el castillo: está terminado. Sobre la arena, un Te quiero que el viento respetó. El ramillete ha desaparecido. Huellas de pies desnudos van hacia el mar. Sobre el agua se hallan
Ion o de la Poesía Sócrates – Ion de Efeso, por Platón. Aportado por mio_lucia:
Sócrates: ¡Júpiter te salve! Ion.{1} ¿De dónde vienes hoy? ¿De tu casa de Efeso?
Ion: Nada de eso, Sócrates; vengo de Epidauro y de los juegos de Esculapio.
Sócrates: ¿Los de Epidauro han instituido en honor de su Dios un combate de rapsodistas?
Ion: Así es, y de todas las demás partes de la música.
Sócrates: Y bien, ¿has diputado el premio? ¿Cómo has salido?
Ion: He conseguido el primer premio, Sócrates. [188]
Sócrates: Me alegro y animo, porque es preciso tratar de salir vencedor también en las fiestas Panateneas.
Ion: Así lo espero, si Dios quiere.
Sócrates: Muchas veces, mi querido Ion, os he tenido envidia a los que sois rapsodistas, a causa de vuestra profesión. Es, en efecto, materia de envidia la ventaja que ofrece el veros aparecer siempre ricamente vestidos en los más espléndidos saraos, y al mismo tiempo el veros precisados a hacer un estudio continuo de una multitud de excelentes poetas, principalmente de Homero, el más grande y más divino de todos, y no sólo aprender los versos, sino también penetrar su sentido. Porque jamás será buen rapsodista el que no tenga conocimiento de las palabras del poeta, puesto que para los que le escuchan, es el intérprete del pensamiento de aquél; función que le es imposible desempeñar, si no sabe lo que el poeta ha querido decir. Y, todo esto es muy de envidiar.
Ion: Dices verdad, Sócrates. Es la parte de mi arte que me ha costado más trabajo, pero me lisonjeo de explicar a Homero mejor que nadie. Ni Metrodoro de Lampsaco, ni Stesimbroto de Taso, ni Glaucón, ni ninguno de cuantos han existido hasta ahora, está en posición de decir sobre Homero tanto, ni cosas tan bellas, como yo.
Sócrates: Me encantas, Ion, tanto más, cuanto que no podrás rehusarme el demostrar tu ciencia.
Ion: Verdaderamente, Sócrates, merecen bien ser escuchados los comentarios que he sabido dar a Homero, y creo merecer de los partidarios de este poeta el que coloquen sobre mi cabeza una corona de oro. [189]
Sócrates: Me congratularé de que se me presente ocasión más adelante para escucharte; pero en este momento sólo quiero que me digas si tu habilidad se limita a la inteligencia de Homero, o si se extiende igualmente a la de Hesíodo y Arquíloco.
Ion: De ninguna manera; yo me he limitado a Homero, y me parece que basta.
Sócrates: ¿No hay ciertos asuntos sobre los que Homero y Hesíodo dicen las mismas cosas?
Ion: Yo pienso que sí y en muchas ocasiones.
Sócrates: ¿Podrías tú explicar mejor lo que dice Homero sobre estos objetos que lo que dice Hesíodo?
Ion: Los explicaría perfectamente en todos aquellos puntos en que hablan de las mismas cosas.
Sócrates: ¿Y en aquellos que no dicen las mismas cosas? Por ejemplo, Homero y Hesíodo ¿no hablan del arte divinatorio?
Ion: Seguramente.
Sócrates: ¡Y qué! ¿estarás tú en estado de explicar mejor que un buen adivino lo que estos dos poetas han dicho de una manera igual o de una manera diferente sobre el arte divinatorio?
Ion: No.
Sócrates: Pero si fueses adivino, ¿no es cierto que si podías [190] explicar los pasajes en que están de acuerdo, en igual forma podrías explicar aquellos en que están en desacuerdo?
Ion: Eso es evidente.
