Nenec
23-feb-2006, 22:17
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Lo que leereis (si quereis) a continuación es una historia en la que llevo mucho tiempo trabajando. Es mi mejor história hasta la fecha. La historía ocupa tres volumenes, con lo que es una trilogía. No sé si la acabaré, pero estoy en ello. No es un fanfic propiamente dicho, así que, en el título del tema, he puesto narrativa. Y si no es un fanfic, ¿qué pinta aquí? Pues, simplemente, porque creo que mi imaginario tiene muchas influencias del manga y siempre he pensado que me guataría que, algún día, se hiciese un manga basado en una de mis historias ^^. Sin más preámbulos, aquí teneis la historia. Me encanta que dejeis comentarios, así que, ya sabeis... XD
Aviso: es muy larga...
INDICE
<a href="#Prólogo">Prólogo</a>
<a href="#1">1. Una vida normal. Amnesia</a>
<a href="#2">2. Punto Alfa. Los Ángeles Buscadores</a>
<a href="#3">3. Un nuevo universo. El Portal (1ª parte)</a>
Continua en la página 3 (http://www.elrincondelmanga.com/index.php?name=PNphpBB2&file=viewtopic&t=1518&start=30) de este tema
ESLABÓN Vol 1 (Preludio)
Autor: Rubén Carrasco Picazo
Género: Fantástico
Prólogo <a name="Prólogo"></a>
Primero, oscuridad. Una oscuridad impenetrable que nadie conocía y nadie conocería nunca, porque en aquel lugar nada existía todavía. La No Existencia era un punto muerto en el plano temporal, donde el tiempo no transcurría y permanecía a la espera.
Cuando el tiempo se desestancó, un punto de luz creciente destruyó la oscuridad perpetua que reinaba en la No Existencia, dejando paso a un estallido que, en un segundo, liberó todos los colores que la imaginación puede alcanzar. Los colores se disolvieron y millones de puntos luminosos cubrieron todo. Eran parecidos a las estrellas, pero, a diferencia de éstas, se podían tocar porque estaban incrustados en una superficie plana: parecían pintados en una pared.
En el lugar de la superficie donde explotó la luz, había aparecido un ser, que observaba con curiosidad, a la tenue luz de los puntos luminosos, su cuerpo desnudo, semejante al cuerpo de lo que nosotros conocemos como “ser humano”. Permaneció así tiempo incalculable, hasta que descubrió algo que le sobresalía de la espalda: cuatro grandes alas de pluma, suaves y esponjosas, que podía gobernar a su antojo. Las alas estaban situadas en cuatro puntos de la espina dorsal: dos arriba y dos abajo, a la altura de los omoplatos. De color plateado, las argénteas alas emitían un brillo cegador, capaz de iluminar veinte metros a la redonda. Pronto descubrió que le permitían volar y comenzó a dar vueltas por aquella vasta superficie vacía.
De repente, se paró. Observó su entorno con minuciosidad y se percató de que aquel espacio parecía el interior de una esfera. Largo tiempo estuvo pensando en este hecho y, sin saber como o porque, adquirió todos los conocimientos pasados, presentes y futuros, todos los conocimientos sobre su ser, su causa y su motivo de existencia. Sabía que él era el Ángel Primigenio y que, en su interior, albergaba cuatro elementos: Fuego, Viento, Agua y Tierra; y que, con ellos, tenía que crear seres a su imagen y semejanza, seres casi inmortales, de porvenir incierto, pero destino marcado. Extrajo los elementos de su interior y los separó. Por cada uno, creó cuatro seres con alas, a los que bautizó como Ángeles. Como su creador, tenían aspecto de hombres altos y esbeltos, con alas carmesí unos, representantes del Fuego; los segundos, con alas violeta, representantes del Viento; los terceros con alas azules, representantes del Agua; y, por último, los representantes de la Tierra, con alas amarillentas. Eran seres racionales, pero aun no conocían sentimiento alguno. Su única función, por ahora, era seguir las órdenes del Ángel Primigenio para transformar aquel espacio vacío, llamado Esfera Inicial, en un lugar habitable.
En primer lugar, ordenó a los ángeles de Fuego que creasen la Luz Perpetua, que, dando vueltas por el interior de aquella esfera, iluminaría hasta el día de la destrucción de aquel mundo. Así lo hicieron y, al poco, los puntos de luz que habían gobernado hasta entonces los límites de aquel universo se vieron eclipsados por el resplandor de la Luz Perpetua y sólo podían verse cuando ésta, siguiendo su camino, se alejaba lo suficiente. Después, mandó a los ángeles de Tierra crear un bloque de dura roca que partiera por la mitad el interior de la Esfera Inicial. Una vez acabada la tarea, la parte que quedó bajo la capa de roca recibió el nombre de Semiesfera Oculta, ya que no volvería a ser vista por ojo alguno. Más tarde, los representantes del Agua regaron con su elemento la superficie de tierra y, por todas partes, creció la flora más bella nunca imaginada y se extendió el líquido elemento por grietas y valles hasta crear mares, ríos y fuentes de límpidas aguas. Por último, los ángeles de Viento originaron los fenómenos atmosféricos, cosa que permitió, junto con el agua, la aparición de organismos vivos evolucionados, una fauna diversa y magnífica. Así fue como los primeros habitantes de Ánguelos, o el Mundo Angelical, construyeron lo que se conoce como Cúpula Superior, semejante a nuestro cielo, y Llanura Inferior, donde los ángeles establecieron su residencia.
El Ángel Primigenio creó más individuos de cada elemento, tantos como la Llanura Inferior fuese capaz de abastecer, y los separó en cuatro comunidades. Cada comunidad controlaba una zona de la Llanura Inferior: los Lagos Profundos, que se decía que penetraban en la Semiesfera Oculta, fueron el dominio de los ángeles de Agua; a los ángeles de Fuego les correspondieron los Valles Volcánicos, que, constantemente, emanaban fuego por grandes cráteres; la Montaña Tempestad, en cuya cima se había instalado una tormenta perpetua, fue designada a los ángeles de Viento y los ángeles de Tierra habitaron en las Cavernas Eternas, que conectaban, a través de cuevas, todos los rincones de la Llanura Inferior. Estos lugares eran Puntos Sagrados, donde no podía entrar ningún ángel de otro elemento que no fuese el dominante, salvo con un permiso.
Era deseo del Ángel Primigenio crear un mundo de paz y cooperación, pero él, que todo lo conocía, sabía que su utopía estaba destinada a desembocar en el desmoronamiento de Ánguelos. Aún así, intentó hacerlo realidad, comenzando por conceder a los ángeles únicamente los dones y sentimientos buenos, guardando todos los males hasta el momento necesario. El Ángel Primigenio enseñó muchas cosas más a los ángeles e hizo mucho por ellos, pero sabía que se le acababa el tiempo y, por eso, empezó a escribir los conocimientos que deseaba transferirles en un libro.
Los ángeles habían sido divididos en cuatro clanes que tenían el deber de aprender a autogobernarse. Por aquel entonces los clanes compartían todo lo que tenían y no eran más que agricultores y ganaderos. El Ángel Primigenio hizo llamar a los cuatro ángeles más sabios de cada comunidad, los que había creado primero, y les nombró gobernadores de los suyos. Estableció que tres ángeles de cada consejo serían Ángeles Consejeros y el restante recibiría el cargo de Ángel Máximo y sería el presidente. Cada cien días los cuatro Ángeles Máximos se reunirían para tratar los temas comunes de todos los clanes en el Altar de los Sabios, un lugar donde los elementos no consiguieron llegar durante la creación de Ánguelos y que mantenía la pureza de la Esfera Inicial. Nadie, excepto estos ángeles y el Ángel Primigenio, conocía el emplazamiento de este lugar, pero se creía que estaba situado en el centro de la Semiesfera Oculta. Cómo llegar, nadie lo sabía. El resto de ángeles debían obedecer a sus respectivos Consejos.
Entonces llegó el Día de Salvación y Discordia. No se sabe cuánto tiempo había transcurrido desde la creación de Ánguelos, ya que, hasta aquel día, los ángeles no le daban importancia al tiempo. Pero ocurrió lo inevitable: la Luz Perpetua se detuvo en lo alto de la Cúpula Superior y la Llanura Inferior empezó a resquebrajarse. Las aguas empezaron a hervir bajo la constante exposición al calor del cuerpo incandescente, los Valles Volcánicos se derrumbaban por la presión de la lava que ascendía desde la Semiesfera Oculta, las riadas que descendían desde lo alto de la Montaña Tempestad eran incontenibles y ríos y mares se desbordaban mientras el fuerte viento arrasaba las costas en forma de tornados.
El Ángel Primigenio se lamentaba de lo ocurrido. Aunque sabía que el destino de aquel mundo no era perdurar, todavía no era el momento de su destrucción y tenía claro lo que debía hacer. Convocó a todos los ángeles para celebrar una reunión urgente en una verde y extensa explanada situada justo en el centro de la Llanura Inferior, por lo tanto, medianamente estable, sin temblores o tormentas. Para cuando quiso empezar la reunión, justo en el punto opuesto de la Cúpula Superior donde se hallaba suspendida la Luz Perpetua, había aparecido una mancha blanca que crecía a un ritmo preocupante engullendo todo a su paso. Si no encontraban una solución, pronto se tragaría todo. Los ángeles estaban perplejos, no sabían qué ocurría y no conocían el miedo.
-¡Por favor, un poco de atención!-gritó el Ángel Primigenio para asegurarse de que todos le escuchaban.
Los ángeles desviaron la mirada de la mancha blanca y se dirigieron al lugar donde se había situado su creador, formando un círculo a su alrededor.
-Como veis, Ánguelos se desmorona y, si no actúo, acabará destruido.
El silencio más absoluto reinaba en el lugar y un escalofrío recorrió a todos los presentes, por primera sintieron lo que era el terror. El Ángel Primigenio prosiguió:
-Salvar este mundo requiere sacrificios. Primero el mío...-los murmullos de los presentes le interrumpieron. Volvió a hacerse el silencio- ...y, pronto, el de muchos más.
Los murmullos volvieron a interrumpirle. Se adelantó el Ángel Máximo de Tierra y dijo:
-¿A qué se refiere Creador?
-Hay algo más que debéis saber y que, si deseáis sobrevivir, se convertirá, a partir de ahora, en vuestra ley principal. Este es el Gran Libro-con un gesto de su mano un enorme libro de tapas doradas apareció, flotando, delante suyo-. En él podréis encontrar todo lo que me gustaría que supieseis y que no os he explicado. El punto más importante es el Principio de Discordia, que rige nuestro mundo y sobre el cual se sustenta la existencia de Ánguelos.
Mientras hablaba, la mancha blanca seguía extendiéndose. Todos escuchaban con atención e interés.
-Cuatro elementos –continuó-, representados por cada uno de los clanes, forman el Mundo Angelical. Estos elementos se encuentran en una lucha constante y adquieren su energía de los seres vivos pertenecientes a su elemento, a la vez que la energía liberada en esta lucha sostiene Ánguelos. He pretendido crear una sociedad de paz y armonía, pero no lo he conseguido. Ahora, para evitar que este lugar sea destruido definitivamente, debéis llevar a cabo una guerra de clanes, de lo contrario, vuestra energía no llegará a los elementos y estos no podrán continuar su lucha, cosa que daría lugar a la caída de este mundo.
Los ángeles, alarmados, empezaron a gritar y a agitarse.
-¡Eso es imposible!-gritó el Ángel Máximo de Fuego, que se adentró en el círculo- ¡Nada nos enfrenta!
-¡Diría más!-dijo el Ángel Máximo de Viento- ¡Es mucho lo que recibimos los unos de los otros!
Los presentes aplaudieron esta última intervención.
-¡Está bien!¡Pero no hay otro remedio!-se impuso el Ángel Primigenio- Esta guerra os causará dolor, un término cruel que todavía os es desconocido, pero quiero que sepáis que un día regresaré y acabaré con vuestro sufrimiento. Traeré la Concordia.
-¿Cuándo será eso?-preguntó el Ángel Máximo de Agua.
-Todo está en el Gran Libro-fue la respuesta del Ángel Primigenio-. En cuanto me vaya deberéis decidir qué clan debe custodiarlo.
Seguidamente, y sin dar tiempo a más comentarios, voló veloz hacia la mancha de la Cúpula Superior, cuyas dimensiones eran ya más que considerables, a la par que liberaba sobre las cabezas de los ángeles los males que con tanto recelo había custodiado hasta la fecha.
-Con esto y la decisión de quién se queda el libro, se iniciará la guerra-se dijo el Ángel Primigenio-. Por favor, perdonadme.
Desde la explanada, los habitantes de Ánguelos observaban como su creador se acercaba rápidamente a la mancha blanca, mientras la Luz Perpetua se reflejaba en sus plateadas alas, y colisionaba con ella. Hubo una explosión y una luz cegadora cubrió hasta el último rincón del Mundo Angelical. Un grito se ahogó en la garganta de los atónitos espectadores. Cuando la luz se disipó, la Luz Perpetua continuó su camino a través de la Cúpula Superior y la Llanura Inferior recuperó su aspecto. Los ángeles miraron hacia el lugar donde había desaparecido el Ángel Primigenio. Sólo quedaba un pequeño y redondo cerco blanco en la Cúpula Superior, al que, al ver que no crecía, no dieron más importancia. Tenían cosas más importantes que hacer. Los males habían calado hondo en sus corazones.
-¡Nosotros, como creadores de la Luz Perpetua, somos los destinados a custodiar el Gran Libro!-sentenció el Ángel Máximo de Fuego mientras se acercaba al centro del círculo y extendía el brazo para alcanzar el Libro.
De pronto un carámbano de hielo salió disparado de entre la multitud y, golpeándole en la espalda, atravesó el pecho del Ángel Máximo de Fuego, que cayó muerto al lado del Gran Libro.
-¡Tendréis que ganaros ese privilegio!-dijo fríamente un ángel de Agua saliendo de entre la muchedumbre con el brazo derecho apuntando al lugar donde se hallaba el cadáver.
La Guerra Eterna había estallado.
1. Una vida normal. Amnesia <a name="1"></a>
El tenue resplandor del Sol matinal atravesaba las finas rendijas de la persiana bajada. La oscuridad envolvía todos los pliegues de una sabana que se agitaba sobre la cama en el centro de la habitación. El ruidoso aparato había empezado a sonar casi media hora antes de que una mano lo agarrase con fuerza justo antes de lanzarlo contra la pared que se extendía más allá del armario. Se abrió la puerta.
-¡Contigo no ganamos para despertadores!-gritó una mujer enfundada en una bata de estar por casa- ¡Levántate de una vez o llegarás tarde!
El joven de pelo alborotado se incorporó mientras oía pasos agitados alejarse por el pasillo. Acercó la mano a la mesilla con intención de mirar la hora en el despertador. Un resoplido escapó de su boca percatándose de lo que acababa de hacer. Se dirigió al baño. Se lavó la cara y, después de secarse, se quedó atontado observando su reflejo en el espejo. Odiaba esos pelos, hasta la fecha: indomables, así que ni siquiera intento peinarse. Se vistió y corrió a la cocina.
-Son menos diez-comentó su madre con tono indiferente.
-¿Qué?-exclamo el chico despertando de golpe mientras se apresuraba a buscar algo por toda la cocina.
-En la mesa del comedor-dijo la mujer sin inmutarse mientras echaba café en una taza.
Efectivamente, allí se encontraban sus llaves. Las metió en un bolsillo de su mochila.