Sócrates: ¿Por qué razón estás versado en las obras de Homero y no lo estás en las de Hesiodo, ni en las de los demás poetas? ¿Homero trata de distintos objetos que todos los demás poetas? ¿No habla principalmente de la guerra, de las relaciones que tienen entre sí los hombres, sean buenos o malos, sean particulares u hombres públicos, de la manera que los dioses conversan entre sí y con los hombres, de lo que pasa en el cielo y en los infiernos, de la genealogía de los dioses y de los héroes? ¿No es esta la materia que constituye las poesías de Homero?
Ion: Tienes razón, Sócrates.
Sócrates: ¡Pero qué! ¿los demás poetas no tratan las mismas cosas?
Ion: Sí, Sócrates, pero no como Homero.
Sócrates: ¿Por qué? ¿hablan peor?
Ion: Sin comparación.
Sócrates: ¿Y Homero habla mejor?
Ion: Sí, ciertamente.
Sócrates: Pero, mi querido Ion, cuando muchas personas hablan sobre números, y una entre ellas habla excelentemente, ¿no reconocerá alguno de los demás que efectivamente habla bien? [191]
Ion: Sin contradicción.
Sócrates: Y esa misma persona será la que reconozca a los que hablan mal: ¿o será otra distinta?
Ion: La misma seguramente.
Sócrates: Y esa persona, ¿no será la que sabe el arte de contar?
Ion: Sí.
Sócrates: Y cuando muchas personas hablan de alimentos buenos para la salud y hay entre ellas una que habla perfectamente, ¿serán dos personas diferentes las que distingan, la una al que habla bien, y la otra al que habla mal, o bien será una misma persona?
Ion: Es claro que será la misma.
Sócrates: ¿Quién es? ¿cómo se llama?
Ion: El médico.
Sócrates: En suma, cuando se habla de unos mismos objetos, será siempre el mismo hombre el que dará cuenta de los que hablan bien y de los que hablan mal; y es evidente que si no distingue el que habla mal, no distinguirá tampoco el que habla bien; se entiende respecto al mismo objeto.
Ion: Convengo en ello.
Sócrates: El mismo hombre, por consiguiente, está en estado de juzgar lo uno y lo otro. [192]
Ion: Sí.
Sócrates: ¿No dices que Homero y los otros poetas, entre quienes se cuentan Hesiodo y Arquiloco, tratan de los mismos objetos, pero no de la misma manera, y que Homero habla bien y los otros menos bien?
Ion: Sí, y nada he dicho que no sea verdadero.
Sócrates: Si, pues, conoces tú al que habla bien, debes conocer igualmente a los que hablan mal.
Ion: Así parece.
Sócrates: Así, mi querido Ion, no podemos engañarnos, si decimos que Ion está versado en el conocimiento de Homero igualmente que en el de los demás poetas, puesto que confiesa que un mismo hombre es juez competente de todos los que hablan de los mismos objetos, y que todos los poetas tratan poco más o menos las mismas cosas.
Ion: Pero entonces, Sócrates, ¿me dirás por qué, cuando se me habla de cualquiera otro poeta, no puedo fijar la atención, ni puedo decir nada que valga la pena, y en realidad me considero como dormido? Por el contrario, cuando se me cita a Homero, despierto en el acto, presto la mayor atención, y las ideas se me presentan profusamente.
Sócrates: No es difícil, mi querido amigo, adivinar la razón. Es evidente, que tú no eres capaz de hablar sobre Homero, ni por el arte, ni por la ciencia. Porque si pudieses hablar por el arte, estarías en estado de hacer lo mismo respecto todos los demás poetas. En efecto, la poesía es un solo y mismo arte, que se llama poética; ¿no es así? [193]
Ion: Sí.
Sócrates: ¿No es cierto, que cuando se abraza un arte en toda su extensión, una misma crítica sirve para juzgar de todas las demás artes? ¿Quieres, Ion, que te explique cómo entiendo esto?
Ion: Con el mayor placer, Sócrates; gusto mucho en oíros, porque es oír a un sabio.
Sócrates: Quisiera mucho que dijeras verdad, Ion; pero ese título de sabio sólo pertenece a vosotros los rapsodistas, a los actores y a aquellos cuyos versos cantáis. Con respecto a mí, no sé más que decir sencillamente la verdad, cual conviene a un hombre de poco talento. Júzgalo por la pregunta que te acabo de hacer, y ya ves que es trivial y común, como que lo que he dicho está al alcance de cualquiera, esto es, que la crítica es la misma en cualquier arte que se considere, con tal que sea uno. Tomemos un ejemplo. La pintura en su conjunto ¿no es un solo y mismo arte?
Ion: Sí.
Sócrates: ¿No hay y ha habido gran número de pintores buenos y malos?
Ion: Seguramente.
Sócrates: ¿Has visto tú alguno que, siendo capaz de discernir lo bien o mal pintado en los cuadros de Polignoto,{2} hijo [194] de Aglaofon, no pueda hacer lo mismo respecto a los otros pintores? ¿Que cuando se le presentan las obras de éstos se duerma, se vea embarazado, y no sepa qué juicio formar? ¿Mientras que cuando se trata de dar su dictamen sobre los cuadros de Polignoto o de cualquiera otro pintor particular que sea de su agrado, se despierte, preste su atención, y se explique con la mayor facilidad?
Ion: No ciertamente, yo no le he visto.
Sócrates: ¡Pero qué! en materia de escultura ¿has visto alguno que esté en actitud de decidir sobre el mérito de las obras de Dédalo, hijo de Melitón, o de Epeas, hijo de Panope, o de Teodoro de Samos, o de cualquiera otro estatuario, y que se vea dormido, embarazado y sin saber qué decir de las obras de los demás escultores?
Ion: No, ¡por Júpiter! no he visto a nadie en este caso.
Sócrates: No has visto, me figuro, a nadie, sea con relación al arte de tocar la flauta o el laúd, o de acompañar con el laúd al canto, o sea con relación a la rapsodia, que esté en estado de pronunciar su juicio sobre el mérito de Olimpo de Tamiras, de Orfeo y de Femius, el rapsodista de Itaca, y que tratándose de juzgar del mérito de Ion de Efeso, se viese en el mayor embarazo, y se considerase incapaz de decidir, en qué es bueno o mal rapsodista.
Ion: Nada tengo que oponer a lo que dices, Sócrates. Sin embargo, puedo asegurar, que soy yo, entre todos los hombres, el que habla mejor y con más facilidad sobre Homero, y que cuantos me escuchan convienen en lo bien que hablo, mientras que nada puedo decir sobre los demás poetas. Dime, yo te lo suplico, de dónde puede proceder esto. [195]
Sócrates: Eso es lo que quiero examinar, y quiero exponerte mi pensamiento. Ese talento, que tienes, de hablar bien sobre Homero, no es en ti un efecto del arte, como decía antes, sino que es no sé qué virtud divina que te transporta, virtud semejante a la piedra que Eurípides ha llamado magnética, y que los más llaman piedra de Heráclea. Esta piedra, no sólo atrae los anillos de hierro, sino que les comunica la virtud de producir el mismo efecto y de atraer otros anillos, de suerte que se ve algunas veces una larga cadena de trozos de hierro y de anillos suspendidos los unos de los otros, y todos estos anillos sacan su virtud de esta piedra. En igual forma, la musa inspira a los poetas, éstos comunican a otros su entusiasmo, y se forma una cadena de inspirados. No es mediante el arte, sino por el entusiasmo y la inspiración, que los buenos poetas épicos componen sus bellos poemas. Lo mismo sucede con los poetas líricos. Semejantes a los coribantes, que no danzan sino cuando están fuera de sí mismos, los poetas no están con la sangre fría cuando componen sus preciosas odas, sino que desde el momento en que toman el tono de la armonía y el ritmo, entran en furor, y se ven arrastrados por un entusiasmo igual al de las bacantes, que en sus movimientos y embriaguez sacan de los ríos leche y miel, y cesan de sacarlas en el momento en que cesa su delirio. Así es, que el alma de los poetas líricos hace realmente lo que estos se alaban de practicar. Nos dicen que, semejantes a las abejas, vuelan aquí y allá por los jardines y vergeles de las musas, y que recogen y extraen de las fuentes de miel los versos que nos cantan. En esto dicen la verdad, porque el poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo. Hasta el momento de la inspiración, todo hombre es impotente para hacer versos y pronunciar oráculos. Como los poetas no [196] componen merced al