-¡Adiós!-se despidió dando un portazo tras de sí.
-¡Uriel!-llamó una aguda voz a lo lejos.
Uriel se giró. Una chica corría hacia él, que se había parado al verla.
-Hola-dijo el chico cuando la tuvo al lado, empezando a caminar.
-Te tendrías que peinar-aconsejó la joven.
Silencio. No volvieron a comentar nada hasta que llegaron a la puerta del instituto.
-Uriel...-comenzó a hablar la chica morena de ojos oscuros en un tono casi imperceptible- Quería darte las gracias por...
-No importa-le corto el muchacho sin ni siquiera mirarla-, vamos a olvidar ese asunto, ¿de acuerdo?
Un joven elegante y atractivo, que observaba la escena desde lejos, se acercó.
-¡Buenos días!-canturreó intentando tranquilizar el ambiente.
-Hola-dijo fríamente la chica que entró al edificio de mal humor.
Los dos chicos se miraron un instante. Comenzaron a andar en dirección a la puerta.
-¿Todavía le dais vueltas al tema?-interrogó el muchacho elegante con cara de circunstancia.
-No lo se-fue la insegura contestación que dio Uriel.
-Pues ya es hora de que lo olvidéis, los dos-le exhortó el joven a su amigo-. Sé que...
-¡Tú no sabes nada, Dan!-le cortó nervioso Uriel mientras aceleraba el paso y le dejaba atrás.
Después de las soporíferas tres primeras horas de clase, Uriel abandonó el aula poniendo rumbo al patio del instituto, donde podría estirar un poco las piernas durante el recreo. Se sentó en uno de los numerosos bancos esparcidos por el amplío espacio. Tenía sueño, como siempre a esa hora. El Sol le daba en la cara, haciendo brillar su oscuro pelo, reflejándose en sus brillantes ojos. Intentó no sucumbir ante la persistencia de Morfeo. No lo logró.
Un enorme desierto de arena rojiza, gobernado por el extenso cielo crepuscular, permanecía en el más absoluto silencio. De pronto, las nubes comenzaron a cubrir con su oscuro manto toda la árida zona. Un destello. Una enorme columna de fuego descendía desde el cielo para posarse en el suelo a tiempo de...
-¡Uriel!
El joven se despertó exaltado, sudando.
-Siempre igual...-dijo la chica abatida- Estabas soñando...
-Lo sé-interrumpió Uriel-, pero no recuerdo el qué...
Se hizo un incomodo silencio entre los adolescentes.
-Tenemos que hablar-comentó Raquel como si fuese la respuesta a un “¿Qué quieres?”.
-Ahora no quiero hablar sobre lo que ocurrió-aclaró Uriel intentando dar el tema por zanjado.
-Pero yo necesito saber...-se puso nerviosa la joven que clavó su mirada llorosa en los verdes ojos de su compañero.
-Me asustaste...
-No puedo disculparme por eso, porque...-susurró la joven mientras dos finas lágrimas bañaban su rostro.
-Me asustaste mucho...-no pudo terminar la frase, ya que Raquel se levantó bruscamente y corrió hacia el edificio mientras se secaba la cara- Me preocupaste...-se dijo el chico mientras la veía alejarse.
Uriel no prestó mucha atención a las asignaturas que siguieron al recreo. Solo podía pensar en lo que había sucedido durante los últimos días.
***
Eran las cinco cuando llegó al parque en el que se encontraban siempre que quedaban. Para sorpresa del chico, Raquel, la siempre puntual Raquel, no se encontraba allí. Esperó. Cinco y diez de la tarde. Se empezaba a inquietar. Cinco y veinte minutos. Decidió echar mano de su teléfono móvil para conocer los motivos de la tan inesperada conducta de su amiga. Desde que la conocía, nueve años, aproximadamente, ella nunca había faltado a una cita, no por lo menos sin avisar con antelación. Un resoplido seguido de un profundo suspiro se escaparon de la boca de Uriel mientras cortaba la grabación que informaba de la indisponibilidad de un teléfono.
-¡¿Desconectado?!-dijo el joven entre la duda y el asombro.
Si algo conocía de Raquel, era que nunca, ni para dormir, desconectaba el móvil. Decidió esperar un poco más. Las seis. Uriel empezó a preocuparse. No podía esperar más. Tecleó en su teléfono el número de casa de Raquel. Esperó impaciente hasta el tercer tono...
-¿Sí?-contestó una voz de mujer al otro lado de la línea.
-¿Esta Raquel?-preguntó el chico.
-¡Uriel!¿La has visto?-gritó la señora con tono visiblemente alterado.
-No...-empezó a preocuparse Uriel- Había quedado con ella y... ¿ocurre algo?
-Sí...-contestó la mujer bajando cada vez más el tono- No sabemos nada de ella desde hace más de veinticuatro horas...-un gemido cortó el discurso.
-¿Qué?
En ese momento Uriel se quedó completamente paralizado. No sabía que decir, no sabía que debía hacer. Oía llorar a la madre de Raquel a través del teléfono y no era capaz de mover ni un solo músculo. Su mente se puso a trabajar de inmediato. Barajaba cientos de posibilidades mientras estaba allí parado. ¿Dónde estaría?¿Qué le podía haber pasado?
-No se preocupe-consoló a la madre de su amiga, aunque, realmente, sólo intentaba tranquilizarse a si mismo-. Mire, voy a mirar en todos los lugares donde solemos ir a ver si alguien sabe algo. Si aparece, haga el favor de llamarme.
Colgó justo después de oír un “vale, gracias”. Se empezaba a nublar y un aire frío comenzó a correr por las calles de la ciudad, silenciosa, en aquellos momentos. Uriel sabía que debía buscar, pero no tenía claro por dónde empezar.
Corrió durante toda la tarde. Fue a todos los lugares donde había estado alguna vez con Raquel. Por desgracia, no la encontró. Se había detenido a contemplar un edificio en construcción situado en primera línea de playa. No era completamente consciente de lo que estaba pasando. No entendía que había desencadenado esta situación. Necesitaba una respuesta. Sólo observaba, con la mirada perdida, el inmenso bloque de oficinas que, según el Ayuntamiento, reforzaría la economía de la zona. Nadie estaba completamente seguro de esta afirmación, pero, por ahora, daba trabajo a mucha gente en aquella ciudad. El mismo padre de Uriel trabajaba en la construcción del bloque que ya contaba con veintidós de las treinta y cinco plantas que tendría. Se encendieron las farolas. Una ráfaga de viento recorrió todas las plantas del esqueleto de hormigón armado y, al llegar al chico, le despertó de su ensimismamiento. Su teléfono sonaba. No sabía exactamente desde cuando. Vio el nombre de su amigo Dan en la pantalla. Descolgó.
-Dime.
-Uriel, Raquel ha aparecido, estoy en el Hospital.
-Voy-fue la única palabra que pudo articular en aquel momento, antes de colgar.
Era domingo, así que los autobuses pasaban, aproximadamente, cada hora y no podía permitirse pagar un taxi, por lo tanto comenzó a correr calle arriba.
Los relámpagos a sus espaldas, sobre el mar, ya le anunciaban que iba a mojarse cuando, después de un trueno, empezaron a caer goterones. Estaba a unos cien metros de la puerta de Urgencias. Lo único que se le ocurrió hacer fue acelerar con la finalidad de no acabar totalmente empapado. Al entrar por la puerta vio a su amigo sentado en una de las sillas de la Sala de Espera. A diferencia de Uriel, Dan parecía tranquilo. Siempre mantenía una curiosa actitud entre el interés y la total indiferencia. Quizá era este el motivo por el que se llevaba tan bien con Uriel, quien siempre destacaba por no ser capaz de controlar sus impulsos. Se complementaban a la perfección. El joven, alto, moreno y de ojos marrones, se levantó al percatarse de la presencia de Uriel y se acercó hasta donde estaba. Antes de que pudiese hablar, su amigo ya le estaba interrogando.
-Tranquilo-dijo elevando el tono para detener la avalancha de preguntas que le estaba cayendo encima.
-¿Dónde está?-ordenó, más que preguntó, Uriel.
-Ven, siéntate...-intentó tranquilizarle Dan- Está bien, pero no dejan pasar a verla, sólo han podido entrar sus padres.
-¿Qué le ha pasado?¿Dónde la han encontrado?-continuó el joven, más tranquilo.
-Al parecer llegó a su casa hace unas dos horas, estaba en estado de shock-contestó su amigo-. No recuerda absolutamente nada de lo que ha ocurrido desde ayer.
-¿Ayer?-se preguntó Uriel- ¿Sabes dónde iba?
-Ni idea.
Estuvieron allí sentados, en silencio, cerca de tres horas, hasta que, ante la imposibilidad de ver a su amiga, decidieron marcharse a su casa. Había parado de llover. Al día siguiente le dieron el alta a Raquel. Los médicos dijeron que estaba perfecta, como mínimo físicamente. La memoria, dijeron, quizá la recuperaría en dos días, en dos años o nunca, así que, probablemente, jamás se supiese que había estado haciendo.
***
Ya habían pasado casi dos semanas desde aquellos acontecimientos y, desde entonces, lo único que hacía Uriel era hacerse preguntas sobre el tema. Por las noches le costaba dormirse y cuando lo hacía no descansaba. Comía poco y mal. Y, aunque a Raquel se la veía estupendamente, él pensaba que ocultaba algo, que recordaba algo que no quería recordar. Por estos motivos Uriel mostraba una actitud tan tosca hacia su amiga. No quería hacer ni decir nada que la incomodase y eso, sin querer, lo traducía en un cierto rechazo y una cierta antipatía.
Dan tenía los mismos miedos e inquietudes que su compañero, pero como siempre no los mostraba. Lo único que él deseaba era que todo fuese de nuevo como dos semanas antes, cuando salían los tres a dar una vuelta intentando olvidar sus monótonas vidas que ahora se presentaban tan desordenadas.
Por su parte Raquel actuaba de forma normal con todos, como si nada hubiese pasado. Pero con sus amigos era diferente. Mientras el resto de personas sólo querían olvidar lo sucedido, Uriel y Dan no parecían darse por vencido y buscaban respuestas, unas respuestas que ella no podía proporcionarles. Ya nada era como antes en su relación con ellos. Se mostraban distantes, precavidos en exceso, y eso a ella le ponía de los nervios. Pretendían que todo fuese perfecto, pero a la vez intentaban descubrir algo de lo ocurrido aquellas veinticuatro horas. Además, Uriel se comportaba de un modo más extraño de lo normal. Ella sabía que era porque estaba preocupado, pero no entendía el motivo por el que no era capaz de decírselo. En las últimas semanas habían pasado muchas cosas que no lograba entender. Sin saber porque, de su mente, se había esfumado una parte de su vida. Algo que ella tenía la sensación de que era importante.
***
No eran ni las cinco de la tarde cuando su madre la vino a avisar de que tenía que ir a comprar algunas cosas al supermercado que había a unas cuantas manzanas de su casa. Ella estaba tumbada en la cama, escuchando música, relajada, no le apetecía pensar en nada, así que no le hizo mucha gracia, pero fue. Se vistió con pesadez y fue a peinarse. Al estar frente al espejo pensó que no le quedarían mal una mechas. Después de coger la lista y el dinero que su madre le había dejado sobre la mesa de la entrada, salió por la puerta y decidió bajar por las escaleras. Al salir a la calle se abrochó la chaqueta, empezaba a refrescar. Caminó durante, aproximadamente, cinco minutos. A partir de aquí sus recuerdos comenzaban a fallar. No sabía si había llegado al supermercado, si se había encontrado con alguien, nada.
Raquel caminaba dando tumbos por una acera vacía. No tenía claro porque, pero, aunque no recordaba el paisaje con nitidez, estaba convencida de que se dirigía a su casa. Sentía frío, estaba mojada. ¿Qué hacía allí?¿Qué la había pasado? No podía recordar nada. Se le nublaba la vista. Finalmente, se desplomó al llegar a la entrada de su bloque de pisos. Lo siguiente que recordaba fue su despertar en el Hospital y las innumerables preguntas que le habían hecho médicos, policías y familiares. Preguntas que aún le rondaban por la cabeza. Necesitaba saber que había hecho durante el tiempo que estuvo desaparecida. Tenía la certeza de que se le escapaba algo.
***
Al salir de clase, Uriel no vio a Raquel, al parecer le evitaba. Cuando Uriel le dijo a Dan lo que había ocurrido durante el recreo, este dejó escapar un profundo suspiro.
-Ya sé que no te gusta que me meta, pero ¿pensáis estar así mucho tiempo más?
-Espero que no-contestó el joven, cabizbajo-. Simplemente que en estos momentos no sé como actuar cuando estoy con ella- argumentó.
-Pues como antes de que todo esto pasase-aconsejó Dan con nostalgia.
-Si fuese tan fácil...
Siguieron caminando sin decir nada hasta casa de Dan, donde, en teoría, pasarían la tarde estudiando, aunque la tentación de ponerse a los mandos de la consola les acabaría venciendo.
Eran las nueve cuando Uriel se despidió de su amigo y puso rumbo a su casa que se encontraba a menos de un cuarto de hora de camino. En aquella época, las calles, a esa hora, estaban desiertas. La gente prefería estar en casa, donde, a base de estufas y calefacciones, se podían resguardar fácilmente del frío. El chico de pelo alborotado caminaba pensativo. Acababa de decidir que, al día siguiente, intentaría pedir perdón a Raquel y que intentaría comportarse como si nada hubiese pasado. Tan absorto estaba en estos pensamientos que no se percató de unos ojos que le acechaban des de las sombras de uno de los callejones perpendiculares a la calle por la que caminaba.
Aunque él no lo sabía hacía días que alguien le vigilaba. Quien fuese empezó a seguirle el día que estuvo en el Hospital, desde el momento que abandonó el edificio. Ahora se encontraba allí, escondido entre las sombras, a la espera de que su presa pasase por delante suyo para arrollarla. Pero algo inesperado hizo que su plan resultase fallido. No pudo reaccionar. Lo último que sintió fue como le ardía la nuca.
Uriel escuchó un ruido a sus espaldas. Se giró sobresaltado, pero no vio nada. El joven, que aún pensaba que iba a decirle a su amiga, no se fijo en unos pies que desaparecían por la esquina del oscuro callejón. Siguió andando. Al llegar a casa, se duchó, cenó y se acostó. Cayó rendido al instante.
Un enorme desierto de arena rojiza, gobernado por el extenso cielo crepuscular, permanecía en el más absoluto silencio. De pronto, las nubes comenzaron a cubrir con su oscuro manto toda la árida zona. Un destello. Una enorme columna de fuego descendía desde el cielo para posarse en el suelo a tiempo de esquivar una tromba de agua que pretendía caerle encima. Los dos torbellinos, uno de tonos rojizos, amarillos y anaranjados y otro con una mezcla entre azul y blanco, parecían estar entablando una batalla a muerte. El remolino de agua embestía una y otra vez a la columna de fuego que crepitaba ante la insistencia de su oponente. El viento mecía a los dos colosos mientras la arena del desierto comenzaba a elevarse hasta tapar completamente la visión de la lucha...
Uriel se despertó exaltado. Ahora lo recordaba. Ya había tenido ese sueño antes. ¿Por qué se le repetía?¿Significaría algo? Se dio la vuelta y se durmió de nuevo. A la mañana siguiente ya había olvidado el tema.