arte, sino por una inspiración divina, y dicen sobre diversos objetos muchas cosas y muy bellas, tales como las que tú dices sobre Homero, cada uno de ellos sólo puede sobresalir en la clase de composición a que le arrastra la musa. Uno sobresale en el ditirambo, otro en los elogios, éste en las canciones destinadas al baile, aquél en los versos épicos, y otro en los yambos, y todos son medianos fuera del género de su inspiración, porque es ésta y no el arte la que preside a su trabajo. En efecto, si supiesen hablar bien, gracias al arte, en un sólo género, sabrían igualmente hablar bien de todos los demás. El objeto que Dios se propone al privarles del sentido, y servirse de ellos como ministros, a manera de los profetas y otros adivinos inspirados, es que, al oírles nosotros, tengamos entendido que no son ellos los que dicen cosas tan maravillosas, puesto que están fuera de su buen sentido, sino que son los órganos de la divinidad que nos habla por su boca. Tinnicos de Calcide es una prueba bien patente de ello. No tenemos de él más pieza en verso, que sea digna de tenerse en cuenta, que su Pean{3} que todo el mundo canta, la oda más preciosa que se ha hecho jamás, y que, como dice él mismo, es realmente una producción de las musas. Me parece, que la divinidad nos ha dejado ver en él un ejemplo patente, para que no nos quede la más pequeña duda de que si bien estos bellos poemas son humanos y hechos por la mano del hombre, son, sin embargo, divinos y obra de los dioses, y que los poetas no son más que sus intérpretes, cualquiera que sea el Dios que los posea. Para hacernos conocer esta verdad, el Dios ha querido cantar con toda intención la oda más bella del mundo por boca del poeta más mediano. ¿No crees tú que tengo razón? mi querido Ion. [197]
Ion: Sí, ¡por Júpiter! tus discursos, Sócrates, causan en mi alma una profunda impresión, y me parece que los poetas, por un favor divino, son para con nosotros los intérpretes de los dioses.
Sócrates: Y vosotros los rapsodistas ¿no sois los intérpretes de los poetas?
Ion: También es cierto.
Sócrates: Luego sois vosotros los intérpretes de los intérpretes.
Ion: Sin contradicción.
Sócrates: Vamos, respóndeme Ion, y no me ocultes nada de lo que te voy a preguntar. Cuando recitas, como conviene, ciertos versos heroicos, y conmueves el alma de los espectadores, ya cantando a Ulises en el momento en que lanzándose al umbral de su palacio, se da a conocer a los amantes de Penélope y derrama a sus pies una multitud de flechas{4} o ya a Aquiles arrojándose sobre Héctor{5} o cualquiera otro pasaje conmovedor de Andrómaca, de Hécuba, o de Priamo,{6} ¿te dominas, o estás fuera de tí mismo? llena tu alma de entusiasmo, ¿no te imaginas estar presente a las acciones que recitas, y que te encuentras en Itaca o delante de Troya, en una palabra, en el lugar mismo donde pasa la escena?
Ion: ¡La prueba que me pones a la vista es patente, Sócrates! Porque si he de hablarte con franqueza, te aseguro, que [198] cuando declamo algún pasaje patético, mis ojos se llenan de lágrimas, y que cuando recito algún trozo terrible o violento, se me erizan los cabellos y palpita mi corazón.
Sócrates: ¡Pero qué! Ion. ¿Diremos que un hombre está en su sano juicio, cuando, vestido con un traje de diversos colores y llevando una corona de oro, llora en medio de los sacrificios y de las fiestas, aunque no haya perdido ninguno de sus adornos, o cuando, en compañía de más de veinte mil amigos, se le ve sobrecogido de terror, a pesar de no despojarle ni hacerle nadie ningún daño?
Ion: No ciertamente, Sócrates, puesto que es preciso decirte la verdad.
Sócrates: ¿Sabes tú, si trasmitís los mismos sentimientos al alma de vuestros espectadores?