2. Punto Alfa. Los Ángeles Buscadores <a name="2"></a>
Parecía que todo había vuelto a la normalidad. Uriel intentaba olvidar la misteriosa desaparición de Raquel o, como mínimo, no demostraba que aún le rondaba por la cabeza. Raquel empezó a creer que realmente Uriel y Dan volvían a ser los de siempre, por lo que comenzó a comportarse con naturalidad delante de ellos. Dan, por su parte, estaba satisfecho con el cambio de actitud de sus amigos y estaba feliz de que todo hubiese vuelto a la normalidad. Por desgracia para ellos la normalidad que tanto habían ansiado no les duraría demasiado, ya que, fuerzas superiores a ellos, ya habían hecho planes para uno de los componentes del trío.
Una semana después de la última discusión entre Raquel y Uriel, los tres pasaron la tarde dando una vuelta por el centro de la ciudad. Fueron a tomar algo y, cuando empezó a anochecer, decidieron regresar a sus casas. Dan se separó de sus amigos al llegar a un cruce, porque iba a visitar a su abuela que vivía cerca. Uriel y Raquel siguieron solos. Durante el resto de camino mantuvieron una animada charla sobre todo tipo de cosas: los estudios, cine, música,... realmente tenían muchas cosas en común. Se conocieron en tercero de primaria, cuando Raquel llegó a la ciudad por cuestiones de trabajo de sus padres. Por aquella época, la chica era tímida e introvertida, pero pronto conoció a Uriel, un chico despierto, alegre y divertido. Durante esos años estuvieron muy unidos y, al llegar a secundaria, decidieron estudiar en el mismo centro. Fue allí donde conocieron a Dan. Se puede decir que él no había cambiado casi nada des de entonces, siempre había sido reservado y prudente. Aún así había sido este joven quien les había abierto las puertas del mundo. Era inteligente, simpático y realista, era la pieza que le faltaba al grupo. A partir de entonces siempre había actuado de mediador en las frecuentes discusiones que mantenían sus dos amigos.
Al llegar al portal de Raquel, Uriel se despidió de ella como siempre, con un beso. Des de que entraron en esa época llamada adolescencia, muchos habían querido ver algo más allá de la amistad que sentían el uno por el otro. Ellos no lo habían negado, pero, realmente nunca habían atravesado el umbral de la amistad. Los dos sabían que entre ellos había algo más que una simple amistad, pero ese sentimiento no era amor, se acercaba más a la fraternidad, aunque, en cualquier momento, podían pasar de uno a otro sin ni siquiera percatarse. Este tema no les preocupaba a ninguno de los dos. Si algún día pasase algo, pasaría lo que tuviese que pasar.
Uriel reanudó su camino. La luz de las farolas le iluminaba mientras pensaba en lo bien que volvían a estar las cosas entre él y Raquel y se sentía ridículo por la actitud que había tenido con ella semanas atrás. Lo importante era que ella estaba bien, lo que le hubiese pasado durante aquellas horas era secundario. De pronto, a Uriel le pareció escuchar un ruido a sus espaldas. Se giró. La calle estaba desierta. A aquellas horas no se podía ver ni un alma, ni siquiera un coche, nada. Siguió caminando, pero no había dado el tercer paso cuando se fue la luz y la calle quedó a oscuras.
-Estupendo-resopló el joven.
Siguió andando. Otro ruido. Frenó en seco. Uriel nunca había sido una persona miedosa, pero en aquel momento se puso nervioso. Dio un paso, otro y se quedó paralizado ante lo que tenía delante. Una farola se encendió de pronto y su chorro de luz iluminó una figura que permanecía apoyada en el palo de la misma con los brazos cruzados. El resto de la calle permanecía en las tinieblas. Uriel no prestó más atención a este individuo. Pero al pasar frente a él...
-Buenas noches Uriel-dijo aquel hombre con una voz clara y musical, que, si bien no llegaba a ser como la de una mujer, era realmente bella.
Uriel sintió como un escalofrío le recorría la espalda. Se giró para ver el rostro a aquel extraño personaje y quedó hipnotizado por sus bellos rasgos. Tenía el pelo largo, oscuro, sus ojos eran de un azul tan brillante que impactaba, era alto, delgado y vestía un traje azul marino con una camisa a juego en un tono más claro. No debía tener más de treinta años. Cuando Uriel reaccionó preguntó:
-¿Le conozco?
-No, pero yo a ti sí-dijo el hombre mientras se apartaba un mechón de pelo que le tapaba la cara-. Sé cosas de ti que ni tú sabes.
Uriel no podía dejar de estar sorprendido, aquel hombre sabía su nombre, pero empezaba a pensar que estaba loco.
-Me parece bien, pero debo irme, encantado de conocerle-intentó seguir.
-Espera-le detuvo el extraño-. No me creo que no quieras saber lo que he venido a decirte.
En ese momento el misterioso individuo abandonó su lugar bajo la farola y dio unos pasos al frente, dejando, en ese mismo instante, a Uriel completamente paralizado. De las sombras, justo detrás del hombre, aparecieron cuatro enormes masas de plumas azules. Uriel dio un paso atrás.
-¿Qué... qué eres?-logró articular.
- Lo mismo que tú-contestó el ser con total tranquilidad-. Un Ángel.
En aquel instante Uriel no sabía si correr, gritar o ponerse a reír.
-¿Un Ángel?¿Me estás tomando el pelo?
-Típico de los humanos-le reprochó el Ángel-. Como siempre, no sois capaces de ver más allá de vuestras narices.
Uriel cada vez estaba más desconcertado.
-Sabes que lo que digo es verdad-continuó el ser alado-, sino, ya te estarías riendo. Toma.
El Ángel le tendió a Uriel una tarjeta. El chico, que no sabía como reaccionar, bajó la mirada para ver que ponía en el pedazo de papel.
-¿Qué es esto?-alzó la vista, pero aquel individuo había desaparecido.
Miró a lado y lado de la calle. No había nadie. Las luces se encendieron de nuevo. Por el contrario, la luz que iluminaba a aquel hombre se había apagado. Uriel se acercó a inspeccionar la farola. Un gesto de asombro, duda y miedo atravesó su rostro. ¡Aquella farola no tenía bombilla! El joven empezaba a encontrarse mal, se sentía desorientado. Miró la tarjeta que aún tenía en la mano y vio que en ella sólo constaba un símbolo, una dirección y un nombre impreso con tinta azul brillante: a. Calle Aledaños, nave 13. Jehudiel. Se puso a correr hacia su casa.
Aquella noche no cenó. Al llegar a casa se metió en la cama, aunque no consiguió conciliar el sueño. ¿Era real?¿Se lo había imaginado? No, no podía ser producto de su imaginación, tenía una prueba física de que aquello había sido real, la tarjeta. ¿Un Ángel?¿Existían? Uriel nunca había creído en esas cosas. Ángeles, elfos, duendes,... ya no sabía que creer. Por cierto, ¿qué le había dicho aquel hombre? “Lo mismo que tú”. ¿Él?¿Un Ángel?¿Qué estaba pasando?¿Se había vuelto loco el mundo y no se había dado cuenta? Uriel no dejaba de dar vueltas en su cama, así como lo hacían las ideas en su cabeza. Finalmente, después de horas y horas de discusión consigo mismo, decidió que, al día siguiente, sábado, nada más levantarse, iría a la dirección que figuraba en la tarjeta. Intentó dormir, pero sólo se le repetía una frase en la cabeza: “No me creo que no quieras saber lo que he venido a decirte”. Miró el despertador que acababa de comprar. Las seis.
“Me voy a hacer unas cosas. Ya volveré. Uriel”. Así rezaba el trozo de papel que Uriel había dejado en la mesa de la cocina antes de salir de casa cuando aún no eran las seis y diez minutos de la mañana. Aún era de noche. Hacía frío. Aquel estaba siendo uno de los inviernos más fríos que Uriel recordaba. Se abrigó bien antes de emprender su viaje a lo desconocido. No podía negar que estaba realmente asustado. ¿Se podía saber que hacía él en la calle a esas horas de la mañana?¿Por qué se dirigía a un lugar desconocido para hablar con alguien que ni siquiera sabía si era real? El porque lo conocía perfectamente: necesitaba respuestas.
Después de casi tres cuartos de hora andando llegó al polígono industrial que se situaba en el extremo sur de la ciudad. Muchas fábricas ya estaban abiertas y los camiones cargados, a punto de salir. Recorrió las anchas calles del complejo hasta llegar a una de las más apartadas. Un pequeño cartel en una de las esquinas anunciaba: Calle Aledaños. Empezaba a amanecer. A medida que avanzaba por la calle iba contando, una a una, todas las naves. Llegó a la número trece. En ese mismo instante, Uriel estuvo a punto de dar media vuelta, regresar a casa e intentar olvidar rápidamente aquello que parecía una broma de mal gusto. La nave número trece era un montón de ladrillos puestos unos encima de otros, o esa era la impresión que le dio a Uriel. Algunos de los muros estaban medio caídos, en las pocas ventanas de la construcción no quedaba ni un solo cristal entero y la enorme puerta de la entrada estaba oxidada, descolgada y cerrada con una pesada cadena y un candado, seguramente para que nadie entrase por el peligro de derrumbe. El edificio estaba rodeado de un amplio patio que en otro tiempo se habría utilizado como aparcamiento para los camiones de carga, pero ahora estaba lleno de polvo y hojas. Uriel estaba a punto de emprender el camino de regreso cuando se levantó un fuerte vendaval y la arena del suelo alzó el vuelo, obligando a Uriel a taparse la cara. Cuando se hubo calmado el viento, Uriel abrió los ojos y fue entonces cuando vio, encima de la puerta, que aún chirriaba por el ataque al que le habían sometido las fuerzas de la naturaleza, un símbolo de color azul que, a diferencia del resto de la nave, parecía recién colocado allí arriba.
-¿Eso estaba ahí antes?-pensó Uriel en voz alta.
Las ganas de volver a su casa se habían esfumado y ahora la curiosidad le corroía por dentro, así que decidió entrar en el edificio. Tal había sido el efecto que le había producido la visión de la enorme alfa azul. Al llegar a la puerta, acercó la mano a la cadena, pero, antes de llegar a tocarla, el candado se desprendió y la masa metálica cayó al suelo produciendo un golpe seco. A Uriel le temblaba todo el cuerpo. Posó su mano derecha sobre la corroída superficie de la puerta. Empujó.
La expresión de estupefacción que había adquirido Uriel aún permanecía en su rostro cuando oyó, a sus espaldas, como se cerraba la enorme puerta metálica. Se volvió rápidamente. La puerta era blanca y lisa, no había ni rastro de oxido. Lo mismo ocurría con el resto de la enorme sala que se extendía ante los ojos del joven que todavía mantenía la boca abierta. Las paredes, el suelo y el techo eran de color blanco inmaculado. La habitación era muy luminosa, pero no había un sólo foco, la luz blanquecina que iluminaba todo parecía surgir de la nada. Aún así, lo que más impresionó a Uriel fueron las innumerables ventanas que se repartían por los muros. Sin saber muy bien por qué se acercó a una de ellas. Lo que veía a través del cristal no era la calle que había delante de la ruinosa nave industrial. El Sol le cegaba y lo que podía distinguir eran animales salvajes, animales que sólo había visto en el zoo, en fotografías o en un documental. Ante él se paseaban leones, cebras, jirafas,... Antes de que pudiese reaccionar la imagen había cambiado y lo que le mostró la ventana fue una enorme extensión de agua. A lo lejos, en el horizonte, veía lo que parecía un trecho de tierra, en su opinión, una isla. El paisaje dentro de aquella estructura poligonal cambió y le mostró el interior de una casa, para ser exactos el salón. La habitación estaba desierta, pero la televisión permanecía encendida.
-¿La BBC?
-Sí, la BBC, la CNN, TVTokyo, MTV y todas las que tú quieras si tienes la suerte de ver reflejada una imagen de este tipo-el Ángel que se le había aparecido la noche anterior permanecía a su lado mirando fijamente lo que mostraba la ventana.
Uriel estaba tranquilo, no le había alterado la repentina aparición del ser. Lo único que le sorprendió fue que la cabellera de aquel ser no era sólo oscura, como creyó ver la noche anterior, sino que era de color azul marino.
-Sabía que vendrías-dijo el Ángel sin mirarle-. Sígueme.
-Espera-pidió Uriel- ¿Estamos dentro de la nave trece?¿Se puede saber qué son estas ventanas?¿Me puedes decir quién eres y qué hago aquí?
Una sonrisa se dibujó en los labios de aquel ser que ya avanzaba con paso firme adentrándose en la nave.
-No seas impaciente-dijo el Ángel-. Por ahora te diré que, como pone en la tarjeta que te di, me llamo Jehudiel. Y ahora, sígueme, por favor.
La selva, Nueva York, el interior de una pelota, la aurora boreal, un parque de atracciones, el campo, un volcán, una azotea en lo alto de un alto edificio, una autopista, una casa en llamas, un cajón, un cometa, los espacios en blanco de un libro,... Las imágenes se sucedían a una velocidad de vértigo en los centenares de ventanas que iban del suelo al techo y Uriel ya no sabía donde posar la mirada. Llevaban casi diez minutos andando, en silencio, pero Uriel no se atrevía a decir nada, se limitaba a seguir en silencio a su guía, cuyas alas se mecían a cada paso que daba. Un cable telefónico, la guerra, un dibujo animado, el interior de una célula, una enorme sala llena de estatuas, un agujero negro, la cara de una persona que parecía leer algo interesante, dos personas haciendo el amor... Llegaron al final de la nave. Uriel miró atrás. No se veía la entrada. El joven prefirió no preguntar. Jehudiel abrió una puerta.
-Pasa por aquí.
La puerta se cerró detrás del chico y el Ángel. El Sol, una mariposa, alguien temblando en un rincón de una habitación a oscuras, un muerto, la cima de una montaña nevada, una enfermedad, su remedio, un martín pescador, una rosa, una espada, un sala de reuniones con cuatro tronos, un niño hambriento, otro naciendo, un enorme libro dorado...
-Siéntate-dijo Jehudiel señalando la mesa y las dos sillas que presidían la estancia.
Jehudiel parecía simpático y afable. En todo momento mantenía una sonrisa en los labios y hablaba con un tono pausado y tranquilo, ni muy alto ni muy bajo. A diferencia del resto de la nave industrial, aquella sala parecía el salón de un apartamento. En la pared opuesta a la puerta por donde había entrado, Uriel observó otra ventana cambiante, pero esta vez era considerablemente más grande. El adolescente, al que empezaba a bailarle la cabeza, se sentó sin dejar de mirar la ventana. Jehudiel corrió una cortina que tapó la vista de un arrozal chino.
-¿Quieres tomar algo?-dijo abriendo una pequeña nevera.
-No. Quiero respuestas-fue la brusca respuesta que obtuvo de Uriel.
-Y las tendrás. Toma-Jehudiel le acercó lo que parecía un refresco con gas mientras se sentaba en la silla libre-. Primero te diré dónde estamos. Este lugar es conocido como el Punto Alfa.
-¿Cómo?-preguntó Uriel mientras abría la lata de refresco- Parece el nombre de una discoteca.
Jehudiel dejó escapar una carcajada.
-Aprecio tu sentido del humor, pero no te acercas en nada a lo que este lugar es realmente.
Uriel le dio un trago al refresco. Miró la boquilla de la lata. El refresco era de un extraño color azul, pero tenía buen sabor.
-¿Has visto las ventanas de ahí afuera?-preguntó el Ángel sin esperar respuesta- Pues sirven para ver todos los rincones del Universo.
-Eso es imposible-sentenció Uriel.
-Difícil, pero no imposible-dijo Jehudiel-. En todo el mundo hay cuatro puntos como este. Son naturales. Nadie sabe como surgieron. Antiguamente, las imágenes aparecían mezcladas en un solo punto. Con el tiempo, gracias a los avances tecnológicos, hemos conseguido separar las imágenes y hacer que aparezcan en visores diferentes. Los visores son esas ventanas.
Unos instantes de silencio siguieron a la explicación.
-No acabo de entenderlo, pero no importa-Uriel decidió dejar el tema así-. Pero, ¿has dicho que hay cuatro Puntos Alfa?
-Sí, hay un Punto Alfa por cada Ángel Buscador, que es lo que soy yo.
-¿Un Ángel que?-el adolescente empezaba a creer que había perdido el juicio.
-Un Ángel Buscador-contestó Jehudiel-. Y tú eres lo que andaba buscando.
Uriel se estaba inquietando. Dio un trago a la bebida. Su cerebro no acababa de procesar toda la información que estaba recibiendo. Tanto él como Jehudiel estaban callados. El Ángel Buscador esperaba alguna reacción por parte de su presa. Uriel no podía ni pestañear. ¿Qué le había estado buscando?¿Ángeles?¿Lugares misteriosos?¿Qué pintaba él en esta historia?¿Estaría soñando? Permanecía allí sentado con la cabeza gacha mirando la lata de refresco azul.
-Un Ángel Buscador...-susurró- ¿Qué es eso?
-Los Ángeles Buscadores somos los encargados de encontrar a los Ángeles Restauradores-dijo Jehudiel.
-¿Y eso son?-preguntó Uriel que empezaba a impacientarse.
-Deberías saberlo, eres uno de ellos.
La estupefacción se reflejaba en el rostro del muchacho.
-Por eso dices que me buscabas?
-Sí, eres un humano privilegiado que posee casi las mismas capacidades que los Ángeles y que está destinado a renovar la raza de los Ángeles Herederos.
Uriel dio otro trago. Era un Ángel Restaurador con poderes que tenía que renovar una extraña raza. Creyó enloquecer. Jehudiel esperaba otra pregunta del chico, pero no la obtuvo.
-Los Ángeles Herederos-siguió- son una raza formada hace eones por la unión de Ángeles con humanos. Tienen la capacidad de controlar los elementos, como los Ángeles, pero su vida es corta, como la de los humanos.
Uriel, ante la sorpresa de Jehudiel, empezó a reírse.
-¿Se puede saber de que te ríes?
-¿Me estás tomando el pelo, no?-dijo Uriel mientras se reía- ¿Dónde está la cámara oculta?
-Lo que te estoy explicando es muy serio.
-¿Pero cómo pretendes que me crea todo eso?-le reprochó el joven- ¿Humanos que se unieron con Ángeles y que tienen poderes?¿Qué controlan los elementos? Mira, me parece muy bueno para una película, pero yo tengo cosas más importantes que hacer.
Jehudiel no dijo nada. Uriel se levantó de la silla y comenzó a andar. En el instante en que se disponía a tocar el pomo de la puerta, algo que le hizo sentir un bajón de la temperatura a su alrededor le pasó a toda velocidad rozándole la mejilla. El chico se quedó paralizado al instante. A duras penas logró mover el cuello para descubrir el proyectil clavado en la madera. Una estaca de hielo permanecía inerte ante sus ojos. El corazón le iba a toda velocidad. Aquello había estado a punto de matarle. Uriel se giró. Jehudiel estaba de pie al lado de su silla con la mirada fija en el adolescente y el brazo derecho apuntando hacia él. La palma de su mano, abierta, dirigida al frente, brillaba con una luz azulada que la envolvía por completo. La expresión de su rostro había cambiado. Jehudiel se mostraba serio e imponente.
-Siéntate-le ordenó el Ángel con una voz grave y potente.
Uriel no le hizo esperar y se sentó mientras creía que el corazón se le iba a salir del pecho.
-En ningún momento he pretendido darte, no me has dejado otra opción-se excusó Jehudiel-. Después de esta demostración, espero un poco de interés por tu parte.
Uriel asintió.
-Como veo que estás un poco perdido, comenzaré por el principio-continuó el Ángel Buscador recuperando un tono suave y tranquilo-, pero no quiero ni una sola pregunta hasta que yo te lo diga.
El chico asintió de nuevo.
-Espero que no tengas prisa porque es una historia muy larga-dijo-. Al principio la oscuridad lo cubría todo en la llamada No Existencia. La No Existencia era un punto muerto en el plano temporal, donde el tiempo no transcurría y permanecía a la espera. Cuando el tiempo se desestancó, un punto de luz creciente destruyó la oscuridad que reinaba en la No Existencia, dejando paso a un estallido que liberó todos los colores que la imaginación puede alcanzar. Los colores se disolvieron...
3. Un nuevo universo. El Portal (1ª parte) <a name="3"></a>
-...y este suceso desencadenó la Guerra Eterna.
Jehudiel calló. A Uriel le parecía que estaba acudiendo a una clase de Historia donde no entendía nada y no le dejaban preguntar. El Ángel Buscador llevaba cerca de una hora explicando el origen de un mundo llamado Ánguelos y Uriel tenía que creer todo lo que le había contado hasta ahora aunque le pareciese un relato fantástico.
-Bien-dijo Jehudiel-, ahora puedes preguntar.
En esos momentos, tantas preguntas rondaban por la cabeza del joven que no sabía por dónde empezar.
-Por lo que has explicado, según el color de tus alas, debes de ser un Ángel de Agua, ¿no?-empezó.
-Sí.
Uriel se acabó el refresco azul de un trago. Aquel ser que tenía delante podía controlar a su antojo el agua. Ahora entendía de donde había salido aquel carámbano de hielo.
-A ver-continuó-, ¿dónde está Ánguelos?
-Bueno...-dudó el Ángel por unos instantes-, se podría decir que es un mundo paralelo al que tu conoces, como una dimensión superpuesta. La verdad es que nadie sabe exactamente como están situados los dos mundos en el espacio, pero más tarde te explicaré que dice el Gran Libro sobre el tema.
-Y es de ese lugar de donde provienen los Ángeles, ¿no?
-Sí-contestó Jehudiel.
-¿Y cómo llegasteis a este mundo?-preguntó Uriel que, sin saber porque, empezaba a encontrar el tema muy interesante.
-Eso te lo explicaré más tarde.
Jehudiel acercó su silla a la Uriel y le miró fijamente a los ojos.
-Primero tengo que asegurarme de que has entendido lo que te he contado hasta ahora-dijo el Ángel Buscador muy serio.
Uriel asintió. No le acababa de quedar claro que pintaba él en toda esa historia, pero la mirada de Jehudiel le transmitió que, fuese lo que fuese, debía ser importante.
-Lo que te he explicado es la creación de mi mundo según está escrito en el Gran Libro-Jehudiel continuó con la explicación-. Como ya he dicho, el punto más importante de este libro es el Principio de Discordia. Uriel, ¿conoces los cuatro elementos que veneraban los antiguos habitantes de este planeta?
Uriel asintió y dijo:
-Fuego, Viento, Tierra y Agua.
-Estos cuatro elementos-explicó el Ángel- lo componen todo en Ánguelos y, según el Principio de Discordia, mantienen una lucha perpetua para mantener el orden de nuestro mundo. Pero, para que se produzca esta batalla, los seres pertenecientes a cada elemento deben enfrentarse entre ellos para transmitirles energía.
-Comprendo-interrumpió Uriel-. Pero, ¿quién querría vivir en un mundo en constante guerra?
Jehudiel parecía extrañado ante aquella pregunta.
-Vosotros, los humanos-contestó-. Vosotros vivís en un mundo lleno de guerras, como nosotros. Pero a diferencia de vosotros, nosotros lo hacemos por la supervivencia de nuestro universo, no por poder.
Uriel no pudo revocar esta afirmación. Simplemente bajó la cabeza y permaneció en silencio. Sabía perfectamente que Jehudiel tenía razón. Sólo tenía que ver las noticias un día cualquiera.
-Bueno-continuó el Ángel Buscador notando la tensión que se había creado-. ¿Entiendes el Principio de Discordia y por qué los clanes de Ángeles estamos en constante lucha?
-Sí-afirmó Uriel-. Lucháis para transmitir energía a los elementos que sostienen Ánguelos. El Gran Libro sólo fue el detonante que utilizó el Ángel Primigenio para dar inicio a la Guerra Eterna.
Jehudiel se quedó paralizado. Nunca había visto el hecho que desencadenó la guerra de aquella forma. En cambio, aquel humano lo había deducido al instante. Realmente, ahora que lo pensaba, Uriel tenía razón. Todo en su mundo parecía ser voluntad del Ángel Primigenio, incluso la guerra. Aquel humano no era como los anteriores, se convertiría en un buen Ángel Restaurador.
-Bueno-dijo sin acabar de salir de su asombro-, veo que lo has entendido. Me alegro, ya que es vital para que entiendas lo que te voy a contar a continuación.
***
La guerra se extendió por todos los rincones de Ánguelos. Los Puntos Sagrados se habían convertido en fortalezas. Los clanes no sólo luchaban entre si, sino que, incluso dentro de una misma tribu, las luchas de poder eran constantes y los Ángeles Máximos se sucedían uno tras otro a un ritmo trepidante. Las reuniones en el Altar de los Sabios se habían suspendido y el caos y el desacuerdo reinaban entre los Ángeles. En esos momentos el Gran Libro estaba en manos de los Ángeles de Fuego. Tan solo habían pasado setecientos Círculos (vueltas de la Luz Perpetua a través de la Cúpula Superior) desde el Día de Salvación y Discordia, pero el Libro había estado pasando de unas manos a otras a causa de los constantes ataques de unos clanes a otros. En el Gran Libro, el Ángel Primigenio había escrito todos los conocimientos que debían tener los Ángeles, así que, durante los cortos periodos en que el Libro permanecía en posesión de un clan, los sabios elegidos por el Consejo de cada elemento se dedicaban a estudiarlo y a copiar pasajes que creían importantes. Pero el tiempo que tenían para profundizar en estos conocimientos era escaso, por lo tanto, ninguno de los clanes llegó a dominar sus secretos. Entonces, el Libro desapareció.
Los Ángeles de Fuego habían tenido más de veinte Círculos el Gran Libro bajo su poder. Los otros clanes atacaban constantemente sus fronteras con la finalidad de llegar a los Valles Volcánicos y apoderarse de él. Pero el Consejo de Fuego no estaba dispuesto a perder ni el Libro ni territorio, por lo tanto inició conversaciones con el clan de los Ángeles de Viento llegando a un acuerdo según el cual una tropa de Ángeles de Fuego llevaría el Gran Libro a la Montaña Tempestad, donde los sabios de cada clan estudiarían unidos los conocimientos contenidos en el volumen. Así, los Ángeles de Agua se aseguraban los conocimientos del Libro y se ahorraban ataques a sus tierras. El traslado de la preciada fuente de conocimiento se mantuvo en alto secreto. Sólo los Consejos de Fuego y de Viento, los sabios de estos dos clanes y algunos Ángeles Soldado conocían la fecha y la ruta que seguiría la tropa encargada de custodiar el Gran Libro. Pero los Ángeles de Viento son ambiciosos y actúan únicamente por su propio beneficio, carecen de honor o palabra, y los Ángeles de Fuego comprendieron demasiado tarde que no se debe confiar en ellos. Una vez el plan de traslado quedó pactado, los Ángeles de Viento no dudaron un instante en hacer una oferta a los mayores enemigos de los Ángeles de Fuego, los Ángeles de Agua. Desde el Día de Salvación y Discordia, cuando un Ángel de Agua asesinó al Ángel Máximo de Fuego, estos dos clanes se profesaban un odio mutuo que les llevaba a luchar allí donde se encontrasen, aunque ninguna de las dos tribus hubiese actuado contra la otra. Los Ángeles de Viento aprovecharon esta situación y consiguieron que los Ángeles de Agua les prometiesen el dominio de los Valles Volcánicos a cambio del Gran Libro. Así, el día del traslado, una vez la tropa de Ángeles de Fuego que llevaba el Gran Libro se encontraba en los dominios del clan de Viento, los Ángeles de Agua, que habían recibido la ruta de manos de los Ángeles de Viento, atacaron. La Batalla de la Pérdida fue larga y cruenta. El Consejo de Fuego había encargado la escolta del Gran Libro a los mejores Ángeles Soldado que tenían, pero el numero de Ángeles de Agua era considerablemente mayor y cayeron derrotados pese a su férrea defensa.
A pesar de la victoria, los Ángeles de Agua no lograron su objetivo. Registraron una y otra vez todo el campo de batalla pero el Gran Libro había desaparecido. Al parecer, alguno de los Ángeles Soldado de Fuego había logrado huir con él. Pero el Consejo de Agua sabía que la fuerza militar del clan de Fuego había menguado y también conocía el valor que los Valles Volcánicos tenían para el enemigo, así que les envió un ultimátum: o les hacían entrega del Gran Libro o invadirían sus tierras hasta arrasar los Valles Volcánicos. El Consejo de Fuego envió un mensajero tras otro diciendo que no tenían el Libro. Como única respuesta obtenían las alas del enviado. Finalmente, un numeroso ejercito formado por los mejores Ángeles Soldado de los clanes de Agua y Viento iniciaron una ofensiva que hizo retroceder, poco a poco, al ejercito de Fuego. Los Valles Volcánicos fueron ocupados y sus habitantes y los Ángeles Soldado supervivientes se refugiaron en la fuente de un río que se encontraba no muy lejos de allí, el Río Caído, que recibía su nombre de la enorme cascada que se formaba en su nacimiento. Los Valles Volcánicos era una zona árida, formada de material volcánico con el que los Ángeles de Fuego habían construido sus altos y majestuosos edificios negros. Tenían las ventanas muy pequeñas y la Luz Perpetua cegaba al reflejarse en sus muros. El Río Caído era la única fuente de vida de la zona y sus márgenes estaban repletos de cultivos. En la ladera del Volcán Pireo se alzaba la fortaleza donde habitaban el Consejo de Fuego y los Ángeles de categoría superior. Esta fortaleza fue registrada repetidas veces por los invasores, sin resultado. Al fin y al cabo, el clan de Fuego había dicho la verdad y no tenía el Gran Libro. Al poco, los Ángeles de Fuego refugiados en el nacimiento del Río Caído lanzaron un ataque desesperado por recuperar sus dominios. Milagrosamente, vencieron a los Ángeles de Agua y de Viento que quedaban en la región y consiguieron una progresiva restauración de la normalidad. El Gran Libro se había dado, definitivamente, por perdido.