Ion: Lo sé muy bien. Desde la tribuna, donde estoy colocado, los veo habitualmente llorar, dirigir miradas amenazadoras, y temblar como yo con la narración de lo que oyen. Y necesito estar muy atento a los movimientos que en ellos se producen, porque si los hago llorar, yo me reiré y cogeré el dinero; mientras que si los hago reír, yo lloraré y perderé el dinero que esperaba.
Sócrates: ¿Ves ahora cómo el espectador es el último de estos anillos, que como yo decía, reciben los unos de los otros la virtud que les comunica la piedra de Heráclea? El rapsodista, tal como tú, el actor, es el anillo intermedio, y el primer anillo es el poeta mismo. Por medio de estos anillos el Dios atrae el alma de los hombres, por donde quiere, haciendo pasar su virtud de los unos a los otros, y lo mismo que sucede con la piedra imán, está pendiente de él una larga cadena de coristas, de maestros de capilla [199] de sub-maestros, ligados por los lados a los anillos que van directamente a la musa. Un poeta está ligado a una musa, otro poeta a otra musa, y nosotros decimos a esto estar poseído, dominado, puesto que el poeta no es sui juris, sino que pertenece a la musa. A estos primeros anillos, quiero decir, a los poetas, están ligados otros anillos, los unos a éste, los otros a aquel, e influidos todos por diferentes entusiasmos. Unos se sienten poseídos por Orfeo, otros por Museo, la mayor parte por Homero. Tú eres de estos últimos, Ion, y Homero te posee. Cuando se cantan en tu presencia los versos de algún otro poeta, tú te haces el soñoliento, y tu espíritu no te suministra nada; pero cuando se te recita algún pasaje de este poeta, despiertas en el momento, tu alma entra, por decirlo así, en movimiento, y te ocurre abundantemente de qué hablar. Porque no es en virtud del arte, ni de la ciencia, el hablar tú de Homero como lo haces, sino por una inspiración y una posesión divinas. Y lo mismo que los coribantes no sienten ninguna otra melodía que la del Dios que los posee, ni olvidan las figuras y palabras que corresponden e este arte, sin fijar su atención en todos los demás, de la misma manera tú, Ion, cuando se hace mención de Homero, apareces sumamente afluyente, mientras que permaneces mudo tratándose de los demás poetas. Me preguntas cuál es la causa de esta facilidad de hablar cuando se trata de Homero, y de esta infecundidad cuando se trata de los demás, y es que el talento, que tienes para alabar a Homero, no es en tí efecto del arte, sino de una inspiración divina.
Ion: Muy bien dicho, Sócrates. Sin embargo, sería para mí una sorpresa, si tus razones fuesen bastante poderosas para persuadirme de que cuando hago el elogio de Homero, estoy poseído y fuera de mí mismo. Creo que tú mismo no lo creerías, si me oyeses discurrir sobre este poeta. [200]
Sócrates: Pues bien, quiero escucharte; pero antes responde a esta pregunta. Entre tantas cosas como Homero trata, ¿sobre cuáles hablas tú bien? Porque sin duda tú no puedes hablar bien sobre todas.
Ion: Vive seguro, Sócrates, de que no hay una sola de la que no esté en estado de hablar bien.
Sócrates: Probablemente no de las cosas que tú ignoras, y que Homero trata.
Ion: ¿Cuáles son las cosas que Homero trata y yo ignore?
Sócrates: ¿Homero no habla de las artes en muchos parajes y muy detenidamente? Por ejemplo, ¿el arte de conducir un carro? Si pudiera recordar los versos, te los diría.
Ion: Yo los sé; voy a decírtelos.
Sócrates: Recítame, pues, las palabras de Néstor a su hijo Antícolo, cuando le da consejos sobre las precauciones que debe tomar para evitar el tocar a la meta en la carrera de carros, en los funerales de Patroclo.
Ion: Inclínate, le dice, bien preparado, sobre tu carro a la izquierda; al mismo tiempo con el látigo y la voz apura al caballo de la derecha, flojándole las riendas; haz que el caballo de la izquierda se aproxime a la meta, de manera que el cubo de la rueda, hecho con arte, parezca tocar en ella, y que sin embargo evite tropezarla.{7}
Sócrates: Basta. ¿Quién juzgará mejor, Ion, si Homero habla [201] bien o mal en estos versos, un médico o un cochero?