La Guerra Eterna continuó. El resentimiento de los Ángeles de Fuego por los de Agua había aumentado a causa de la invasión que habían sufrido. Por su parte los Ángeles de Agua, aliados con el clan de Viento, no acababan de creerse que el Consejo de Fuego no tuviese el Libro y decidieron que, para tender una amplia red de espionaje, invadirían las Cuevas Eternas pertenecientes a los Ángeles de Tierra. Así, el clan de Fuego defendía como podía sus fronteras de los ataques de la coalición formada por los Consejos de Viento y Agua, mientras estos últimos presionaban a los Ángeles de Tierra. Pero de nuevo salió a relucir la personalidad interesada propia de los Ángeles de Viento. Ahora que ya no podían poseer los Valles Volcánicos, su alianza con el clan de Fuego se resquebrajaba por momentos, hasta que, finalmente, se produjo la traición. El Consejo de Viento entabló negociaciones con los Ángeles de Tierra para hacerles entrega de información sobre los planes de ocupación del clan de Agua a cambio de minerales preciosos procedentes de las Cavernas Eternas. Los Ángeles de Agua se caracterizaban por su política expansionista y violenta, pero no por ello menos elegante y eficaz. Su orden social era estricto y, gracias a él, habían logrado un momento de esplendor económico, político y cultural. Por otra parte, el clan de Fuego siempre había sido tachado de rebelde e idealista, ya que su único propósito era vivir tranquilos en sus tierras. No acostumbraban a seguir normas establecidas y su sociedad se regía por la ley del más fuerte, dando gran importancia al valor y el sentido del honor. El poder y la riqueza era el motor de la sociedad de los Ángeles de Viento y no les importaba romper pactos y alianzas para alimentar su vanidad. En cambio, los Ángeles de Tierra eran cultos e inteligentes, pacíficos. No eran expansionistas, militaristas o interesados, sólo luchaban en sus fronteras para defender su territorio. Su ejercito no era numeroso, pero era sometido a la mejor preparación posible en Ánguelos. Comprometidos con la cultura y la investigación científica, también creían en el culto al cuerpo, por lo que disponían de una inigualable forma física. Aún así iban cediendo ante los ataques del clan de Agua, por lo que aceptaron el trato con el Consejo de Viento. Gracias a esto ganaron la batalla.
Continua en la página 3 (http://www.elrincondelmanga.com/index.php?name=PNphpBB2&file=viewtopic&p=16437#16437) de este tema
Obra registrada en Creative Commons, Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 España
Lo que leereis (si quereis) a continuación es una historia en la que llevo mucho tiempo trabajando. Es mi mejor história hasta la fecha. La historía ocupa tres volumenes, con lo que es una trilogía. No sé si la acabaré, pero estoy en ello. No es un fanfic propiamente dicho, así que, en el título del tema, he puesto narrativa. Y si no es un fanfic, ¿qué pinta aquí? Pues, simplemente, porque creo que mi imaginario tiene muchas influencias del manga y siempre he pensado que me guataría que, algún día, se hiciese un manga basado en una de mis historias ^^. Sin más preámbulos, aquí teneis la historia. Me encanta que dejeis comentarios, así que, ya sabeis... XD
Aviso: es muy larga...
INDICE
<a href="#Prólogo">Prólogo</a>
<a href="#1">1. Una vida normal. Amnesia</a>
<a href="#2">2. Punto Alfa. Los Ángeles Buscadores</a>
<a href="#3">3. Un nuevo universo. El Portal (1ª parte)</a>
Continua en la página 3 (http://www.elrincondelmanga.com/index.php?name=PNphpBB2&file=viewtopic&t=1518&start=30) de este tema
ESLABÓN Vol 1 (Preludio)
Autor: Rubén Carrasco Picazo
Género: Fantástico
Prólogo <a name="Prólogo"></a>
Primero, oscuridad. Una oscuridad impenetrable que nadie conocía y nadie conocería nunca, porque en aquel lugar nada existía todavía. La No Existencia era un punto muerto en el plano temporal, donde el tiempo no transcurría y permanecía a la espera.
Cuando el tiempo se desestancó, un punto de luz creciente destruyó la oscuridad perpetua que reinaba en la No Existencia, dejando paso a un estallido que, en un segundo, liberó todos los colores que la imaginación puede alcanzar. Los colores se disolvieron y millones de puntos luminosos cubrieron todo. Eran parecidos a las estrellas, pero, a diferencia de éstas, se podían tocar porque estaban incrustados en una superficie plana: parecían pintados en una pared.
En el lugar de la superficie donde explotó la luz, había aparecido un ser, que observaba con curiosidad, a la tenue luz de los puntos luminosos, su cuerpo desnudo, semejante al cuerpo de lo que nosotros conocemos como “ser humano”. Permaneció así tiempo incalculable, hasta que descubrió algo que le sobresalía de la espalda: cuatro grandes alas de pluma, suaves y esponjosas, que podía gobernar a su antojo. Las alas estaban situadas en cuatro puntos de la espina dorsal: dos arriba y dos abajo, a la altura de los omoplatos. De color plateado, las argénteas alas emitían un brillo cegador, capaz de iluminar veinte metros a la redonda. Pronto descubrió que le permitían volar y comenzó a dar vueltas por aquella vasta superficie vacía.
De repente, se paró. Observó su entorno con minuciosidad y se percató de que aquel espacio parecía el interior de una esfera. Largo tiempo estuvo pensando en este hecho y, sin saber como o porque, adquirió todos los conocimientos pasados, presentes y futuros, todos los conocimientos sobre su ser, su causa y su motivo de existencia. Sabía que él era el Ángel Primigenio y que, en su interior, albergaba cuatro elementos: Fuego, Viento, Agua y Tierra; y que, con ellos, tenía que crear seres a su imagen y semejanza, seres casi inmortales, de porvenir incierto, pero destino marcado. Extrajo los elementos de su interior y los separó. Por cada uno, creó cuatro seres con alas, a los que bautizó como Ángeles. Como su creador, tenían aspecto de hombres altos y esbeltos, con alas carmesí unos, representantes del Fuego; los segundos, con alas violeta, representantes del Viento; los terceros con alas azules, representantes del Agua; y, por último, los representantes de la Tierra, con alas amarillentas. Eran seres racionales, pero aun no conocían sentimiento alguno. Su única función, por ahora, era seguir las órdenes del Ángel Primigenio para transformar aquel espacio vacío, llamado Esfera Inicial, en un lugar habitable.
En primer lugar, ordenó a los ángeles de Fuego que creasen la Luz Perpetua, que, dando vueltas por el interior de aquella esfera, iluminaría hasta el día de la destrucción de aquel mundo. Así lo hicieron y, al poco, los puntos de luz que habían gobernado hasta entonces los límites de aquel universo se vieron eclipsados por el resplandor de la Luz Perpetua y sólo podían verse cuando ésta, siguiendo su camino, se alejaba lo suficiente. Después, mandó a los ángeles de Tierra crear un bloque de dura roca que partiera por la mitad el interior de la Esfera Inicial. Una vez acabada la tarea, la parte que quedó bajo la capa de roca recibió el nombre de Semiesfera Oculta, ya que no volvería a ser vista por ojo alguno. Más tarde, los representantes del Agua regaron con su elemento la superficie de tierra y, por todas partes, creció la flora más bella nunca imaginada y se extendió el líquido elemento por grietas y valles hasta crear mares, ríos y fuentes de límpidas aguas. Por último, los ángeles de Viento originaron los fenómenos atmosféricos, cosa que permitió, junto con el agua, la aparición de organismos vivos evolucionados, una fauna diversa y magnífica. Así fue como los primeros habitantes de Ánguelos, o el Mundo Angelical, construyeron lo que se conoce como Cúpula Superior, semejante a nuestro cielo, y Llanura Inferior, donde los ángeles establecieron su residencia.
El Ángel Primigenio creó más individuos de cada elemento, tantos como la Llanura Inferior fuese capaz de abastecer, y los separó en cuatro comunidades. Cada comunidad controlaba una zona de la Llanura Inferior: los Lagos Profundos, que se decía que penetraban en la Semiesfera Oculta, fueron el dominio de los ángeles de Agua; a los ángeles de Fuego les correspondieron los Valles Volcánicos, que, constantemente, emanaban fuego por grandes cráteres; la Montaña Tempestad, en cuya cima se había instalado una tormenta perpetua, fue designada a los ángeles de Viento y los ángeles de Tierra habitaron en las Cavernas Eternas, que conectaban, a través de cuevas, todos los rincones de la Llanura Inferior. Estos lugares eran Puntos Sagrados, donde no podía entrar ningún ángel de otro elemento que no fuese el dominante, salvo con un permiso.
Era deseo del Ángel Primigenio crear un mundo de paz y cooperación, pero él, que todo lo conocía, sabía que su utopía estaba destinada a desembocar en el desmoronamiento de Ánguelos. Aún así, intentó hacerlo realidad, comenzando por conceder a los ángeles únicamente los dones y sentimientos buenos, guardando todos los males hasta el momento necesario. El Ángel Primigenio enseñó muchas cosas más a los ángeles e hizo mucho por ellos, pero sabía que se le acababa el tiempo y, por eso, empezó a escribir los conocimientos que deseaba transferirles en un libro.
Los ángeles habían sido divididos en cuatro clanes que tenían el deber de aprender a autogobernarse. Por aquel entonces los clanes compartían todo lo que tenían y no eran más que agricultores y ganaderos. El Ángel Primigenio hizo llamar a los cuatro ángeles más sabios de cada comunidad, los que había creado primero, y les nombró gobernadores de los suyos. Estableció que tres ángeles de cada consejo serían Ángeles Consejeros y el restante recibiría el cargo de Ángel Máximo y sería el presidente. Cada cien días los cuatro Ángeles Máximos se reunirían para tratar los temas comunes de todos los clanes en el Altar de los Sabios, un lugar donde los elementos no consiguieron llegar durante la creación de Ánguelos y que mantenía la pureza de la Esfera Inicial. Nadie, excepto estos ángeles y el Ángel Primigenio, conocía el emplazamiento de este lugar, pero se creía que estaba situado en el centro de la Semiesfera Oculta. Cómo llegar, nadie lo sabía. El resto de ángeles debían obedecer a sus respectivos Consejos.
Entonces llegó el Día de Salvación y Discordia. No se sabe cuánto tiempo había transcurrido desde la creación de Ánguelos, ya que, hasta aquel día, los ángeles no le daban importancia al tiempo. Pero ocurrió lo inevitable: la Luz Perpetua se detuvo en lo alto de la Cúpula Superior y la Llanura Inferior empezó a resquebrajarse. Las aguas empezaron a hervir bajo la constante exposición al calor del cuerpo incandescente, los Valles Volcánicos se derrumbaban por la presión de la lava que ascendía desde la Semiesfera Oculta, las riadas que descendían desde lo alto de la Montaña Tempestad eran incontenibles y ríos y mares se desbordaban mientras el fuerte viento arrasaba las costas en forma de tornados.
El Ángel Primigenio se lamentaba de lo ocurrido. Aunque sabía que el destino de aquel mundo no era perdurar, todavía no era el momento de su destrucción y tenía claro lo que debía hacer. Convocó a todos los ángeles para celebrar una reunión urgente en una verde y extensa explanada situada justo en el centro de la Llanura Inferior, por lo tanto, medianamente estable, sin temblores o tormentas. Para cuando quiso empezar la reunión, justo en el punto opuesto de la Cúpula Superior donde se hallaba suspendida la Luz Perpetua, había aparecido una mancha blanca que crecía a un ritmo preocupante engullendo todo a su paso. Si no encontraban una solución, pronto se tragaría todo. Los ángeles estaban perplejos, no sabían qué ocurría y no conocían el miedo.
-¡Por favor, un poco de atención!-gritó el Ángel Primigenio para asegurarse de que todos le escuchaban.
Los ángeles desviaron la mirada de la mancha blanca y se dirigieron al lugar donde se había situado su creador, formando un círculo a su alrededor.
-Como veis, Ánguelos se desmorona y, si no actúo, acabará destruido.
El silencio más absoluto reinaba en el lugar y un escalofrío recorrió a todos los presentes, por primera sintieron lo que era el terror. El Ángel Primigenio prosiguió:
-Salvar este mundo requiere sacrificios. Primero el mío...-los murmullos de los presentes le interrumpieron. Volvió a hacerse el silencio- ...y, pronto, el de muchos más.
Los murmullos volvieron a interrumpirle. Se adelantó el Ángel Máximo de Tierra y dijo:
-¿A qué se refiere Creador?
-Hay algo más que debéis saber y que, si deseáis sobrevivir, se convertirá, a partir de ahora, en vuestra ley principal. Este es el Gran Libro-con un gesto de su mano un enorme libro de tapas doradas apareció, flotando, delante suyo-. En él podréis encontrar todo lo que me gustaría que supieseis y que no os he explicado. El punto más importante es el Principio de Discordia, que rige nuestro mundo y sobre el cual se sustenta la existencia de Ánguelos.
Mientras hablaba, la mancha blanca seguía extendiéndose. Todos escuchaban con atención e interés.
-Cuatro elementos –continuó-, representados por cada uno de los clanes, forman el Mundo Angelical. Estos elementos se encuentran en una lucha constante y adquieren su energía de los seres vivos pertenecientes a su elemento, a la vez que la energía liberada en esta lucha sostiene Ánguelos. He pretendido crear una sociedad de paz y armonía, pero no lo he conseguido. Ahora, para evitar que este lugar sea destruido definitivamente, debéis llevar a cabo una guerra de clanes, de lo contrario, vuestra energía no llegará a los elementos y estos no podrán continuar su lucha, cosa que daría lugar a la caída de este mundo.
Los ángeles, alarmados, empezaron a gritar y a agitarse.
-¡Eso es imposible!-gritó el Ángel Máximo de Fuego, que se adentró en el círculo- ¡Nada nos enfrenta!
-¡Diría más!-dijo el Ángel Máximo de Viento- ¡Es mucho lo que recibimos los unos de los otros!
Los presentes aplaudieron esta última intervención.
-¡Está bien!¡Pero no hay otro remedio!-se impuso el Ángel Primigenio- Esta guerra os causará dolor, un término cruel que todavía os es desconocido, pero quiero que sepáis que un día regresaré y acabaré con vuestro sufrimiento. Traeré la Concordia.
-¿Cuándo será eso?-preguntó el Ángel Máximo de Agua.
-Todo está en el Gran Libro-fue la respuesta del Ángel Primigenio-. En cuanto me vaya deberéis decidir qué clan debe custodiarlo.
Seguidamente, y sin dar tiempo a más comentarios, voló veloz hacia la mancha de la Cúpula Superior, cuyas dimensiones eran ya más que considerables, a la par que liberaba sobre las cabezas de los ángeles los males que con tanto recelo había custodiado hasta la fecha.
-Con esto y la decisión de quién se queda el libro, se iniciará la guerra-se dijo el Ángel Primigenio-. Por favor, perdonadme.
Desde la explanada, los habitantes de Ánguelos observaban como su creador se acercaba rápidamente a la mancha blanca, mientras la Luz Perpetua se reflejaba en sus plateadas alas, y colisionaba con ella. Hubo una explosión y una luz cegadora cubrió hasta el último rincón del Mundo Angelical. Un grito se ahogó en la garganta de los atónitos espectadores. Cuando la luz se disipó, la Luz Perpetua continuó su camino a través de la Cúpula Superior y la Llanura Inferior recuperó su aspecto. Los ángeles miraron hacia el lugar donde había desaparecido el Ángel Primigenio. Sólo quedaba un pequeño y redondo cerco blanco en la Cúpula Superior, al que, al ver que no crecía, no dieron más importancia. Tenían cosas más importantes que hacer. Los males habían calado hondo en sus corazones.
-¡Nosotros, como creadores de la Luz Perpetua, somos los destinados a custodiar el Gran Libro!-sentenció el Ángel Máximo de Fuego mientras se acercaba al centro del círculo y extendía el brazo para alcanzar el Libro.
De pronto un carámbano de hielo salió disparado de entre la multitud y, golpeándole en la espalda, atravesó el pecho del Ángel Máximo de Fuego, que cayó muerto al lado del Gran Libro.
-¡Tendréis que ganaros ese privilegio!-dijo fríamente un ángel de Agua saliendo de entre la muchedumbre con el brazo derecho apuntando al lugar donde se hallaba el cadáver.
La Guerra Eterna había estallado.
1. Una vida normal. Amnesia <a name="1"></a>
El tenue resplandor del Sol matinal atravesaba las finas rendijas de la persiana bajada. La oscuridad envolvía todos los pliegues de una sabana que se agitaba sobre la cama en el centro de la habitación. El ruidoso aparato había empezado a sonar casi media hora antes de que una mano lo agarrase con fuerza justo antes de lanzarlo contra la pared que se extendía más allá del armario. Se abrió la puerta.
-¡Contigo no ganamos para despertadores!-gritó una mujer enfundada en una bata de estar por casa- ¡Levántate de una vez o llegarás tarde!
El joven de pelo alborotado se incorporó mientras oía pasos agitados alejarse por el pasillo. Acercó la mano a la mesilla con intención de mirar la hora en el despertador. Un resoplido escapó de su boca percatándose de lo que acababa de hacer. Se dirigió al baño. Se lavó la cara y, después de secarse, se quedó atontado observando su reflejo en el espejo. Odiaba esos pelos, hasta la fecha: indomables, así que ni siquiera intento peinarse. Se vistió y corrió a la cocina.
-Son menos diez-comentó su madre con tono indiferente.
-¿Qué?-exclamo el chico despertando de golpe mientras se apresuraba a buscar algo por toda la cocina.
-En la mesa del comedor-dijo la mujer sin inmutarse mientras echaba café en una taza.
Efectivamente, allí se encontraban sus llaves. Las metió en un bolsillo de su mochila.
-¡Adiós!-se despidió dando un portazo tras de sí.
-¡Uriel!-llamó una aguda voz a lo lejos.
Uriel se giró. Una chica corría hacia él, que se había parado al verla.
-Hola-dijo el chico cuando la tuvo al lado, empezando a caminar.
-Te tendrías que peinar-aconsejó la joven.
Silencio. No volvieron a comentar nada hasta que llegaron a la puerta del instituto.
-Uriel...-comenzó a hablar la chica morena de ojos oscuros en un tono casi imperceptible- Quería darte las gracias por...
-No importa-le corto el muchacho sin ni siquiera mirarla-, vamos a olvidar ese asunto, ¿de acuerdo?
Un joven elegante y atractivo, que observaba la escena desde lejos, se acercó.
-¡Buenos días!-canturreó intentando tranquilizar el ambiente.
-Hola-dijo fríamente la chica que entró al edificio de mal humor.
Los dos chicos se miraron un instante. Comenzaron a andar en dirección a la puerta.
-¿Todavía le dais vueltas al tema?-interrogó el muchacho elegante con cara de circunstancia.
-No lo se-fue la insegura contestación que dio Uriel.
-Pues ya es hora de que lo olvidéis, los dos-le exhortó el joven a su amigo-. Sé que...
-¡Tú no sabes nada, Dan!-le cortó nervioso Uriel mientras aceleraba el paso y le dejaba atrás.
Después de las soporíferas tres primeras horas de clase, Uriel abandonó el aula poniendo rumbo al patio del instituto, donde podría estirar un poco las piernas durante el recreo. Se sentó en uno de los numerosos bancos esparcidos por el amplío espacio. Tenía sueño, como siempre a esa hora. El Sol le daba en la cara, haciendo brillar su oscuro pelo, reflejándose en sus brillantes ojos. Intentó no sucumbir ante la persistencia de Morfeo. No lo logró.
Un enorme desierto de arena rojiza, gobernado por el extenso cielo crepuscular, permanecía en el más absoluto silencio. De pronto, las nubes comenzaron a cubrir con su oscuro manto toda la árida zona. Un destello. Una enorme columna de fuego descendía desde el cielo para posarse en el suelo a tiempo de...
-¡Uriel!
El joven se despertó exaltado, sudando.
-Siempre igual...-dijo la chica abatida- Estabas soñando...
-Lo sé-interrumpió Uriel-, pero no recuerdo el qué...
Se hizo un incomodo silencio entre los adolescentes.
-Tenemos que hablar-comentó Raquel como si fuese la respuesta a un “¿Qué quieres?”.
-Ahora no quiero hablar sobre lo que ocurrió-aclaró Uriel intentando dar el tema por zanjado.
-Pero yo necesito saber...-se puso nerviosa la joven que clavó su mirada llorosa en los verdes ojos de su compañero.
-Me asustaste...
-No puedo disculparme por eso, porque...-susurró la joven mientras dos finas lágrimas bañaban su rostro.
-Me asustaste mucho...-no pudo terminar la frase, ya que Raquel se levantó bruscamente y corrió hacia el edificio mientras se secaba la cara- Me preocupaste...-se dijo el chico mientras la veía alejarse.
Uriel no prestó mucha atención a las asignaturas que siguieron al recreo. Solo podía pensar en lo que había sucedido durante los últimos días.
***
Eran las cinco cuando llegó al parque en el que se encontraban siempre que quedaban. Para sorpresa del chico, Raquel, la siempre puntual Raquel, no se encontraba allí. Esperó. Cinco y diez de la tarde. Se empezaba a inquietar. Cinco y veinte minutos. Decidió echar mano de su teléfono móvil para conocer los motivos de la tan inesperada conducta de su amiga. Desde que la conocía, nueve años, aproximadamente, ella nunca había faltado a una cita, no por lo menos sin avisar con antelación. Un resoplido seguido de un profundo suspiro se escaparon de la boca de Uriel mientras cortaba la grabación que informaba de la indisponibilidad de un teléfono.
-¡¿Desconectado?!-dijo el joven entre la duda y el asombro.
Si algo conocía de Raquel, era que nunca, ni para dormir, desconectaba el móvil. Decidió esperar un poco más. Las seis. Uriel empezó a preocuparse. No podía esperar más. Tecleó en su teléfono el número de casa de Raquel. Esperó impaciente hasta el tercer tono...
-¿Sí?-contestó una voz de mujer al otro lado de la línea.
-¿Esta Raquel?-preguntó el chico.
-¡Uriel!¿La has visto?-gritó la señora con tono visiblemente alterado.
-No...-empezó a preocuparse Uriel- Había quedado con ella y... ¿ocurre algo?
-Sí...-contestó la mujer bajando cada vez más el tono- No sabemos nada de ella desde hace más de veinticuatro horas...-un gemido cortó el discurso.
-¿Qué?
En ese momento Uriel se quedó completamente paralizado. No sabía que decir, no sabía que debía hacer. Oía llorar a la madre de Raquel a través del teléfono y no era capaz de mover ni un solo músculo. Su mente se puso a trabajar de inmediato. Barajaba cientos de posibilidades mientras estaba allí parado. ¿Dónde estaría?¿Qué le podía haber pasado?
-No se preocupe-consoló a la madre de su amiga, aunque, realmente, sólo intentaba tranquilizarse a si mismo-. Mire, voy a mirar en todos los lugares donde solemos ir a ver si alguien sabe algo. Si aparece, haga el favor de llamarme.
Colgó justo después de oír un “vale, gracias”. Se empezaba a nublar y un aire frío comenzó a correr por las calles de la ciudad, silenciosa, en aquellos momentos. Uriel sabía que debía buscar, pero no tenía claro por dónde empezar.
Corrió durante toda la tarde. Fue a todos los lugares donde había estado alguna vez con Raquel. Por desgracia, no la encontró. Se había detenido a contemplar un edificio en construcción situado en primera línea de playa. No era completamente consciente de lo que estaba pasando. No entendía que había desencadenado esta situación. Necesitaba una respuesta. Sólo observaba, con la mirada perdida, el inmenso bloque de oficinas que, según el Ayuntamiento, reforzaría la economía de la zona. Nadie estaba completamente seguro de esta afirmación, pero, por ahora, daba trabajo a mucha gente en aquella ciudad. El mismo padre de Uriel trabajaba en la construcción del bloque que ya contaba con veintidós de las treinta y cinco plantas que tendría. Se encendieron las farolas. Una ráfaga de viento recorrió todas las plantas del esqueleto de hormigón armado y, al llegar al chico, le despertó de su ensimismamiento. Su teléfono sonaba. No sabía exactamente desde cuando. Vio el nombre de su amigo Dan en la pantalla. Descolgó.
-Dime.
-Uriel, Raquel ha aparecido, estoy en el Hospital.
-Voy-fue la única palabra que pudo articular en aquel momento, antes de colgar.
Era domingo, así que los autobuses pasaban, aproximadamente, cada hora y no podía permitirse pagar un taxi, por lo tanto comenzó a correr calle arriba.
Los relámpagos a sus espaldas, sobre el mar, ya le anunciaban que iba a mojarse cuando, después de un trueno, empezaron a caer goterones. Estaba a unos cien metros de la puerta de Urgencias. Lo único que se le ocurrió hacer fue acelerar con la finalidad de no acabar totalmente empapado. Al entrar por la puerta vio a su amigo sentado en una de las sillas de la Sala de Espera. A diferencia de Uriel, Dan parecía tranquilo. Siempre mantenía una curiosa actitud entre el interés y la total indiferencia. Quizá era este el motivo por el que se llevaba tan bien con Uriel, quien siempre destacaba por no ser capaz de controlar sus impulsos. Se complementaban a la perfección. El joven, alto, moreno y de ojos marrones, se levantó al percatarse de la presencia de Uriel y se acercó hasta donde estaba. Antes de que pudiese hablar, su amigo ya le estaba interrogando.
-Tranquilo-dijo elevando el tono para detener la avalancha de preguntas que le estaba cayendo encima.
-¿Dónde está?-ordenó, más que preguntó, Uriel.
-Ven, siéntate...-intentó tranquilizarle Dan- Está bien, pero no dejan pasar a verla, sólo han podido entrar sus padres.
-¿Qué le ha pasado?¿Dónde la han encontrado?-continuó el joven, más tranquilo.
-Al parecer llegó a su casa hace unas dos horas, estaba en estado de shock-contestó su amigo-. No recuerda absolutamente nada de lo que ha ocurrido desde ayer.
-¿Ayer?-se preguntó Uriel- ¿Sabes dónde iba?
-Ni idea.
Estuvieron allí sentados, en silencio, cerca de tres horas, hasta que, ante la imposibilidad de ver a su amiga, decidieron marcharse a su casa. Había parado de llover. Al día siguiente le dieron el alta a Raquel. Los médicos dijeron que estaba perfecta, como mínimo físicamente. La memoria, dijeron, quizá la recuperaría en dos días, en dos años o nunca, así que, probablemente, jamás se supiese que había estado haciendo.
***
Ya habían pasado casi dos semanas desde aquellos acontecimientos y, desde entonces, lo único que hacía Uriel era hacerse preguntas sobre el tema. Por las noches le costaba dormirse y cuando lo hacía no descansaba. Comía poco y mal. Y, aunque a Raquel se la veía estupendamente, él pensaba que ocultaba algo, que recordaba algo que no quería recordar. Por estos motivos Uriel mostraba una actitud tan tosca hacia su amiga. No quería hacer ni decir nada que la incomodase y eso, sin querer, lo traducía en un cierto rechazo y una cierta antipatía.
Dan tenía los mismos miedos e inquietudes que su compañero, pero como siempre no los mostraba. Lo único que él deseaba era que todo fuese de nuevo como dos semanas antes, cuando salían los tres a dar una vuelta intentando olvidar sus monótonas vidas que ahora se presentaban tan desordenadas.
Por su parte Raquel actuaba de forma normal con todos, como si nada hubiese pasado. Pero con sus amigos era diferente. Mientras el resto de personas sólo querían olvidar lo sucedido, Uriel y Dan no parecían darse por vencido y buscaban respuestas, unas respuestas que ella no podía proporcionarles. Ya nada era como antes en su relación con ellos. Se mostraban distantes, precavidos en exceso, y eso a ella le ponía de los nervios. Pretendían que todo fuese perfecto, pero a la vez intentaban descubrir algo de lo ocurrido aquellas veinticuatro horas. Además, Uriel se comportaba de un modo más extraño de lo normal. Ella sabía que era porque estaba preocupado, pero no entendía el motivo por el que no era capaz de decírselo. En las últimas semanas habían pasado muchas cosas que no lograba entender. Sin saber porque, de su mente, se había esfumado una parte de su vida. Algo que ella tenía la sensación de que era importante.
***
No eran ni las cinco de la tarde cuando su madre la vino a avisar de que tenía que ir a comprar algunas cosas al supermercado que había a unas cuantas manzanas de su casa. Ella estaba tumbada en la cama, escuchando música, relajada, no le apetecía pensar en nada, así que no le hizo mucha gracia, pero fue. Se vistió con pesadez y fue a peinarse. Al estar frente al espejo pensó que no le quedarían mal una mechas. Después de coger la lista y el dinero que su madre le había dejado sobre la mesa de la entrada, salió por la puerta y decidió bajar por las escaleras. Al salir a la calle se abrochó la chaqueta, empezaba a refrescar. Caminó durante, aproximadamente, cinco minutos. A partir de aquí sus recuerdos comenzaban a fallar. No sabía si había llegado al supermercado, si se había encontrado con alguien, nada.
Raquel caminaba dando tumbos por una acera vacía. No tenía claro porque, pero, aunque no recordaba el paisaje con nitidez, estaba convencida de que se dirigía a su casa. Sentía frío, estaba mojada. ¿Qué hacía allí?¿Qué la había pasado? No podía recordar nada. Se le nublaba la vista. Finalmente, se desplomó al llegar a la entrada de su bloque de pisos. Lo siguiente que recordaba fue su despertar en el Hospital y las innumerables preguntas que le habían hecho médicos, policías y familiares. Preguntas que aún le rondaban por la cabeza. Necesitaba saber que había hecho durante el tiempo que estuvo desaparecida. Tenía la certeza de que se le escapaba algo.
***
Al salir de clase, Uriel no vio a Raquel, al parecer le evitaba. Cuando Uriel le dijo a Dan lo que había ocurrido durante el recreo, este dejó escapar un profundo suspiro.
-Ya sé que no te gusta que me meta, pero ¿pensáis estar así mucho tiempo más?
-Espero que no-contestó el joven, cabizbajo-. Simplemente que en estos momentos no sé como actuar cuando estoy con ella- argumentó.
-Pues como antes de que todo esto pasase-aconsejó Dan con nostalgia.
-Si fuese tan fácil...
Siguieron caminando sin decir nada hasta casa de Dan, donde, en teoría, pasarían la tarde estudiando, aunque la tentación de ponerse a los mandos de la consola les acabaría venciendo.
Eran las nueve cuando Uriel se despidió de su amigo y puso rumbo a su casa que se encontraba a menos de un cuarto de hora de camino. En aquella época, las calles, a esa hora, estaban desiertas. La gente prefería estar en casa, donde, a base de estufas y calefacciones, se podían resguardar fácilmente del frío. El chico de pelo alborotado caminaba pensativo. Acababa de decidir que, al día siguiente, intentaría pedir perdón a Raquel y que intentaría comportarse como si nada hubiese pasado. Tan absorto estaba en estos pensamientos que no se percató de unos ojos que le acechaban des de las sombras de uno de los callejones perpendiculares a la calle por la que caminaba.
Aunque él no lo sabía hacía días que alguien le vigilaba. Quien fuese empezó a seguirle el día que estuvo en el Hospital, desde el momento que abandonó el edificio. Ahora se encontraba allí, escondido entre las sombras, a la espera de que su presa pasase por delante suyo para arrollarla. Pero algo inesperado hizo que su plan resultase fallido. No pudo reaccionar. Lo último que sintió fue como le ardía la nuca.