Ion: El cochero sin duda.
Sócrates: ¿Es porque conoce el arte que corresponde a todas estas cosas o por otra razón?
Ion: No, sino porque conoce este arte.
Sócrates: Dios ha atribuido a cada arte la facultad de juzgar sobre las materias que a cada uno correspondan, porque no juzgamos mediante la medicina las mismas cosas que conocemos por el pilotaje.
Ion: Verdaderamente no.
Sócrates: Ni por el arte de carpintería lo que conocemos por la medicina.
Ion: De ninguna manera.
Sócrates: ¿No sucede lo mismo con todas las demás artes? Lo que nos es conocido por la una, no nos es conocido por la otra. Pero antes de responder a esto, dime: ¿no reconoces que las artes difieren unas de otras?
Ion: Sí.
Sócrates: En cuanto puede conjeturarse, digo, que una es diferente de otra, porque esta es la ciencia de un objeto y aquella de otro. ¿Piensas tú lo mismo?
Ion: Sí.
Sócrates: Porque si fuese la ciencia de los mismos objetos, ¿qué [202] razón tendríamos para hacer diferencia entre un arte y otro arte, puesto que ambos conducían al conocimiento de las mismas cosas? Por ejemplo, yo sé que estos son cinco dedos, y tú lo sabes como yo. Si yo te preguntase, si lo sabemos ambos por la aritmética, o lo sabemos tú por un arte y yo por otro, dirías sin dudar que por un mismo arte, la aritmética.
Ion: Sí.
Sócrates: Responde ahora a la pregunta que estaba a punto de hacerte antes, y dime, si crees, con relación a todas las artes sin excepción, que es necesario que el mismo arte nos haga conocer los mismos objetos, y otro arte objetos diferentes.
Ion: Así me parece.
Sócrates: Por consiguiente, el que no posee un arte, no está en estado de juzgar bien de lo que se dice o se hace en virtud de este arte.
Ion: Dices verdad.
Sócrates: Con relación a los versos que acabas de citar, ¿juzgarás tú mejor que el cochero, si Homero habla bien o mal?
Ion: El cochero juzgará mejor.
Sócrates: Porque tú eres rapsodista y no eres cochero.
Ion: Sí.
Sócrates: ¿El arte del rapsodista es distinto que el del cochero? [203]
Ion: Sí.
Sócrates: Puesto que es distinto, tiene que ser la ciencia de otros objetos.
Ion: Sí.
Sócrates: ¡Pero qué! cuando Homero dice, que Hecamedes, concubina de Néstor, dio a Macaon, que estaba herido, un brebaje y se expresa así:{8} «lo echó en vino de Pramnea, sobre el que raspó queso de cabra con un cuchillo de metal, y mezcló con ello cebolla para excitar la sed,» ¿pertenece al médico o al rapsodista juzgar si Homero habló bien o mal?
Ion: A la medicina.
Sócrates: Y cuando Homero dice:{9} «Ella se lanzó en el abismo, como el plomo que, atado al asta de un buey salvaje, se precipita en el fondo de las aguas, llevando la muerte a los peces voraces,» ¿diremos que corresponde al pescador, más bien que al rapsodista, el calificar estos versos, y si lo que expresan está bien o mal hecho?
Ion: Es evidente, Sócrates, que esto corresponde al arte del pescador.
Sócrates: Mira ahora si tú me presentarías la cuestión siguiente: Sócrates, puesto que encuentras en Homero los objetos, cuyo juicio pertenece a cada uno de estos diferentes artes, busca en igual forma en este poeta los objetos que [204] pertenecen a los adivinos y al arte adivinatorio, y dime si Homero se ha expresado bien o mal en sus poesías en este punto. Ve ahora con qué facilidad y con qué verdad yo te respondería. Homero habla de estos objetos en muchos pasajes de su Odisea, por ejemplo, en aquel en que el divino Teoclimenes, nacido de la raza de Melampe, dirige estas palabras a los amantes de Penélope:{10} «¡Desgraciados, cuán horrible suerte os espera! vuestras cabezas, vuestras fisonomías, vuestros miembros, se verán ro