Uriel escuchó un ruido a sus espaldas. Se giró sobresaltado, pero no vio nada. El joven, que aún pensaba que iba a decirle a su amiga, no se fijo en unos pies que desaparecían por la esquina del oscuro callejón. Siguió andando. Al llegar a casa, se duchó, cenó y se acostó. Cayó rendido al instante.
Un enorme desierto de arena rojiza, gobernado por el extenso cielo crepuscular, permanecía en el más absoluto silencio. De pronto, las nubes comenzaron a cubrir con su oscuro manto toda la árida zona. Un destello. Una enorme columna de fuego descendía desde el cielo para posarse en el suelo a tiempo de esquivar una tromba de agua que pretendía caerle encima. Los dos torbellinos, uno de tonos rojizos, amarillos y anaranjados y otro con una mezcla entre azul y blanco, parecían estar entablando una batalla a muerte. El remolino de agua embestía una y otra vez a la columna de fuego que crepitaba ante la insistencia de su oponente. El viento mecía a los dos colosos mientras la arena del desierto comenzaba a elevarse hasta tapar completamente la visión de la lucha...
Uriel se despertó exaltado. Ahora lo recordaba. Ya había tenido ese sueño antes. ¿Por qué se le repetía?¿Significaría algo? Se dio la vuelta y se durmió de nuevo. A la mañana siguiente ya había olvidado el tema.
2. Punto Alfa. Los Ángeles Buscadores <a name="2"></a>
Parecía que todo había vuelto a la normalidad. Uriel intentaba olvidar la misteriosa desaparición de Raquel o, como mínimo, no demostraba que aún le rondaba por la cabeza. Raquel empezó a creer que realmente Uriel y Dan volvían a ser los de siempre, por lo que comenzó a comportarse con naturalidad delante de ellos. Dan, por su parte, estaba satisfecho con el cambio de actitud de sus amigos y estaba feliz de que todo hubiese vuelto a la normalidad. Por desgracia para ellos la normalidad que tanto habían ansiado no les duraría demasiado, ya que, fuerzas superiores a ellos, ya habían hecho planes para uno de los componentes del trío.
Una semana después de la última discusión entre Raquel y Uriel, los tres pasaron la tarde dando una vuelta por el centro de la ciudad. Fueron a tomar algo y, cuando empezó a anochecer, decidieron regresar a sus casas. Dan se separó de sus amigos al llegar a un cruce, porque iba a visitar a su abuela que vivía cerca. Uriel y Raquel siguieron solos. Durante el resto de camino mantuvieron una animada charla sobre todo tipo de cosas: los estudios, cine, música,... realmente tenían muchas cosas en común. Se conocieron en tercero de primaria, cuando Raquel llegó a la ciudad por cuestiones de trabajo de sus padres. Por aquella época, la chica era tímida e introvertida, pero pronto conoció a Uriel, un chico despierto, alegre y divertido. Durante esos años estuvieron muy unidos y, al llegar a secundaria, decidieron estudiar en el mismo centro. Fue allí donde conocieron a Dan. Se puede decir que él no había cambiado casi nada des de entonces, siempre había sido reservado y prudente. Aún así había sido este joven quien les había abierto las puertas del mundo. Era inteligente, simpático y realista, era la pieza que le faltaba al grupo. A partir de entonces siempre había actuado de mediador en las frecuentes discusiones que mantenían sus dos amigos.
Al llegar al portal de Raquel, Uriel se despidió de ella como siempre, con un beso. Des de que entraron en esa época llamada adolescencia, muchos habían querido ver algo más allá de la amistad que sentían el uno por el otro. Ellos no lo habían negado, pero, realmente nunca habían atravesado el umbral de la amistad. Los dos sabían que entre ellos había algo más que una simple amistad, pero ese sentimiento no era amor, se acercaba más a la fraternidad, aunque, en cualquier momento, podían pasar de uno a otro sin ni siquiera percatarse. Este tema no les preocupaba a ninguno de los dos. Si algún día pasase algo, pasaría lo que tuviese que pasar.
Uriel reanudó su camino. La luz de las farolas le iluminaba mientras pensaba en lo bien que volvían a estar las cosas entre él y Raquel y se sentía ridículo por la actitud que había tenido con ella semanas atrás. Lo importante era que ella estaba bien, lo que le hubiese pasado durante aquellas horas era secundario. De pronto, a Uriel le pareció escuchar un ruido a sus espaldas. Se giró. La calle estaba desierta. A aquellas horas no se podía ver ni un alma, ni siquiera un coche, nada. Siguió caminando, pero no había dado el tercer paso cuando se fue la luz y la calle quedó a oscuras.
-Estupendo-resopló el joven.
Siguió andando. Otro ruido. Frenó en seco. Uriel nunca había sido una persona miedosa, pero en aquel momento se puso nervioso. Dio un paso, otro y se quedó paralizado ante lo que tenía delante. Una farola se encendió de pronto y su chorro de luz iluminó una figura que permanecía apoyada en el palo de la misma con los brazos cruzados. El resto de la calle permanecía en las tinieblas. Uriel no prestó más atención a este individuo. Pero al pasar frente a él...
-Buenas noches Uriel-dijo aquel hombre con una voz clara y musical, que, si bien no llegaba a ser como la de una mujer, era realmente bella.
Uriel sintió como un escalofrío le recorría la espalda. Se giró para ver el rostro a aquel extraño personaje y quedó hipnotizado por sus bellos rasgos. Tenía el pelo largo, oscuro, sus ojos eran de un azul tan brillante que impactaba, era alto, delgado y vestía un traje azul marino con una camisa a juego en un tono más claro. No debía tener más de treinta años. Cuando Uriel reaccionó preguntó:
-¿Le conozco?
-No, pero yo a ti sí-dijo el hombre mientras se apartaba un mechón de pelo que le tapaba la cara-. Sé cosas de ti que ni tú sabes.
Uriel no podía dejar de estar sorprendido, aquel hombre sabía su nombre, pero empezaba a pensar que estaba loco.
-Me parece bien, pero debo irme, encantado de conocerle-intentó seguir.
-Espera-le detuvo el extraño-. No me creo que no quieras saber lo que he venido a decirte.
En ese momento el misterioso individuo abandonó su lugar bajo la farola y dio unos pasos al frente, dejando, en ese mismo instante, a Uriel completamente paralizado. De las sombras, justo detrás del hombre, aparecieron cuatro enormes masas de plumas azules. Uriel dio un paso atrás.
-¿Qué... qué eres?-logró articular.
- Lo mismo que tú-contestó el ser con total tranquilidad-. Un Ángel.
En aquel instante Uriel no sabía si correr, gritar o ponerse a reír.
-¿Un Ángel?¿Me estás tomando el pelo?
-Típico de los humanos-le reprochó el Ángel-. Como siempre, no sois capaces de ver más allá de vuestras narices.
Uriel cada vez estaba más desconcertado.
-Sabes que lo que digo es verdad-continuó el ser alado-, sino, ya te estarías riendo. Toma.
El Ángel le tendió a Uriel una tarjeta. El chico, que no sabía como reaccionar, bajó la mirada para ver que ponía en el pedazo de papel.
-¿Qué es esto?-alzó la vista, pero aquel individuo había desaparecido.
Miró a lado y lado de la calle. No había nadie. Las luces se encendieron de nuevo. Por el contrario, la luz que iluminaba a aquel hombre se había apagado. Uriel se acercó a inspeccionar la farola. Un gesto de asombro, duda y miedo atravesó su rostro. ¡Aquella farola no tenía bombilla! El joven empezaba a encontrarse mal, se sentía desorientado. Miró la tarjeta que aún tenía en la mano y vio que en ella sólo constaba un símbolo, una dirección y un nombre impreso con tinta azul brillante: a. Calle Aledaños, nave 13. Jehudiel. Se puso a correr hacia su casa.
Aquella noche no cenó. Al llegar a casa se metió en la cama, aunque no consiguió conciliar el sueño. ¿Era real?¿Se lo había imaginado? No, no podía ser producto de su imaginación, tenía una prueba física de que aquello había sido real, la tarjeta. ¿Un Ángel?¿Existían? Uriel nunca había creído en esas cosas. Ángeles, elfos, duendes,... ya no sabía que creer. Por cierto, ¿qué le había dicho aquel hombre? “Lo mismo que tú”. ¿Él?¿Un Ángel?¿Qué estaba pasando?¿Se había vuelto loco el mundo y no se había dado cuenta? Uriel no dejaba de dar vueltas en su cama, así como lo hacían las ideas en su cabeza. Finalmente, después de horas y horas de discusión consigo mismo, decidió que, al día siguiente, sábado, nada más levantarse, iría a la dirección que figuraba en la tarjeta. Intentó dormir, pero sólo se le repetía una frase en la cabeza: “No me creo que no quieras saber lo que he venido a decirte”. Miró el despertador que acababa de comprar. Las seis.
“Me voy a hacer unas cosas. Ya volveré. Uriel”. Así rezaba el trozo de papel que Uriel había dejado en la mesa de la cocina antes de salir de casa cuando aún no eran las seis y diez minutos de la mañana. Aún era de noche. Hacía frío. Aquel estaba siendo uno de los inviernos más fríos que Uriel recordaba. Se abrigó bien antes de emprender su viaje a lo desconocido. No podía negar que estaba realmente asustado. ¿Se podía saber que hacía él en la calle a esas horas de la mañana?¿Por qué se dirigía a un lugar desconocido para hablar con alguien que ni siquiera sabía si era real? El porque lo conocía perfectamente: necesitaba respuestas.
Después de casi tres cuartos de hora andando llegó al polígono industrial que se situaba en el extremo sur de la ciudad. Muchas fábricas ya estaban abiertas y los camiones cargados, a punto de salir. Recorrió las anchas calles del complejo hasta llegar a una de las más apartadas. Un pequeño cartel en una de las esquinas anunciaba: Calle Aledaños. Empezaba a amanecer. A medida que avanzaba por la calle iba contando, una a una, todas las naves. Llegó a la número trece. En ese mismo instante, Uriel estuvo a punto de dar media vuelta, regresar a casa e intentar olvidar rápidamente aquello que parecía una broma de mal gusto. La nave número trece era un montón de ladrillos puestos unos encima de otros, o esa era la impresión que le dio a Uriel. Algunos de los muros estaban medio caídos, en las pocas ventanas de la construcción no quedaba ni un solo cristal entero y la enorme puerta de la entrada estaba oxidada, descolgada y cerrada con una pesada cadena y un candado, seguramente para que nadie entrase por el peligro de derrumbe. El edificio estaba rodeado de un amplio patio que en otro tiempo se habría utilizado como aparcamiento para los camiones de carga, pero ahora estaba lleno de polvo y hojas. Uriel estaba a punto de emprender el camino de regreso cuando se levantó un fuerte vendaval y la arena del suelo alzó el vuelo, obligando a Uriel a taparse la cara. Cuando se hubo calmado el viento, Uriel abrió los ojos y fue entonces cuando vio, encima de la puerta, que aún chirriaba por el ataque al que le habían sometido las fuerzas de la naturaleza, un símbolo de color azul que, a diferencia del resto de la nave, parecía recién colocado allí arriba.
-¿Eso estaba ahí antes?-pensó Uriel en voz alta.
Las ganas de volver a su casa se habían esfumado y ahora la curiosidad le corroía por dentro, así que decidió entrar en el edificio. Tal había sido el efecto que le había producido la visión de la enorme alfa azul. Al llegar a la puerta, acercó la mano a la cadena, pero, antes de llegar a tocarla, el candado se desprendió y la masa metálica cayó al suelo produciendo un golpe seco. A Uriel le temblaba todo el cuerpo. Posó su mano derecha sobre la corroída superficie de la puerta. Empujó.
La expresión de estupefacción que había adquirido Uriel aún permanecía en su rostro cuando oyó, a sus espaldas, como se cerraba la enorme puerta metálica. Se volvió rápidamente. La puerta era blanca y lisa, no había ni rastro de oxido. Lo mismo ocurría con el resto de la enorme sala que se extendía ante los ojos del joven que todavía mantenía la boca abierta. Las paredes, el suelo y el techo eran de color blanco inmaculado. La habitación era muy luminosa, pero no había un sólo foco, la luz blanquecina que iluminaba todo parecía surgir de la nada. Aún así, lo que más impresionó a Uriel fueron las innumerables ventanas que se repartían por los muros. Sin saber muy bien por qué se acercó a una de ellas. Lo que veía a través del cristal no era la calle que había delante de la ruinosa nave industrial. El Sol le cegaba y lo que podía distinguir eran animales salvajes, animales que sólo había visto en el zoo, en fotografías o en un documental. Ante él se paseaban leones, cebras, jirafas,... Antes de que pudiese reaccionar la imagen había cambiado y lo que le mostró la ventana fue una enorme extensión de agua. A lo lejos, en el horizonte, veía lo que parecía un trecho de tierra, en su opinión, una isla. El paisaje dentro de aquella estructura poligonal cambió y le mostró el interior de una casa, para ser exactos el salón. La habitación estaba desierta, pero la televisión permanecía encendida.
-¿La BBC?
-Sí, la BBC, la CNN, TVTokyo, MTV y todas las que tú quieras si tienes la suerte de ver reflejada una imagen de este tipo-el Ángel que se le había aparecido la noche anterior permanecía a su lado mirando fijamente lo que mostraba la ventana.
Uriel estaba tranquilo, no le había alterado la repentina aparición del ser. Lo único que le sorprendió fue que la cabellera de aquel ser no era sólo oscura, como creyó ver la noche anterior, sino que era de color azul marino.
-Sabía que vendrías-dijo el Ángel sin mirarle-. Sígueme.
-Espera-pidió Uriel- ¿Estamos dentro de la nave trece?¿Se puede saber qué son estas ventanas?¿Me puedes decir quién eres y qué hago aquí?
Una sonrisa se dibujó en los labios de aquel ser que ya avanzaba con paso firme adentrándose en la nave.
-No seas impaciente-dijo el Ángel-. Por ahora te diré que, como pone en la tarjeta que te di, me llamo Jehudiel. Y ahora, sígueme, por favor.
La selva, Nueva York, el interior de una pelota, la aurora boreal, un parque de atracciones, el campo, un volcán, una azotea en lo alto de un alto edificio, una autopista, una casa en llamas, un cajón, un cometa, los espacios en blanco de un libro,... Las imágenes se sucedían a una velocidad de vértigo en los centenares de ventanas que iban del suelo al techo y Uriel ya no sabía donde posar la mirada. Llevaban casi diez minutos andando, en silencio, pero Uriel no se atrevía a decir nada, se limitaba a seguir en silencio a su guía, cuyas alas se mecían a cada paso que daba. Un cable telefónico, la guerra, un dibujo animado, el interior de una célula, una enorme sala llena de estatuas, un agujero negro, la cara de una persona que parecía leer algo interesante, dos personas haciendo el amor... Llegaron al final de la nave. Uriel miró atrás. No se veía la entrada. El joven prefirió no preguntar. Jehudiel abrió una puerta.
-Pasa por aquí.
La puerta se cerró detrás del chico y el Ángel. El Sol, una mariposa, alguien temblando en un rincón de una habitación a oscuras, un muerto, la cima de una montaña nevada, una enfermedad, su remedio, un martín pescador, una rosa, una espada, un sala de reuniones con cuatro tronos, un niño hambriento, otro naciendo, un enorme libro dorado...
-Siéntate-dijo Jehudiel señalando la mesa y las dos sillas que presidían la estancia.
Jehudiel parecía simpático y afable. En todo momento mantenía una sonrisa en los labios y hablaba con un tono pausado y tranquilo, ni muy alto ni muy bajo. A diferencia del resto de la nave industrial, aquella sala parecía el salón de un apartamento. En la pared opuesta a la puerta por donde había entrado, Uriel observó otra ventana cambiante, pero esta vez era considerablemente más grande. El adolescente, al que empezaba a bailarle la cabeza, se sentó sin dejar de mirar la ventana. Jehudiel corrió una cortina que tapó la vista de un arrozal chino.
-¿Quieres tomar algo?-dijo abriendo una pequeña nevera.
-No. Quiero respuestas-fue la brusca respuesta que obtuvo de Uriel.
-Y las tendrás. Toma-Jehudiel le acercó lo que parecía un refresco con gas mientras se sentaba en la silla libre-. Primero te diré dónde estamos. Este lugar es conocido como el Punto Alfa.
-¿Cómo?-preguntó Uriel mientras abría la lata de refresco- Parece el nombre de una discoteca.
Jehudiel dejó escapar una carcajada.
-Aprecio tu sentido del humor, pero no te acercas en nada a lo que este lugar es realmente.
Uriel le dio un trago al refresco. Miró la boquilla de la lata. El refresco era de un extraño color azul, pero tenía buen sabor.
-¿Has visto las ventanas de ahí afuera?-preguntó el Ángel sin esperar respuesta- Pues sirven para ver todos los rincones del Universo.
-Eso es imposible-sentenció Uriel.
-Difícil, pero no imposible-dijo Jehudiel-. En todo el mundo hay cuatro puntos como este. Son naturales. Nadie sabe como surgieron. Antiguamente, las imágenes aparecían mezcladas en un solo punto. Con el tiempo, gracias a los avances tecnológicos, hemos conseguido separar las imágenes y hacer que aparezcan en visores diferentes. Los visores son esas ventanas.
Unos instantes de silencio siguieron a la explicación.
-No acabo de entenderlo, pero no importa-Uriel decidió dejar el tema así-. Pero, ¿has dicho que hay cuatro Puntos Alfa?
-Sí, hay un Punto Alfa por cada Ángel Buscador, que es lo que soy yo.
-¿Un Ángel que?-el adolescente empezaba a creer que había perdido el juicio.
-Un Ángel Buscador-contestó Jehudiel-. Y tú eres lo que andaba buscando.
Uriel se estaba inquietando. Dio un trago a la bebida. Su cerebro no acababa de procesar toda la información que estaba recibiendo. Tanto él como Jehudiel estaban callados. El Ángel Buscador esperaba alguna reacción por parte de su presa. Uriel no podía ni pestañear. ¿Qué le había estado buscando?¿Ángeles?¿Lugares misteriosos?¿Qué pintaba él en esta historia?¿Estaría soñando? Permanecía allí sentado con la cabeza gacha mirando la lata de refresco azul.
-Un Ángel Buscador...-susurró- ¿Qué es eso?
-Los Ángeles Buscadores somos los encargados de encontrar a los Ángeles Restauradores-dijo Jehudiel.
-¿Y eso son?-preguntó Uriel que empezaba a impacientarse.
-Deberías saberlo, eres uno de ellos.
La estupefacción se reflejaba en el rostro del muchacho.
-Por eso dices que me buscabas?
-Sí, eres un humano privilegiado que posee casi las mismas capacidades que los Ángeles y que está destinado a renovar la raza de los Ángeles Herederos.
Uriel dio otro trago. Era un Ángel Restaurador con poderes que tenía que renovar una extraña raza. Creyó enloquecer. Jehudiel esperaba otra pregunta del chico, pero no la obtuvo.
-Los Ángeles Herederos-siguió- son una raza formada hace eones por la unión de Ángeles con humanos. Tienen la capacidad de controlar los elementos, como los Ángeles, pero su vida es corta, como la de los humanos.
Uriel, ante la sorpresa de Jehudiel, empezó a reírse.
-¿Se puede saber de que te ríes?
-¿Me estás tomando el pelo, no?-dijo Uriel mientras se reía- ¿Dónde está la cámara oculta?
-Lo que te estoy explicando es muy serio.
-¿Pero cómo pretendes que me crea todo eso?-le reprochó el joven- ¿Humanos que se unieron con Ángeles y que tienen poderes?¿Qué controlan los elementos? Mira, me parece muy bueno para una película, pero yo tengo cosas más importantes que hacer.
Jehudiel no dijo nada. Uriel se levantó de la silla y comenzó a andar. En el instante en que se disponía a tocar el pomo de la puerta, algo que le hizo sentir un bajón de la temperatura a su alrededor le pasó a toda velocidad rozándole la mejilla. El chico se quedó paralizado al instante. A duras penas logró mover el cuello para descubrir el proyectil clavado en la madera. Una estaca de hielo permanecía inerte ante sus ojos. El corazón le iba a toda velocidad. Aquello había estado a punto de matarle. Uriel se giró. Jehudiel estaba de pie al lado de su silla con la mirada fija en el adolescente y el brazo derecho apuntando hacia él. La palma de su mano, abierta, dirigida al frente, brillaba con una luz azulada que la envolvía por completo. La expresión de su rostro había cambiado. Jehudiel se mostraba serio e imponente.
-Siéntate-le ordenó el Ángel con una voz grave y potente.
Uriel no le hizo esperar y se sentó mientras creía que el corazón se le iba a salir del pecho.
-En ningún momento he pretendido darte, no me has dejado otra opción-se excusó Jehudiel-. Después de esta demostración, espero un poco de interés por tu parte.
Uriel asintió.
-Como veo que estás un poco perdido, comenzaré por el principio-continuó el Ángel Buscador recuperando un tono suave y tranquilo-, pero no quiero ni una sola pregunta hasta que yo te lo diga.
El chico asintió de nuevo.
-Espero que no tengas prisa porque es una historia muy larga-dijo-. Al principio la oscuridad lo cubría todo en la llamada No Existencia. La No Existencia era un punto muerto en el plano temporal, donde el tiempo no transcurría y permanecía a la espera. Cuando el tiempo se desestancó, un punto de luz creciente destruyó la oscuridad que reinaba en la No Existencia, dejando paso a un estallido que liberó todos los colores que la imaginación puede alcanzar. Los colores se disolvieron...
3. Un nuevo universo. El Portal (1ª parte) <a name="3"></a>
-...y este suceso desencadenó la Guerra Eterna.
Jehudiel calló. A Uriel le parecía que estaba acudiendo a una clase de Historia donde no entendía nada y no le dejaban preguntar. El Ángel Buscador llevaba cerca de una hora explicando el origen de un mundo llamado Ánguelos y Uriel tenía que creer todo lo que le había contado hasta ahora aunque le pareciese un relato fantástico.
-Bien-dijo Jehudiel-, ahora puedes preguntar.
En esos momentos, tantas preguntas rondaban por la cabeza del joven que no sabía por dónde empezar.
-Por lo que has explicado, según el color de tus alas, debes de ser un Ángel de Agua, ¿no?-empezó.
-Sí.
Uriel se acabó el refresco azul de un trago. Aquel ser que tenía delante podía controlar a su antojo el agua. Ahora entendía de donde había salido aquel carámbano de hielo.
-A ver-continuó-, ¿dónde está Ánguelos?
-Bueno...-dudó el Ángel por unos instantes-, se podría decir que es un mundo paralelo al que tu conoces, como una dimensión superpuesta. La verdad es que nadie sabe exactamente como están situados los dos mundos en el espacio, pero más tarde te explicaré que dice el Gran Libro sobre el tema.
-Y es de ese lugar de donde provienen los Ángeles, ¿no?
-Sí-contestó Jehudiel.
-¿Y cómo llegasteis a este mundo?-preguntó Uriel que, sin saber porque, empezaba a encontrar el tema muy interesante.
-Eso te lo explicaré más tarde.
Jehudiel acercó su silla a la Uriel y le miró fijamente a los ojos.
-Primero tengo que asegurarme de que has entendido lo que te he contado hasta ahora-dijo el Ángel Buscador muy serio.
Uriel asintió. No le acababa de quedar claro que pintaba él en toda esa historia, pero la mirada de Jehudiel le transmitió que, fuese lo que fuese, debía ser importante.
-Lo que te he explicado es la creación de mi mundo según está escrito en el Gran Libro-Jehudiel continuó con la explicación-. Como ya he dicho, el punto más importante de este libro es el Principio de Discordia. Uriel, ¿conoces los cuatro elementos que veneraban los antiguos habitantes de este planeta?
Uriel asintió y dijo:
-Fuego, Viento, Tierra y Agua.
-Estos cuatro elementos-explicó el Ángel- lo componen todo en Ánguelos y, según el Principio de Discordia, mantienen una lucha perpetua para mantener el orden de nuestro mundo. Pero, para que se produzca esta batalla, los seres pertenecientes a cada elemento deben enfrentarse entre ellos para transmitirles energía.
-Comprendo-interrumpió Uriel-. Pero, ¿quién querría vivir en un mundo en constante guerra?
Jehudiel parecía extrañado ante aquella pregunta.
-Vosotros, los humanos-contestó-. Vosotros vivís en un mundo lleno de guerras, como nosotros. Pero a diferencia de vosotros, nosotros lo hacemos por la supervivencia de nuestro universo, no por poder.
Uriel no pudo revocar esta afirmación. Simplemente bajó la cabeza y permaneció en silencio. Sabía perfectamente que Jehudiel tenía razón. Sólo tenía que ver las noticias un día cualquiera.
-Bueno-continuó el Ángel Buscador notando la tensión que se había creado-. ¿Entiendes el Principio de Discordia y por qué los clanes de Ángeles estamos en constante lucha?
-Sí-afirmó Uriel-. Lucháis para transmitir energía a los elementos que sostienen Ánguelos. El Gran Libro sólo fue el detonante que utilizó el Ángel Primigenio para dar inicio a la Guerra Eterna.
Jehudiel se quedó paralizado. Nunca había visto el hecho que desencadenó la guerra de aquella forma. En cambio, aquel humano lo había deducido al instante. Realmente, ahora que lo pensaba, Uriel tenía razón. Todo en su mundo parecía ser voluntad del Ángel Primigenio, incluso la guerra. Aquel humano no era como los anteriores, se convertiría en un buen Ángel Restaurador.
-Bueno-dijo sin acabar de salir de su asombro-, veo que lo has entendido. Me alegro, ya que es vital para que entiendas lo que te voy a contar a continuación.
***
La guerra se extendió por todos los rincones de Ánguelos. Los Puntos Sagrados se habían convertido en fortalezas. Los clanes no sólo luchaban entre si, sino que, incluso dentro de una misma tribu, las luchas de poder eran constantes y los Ángeles Máximos se sucedían uno tras otro a un ritmo trepidante. Las reuniones en el Altar de los Sabios se habían suspendido y el caos y el desacuerdo reinaban entre los Ángeles. En esos momentos el Gran Libro estaba en manos de los Ángeles de Fuego. Tan solo habían pasado setecientos Círculos (vueltas de la Luz Perpetua a través de la Cúpula Superior) desde el Día de Salvación y Discordia, pero el Libro había estado pasando de unas manos a otras a causa de los constantes ataques de unos clanes a otros. En el Gran Libro, el Ángel Primigenio había escrito todos los conocimientos que debían tener los Ángeles, así que, durante los cortos periodos en que el Libro permanecía en posesión de un clan, los sabios elegidos por el Consejo de cada elemento se dedicaban a estudiarlo y a copiar pasajes que creían importantes. Pero el tiempo que tenían para profundizar en estos conocimientos era escaso, por lo tanto, ninguno de los clanes llegó a dominar sus secretos. Entonces, el Libro desapareció.
Los Ángeles de Fuego habían tenido más de veinte Círculos el Gran Libro bajo su poder. Los otros clanes atacaban constantemente sus fronteras con la finalidad de llegar a los Valles Volcánicos y apoderarse de él. Pero el Consejo de Fuego no estaba dispuesto a perder ni el Libro ni territorio, por lo tanto inició conversaciones con el clan de los Ángeles de Viento llegando a un acuerdo según el cual una tropa de Ángeles de Fuego llevaría el Gran Libro a la Montaña Tempestad, donde los sabios de cada clan estudiarían unidos los conocimientos contenidos en el volumen. Así, los Ángeles de Agua se aseguraban los conocimientos del Libro y se ahorraban ataques a sus tierras. El traslado de la preciada fuente de conocimiento se mantuvo en alto secreto. Sólo los Consejos de Fuego y de Viento, los sabios de estos dos clanes y algunos Ángeles Soldado conocían la fecha y la ruta que seguiría la tropa encargada de custodiar el Gran Libro. Pero los Ángeles de Viento son ambiciosos y actúan únicamente por su propio beneficio, carecen de honor o palabra, y los Ángeles de Fuego comprendieron demasiado tarde que no se debe confiar en ellos. Una vez el plan de traslado quedó pactado, los Ángeles de Viento no dudaron un instante en hacer una oferta a los mayores enemigos de los Ángeles de Fuego, los Ángeles de Agua. Desde el Día de Salvación y Discordia, cuando un Ángel de Agua asesinó al Ángel Máximo de Fuego, estos dos clanes se profesaban un odio mutuo que les llevaba a luchar allí donde se encontrasen, aunque ninguna de las dos tribus hubiese actuado contra la otra. Los Ángeles de Viento aprovecharon esta situación y consiguieron que los Ángeles de Agua les prometiesen el dominio de los Valles Volcánicos a cambio del Gran Libro. Así, el día del traslado, una vez la tropa de Ángeles de Fuego que llevaba el Gran Libro se encontraba en los dominios del clan de Viento, los Ángeles de Agua, que habían recibido la ruta de manos de los Ángeles de Viento, atacaron. La Batalla de la Pérdida fue larga y cruenta. El Consejo de Fuego había encargado la escolta del Gran Libro a los mejores Ángeles Soldado que tenían, pero el numero de Ángeles de Agua era considerablemente mayor y cayeron derrotados pese a su férrea defensa.
A pesar de la victoria, los Ángeles de Agua no lograron su objetivo. Registraron una y otra vez todo el campo de batalla pero el Gran Libro había desaparecido. Al parecer, alguno de los Ángeles Soldado de Fuego había logrado huir con él. Pero el Consejo de Agua sabía que la fuerza militar del clan de Fuego había menguado y también conocía el valor que los Valles Volcánicos tenían para el enemigo, así que les envió un ultimátum: o les hacían entrega del Gran Libro o invadirían sus tierras hasta arrasar los Valles Volcánicos. El Consejo de Fuego envió un mensajero tras otro diciendo que no tenían el Libro. Como única respuesta obtenían las alas del enviado. Finalmente, un numeroso ejercito formado por los mejores Ángeles Soldado de los clanes de Agua y Viento iniciaron una ofensiva que hizo retroceder, poco a poco, al ejercito de Fuego. Los Valles Volcánicos fueron ocupados y sus habitantes y los Ángeles Soldado supervivientes se refugiaron en la fuente de un río que se encontraba no muy lejos de allí, el Río Caído, que recibía su nombre de la enorme cascada que se formaba en su nacimiento. Los Valles Volcánicos era una zona árida, formada de material volcánico con el que los Ángeles de Fuego habían construido sus altos y majestuosos edificios negros. Tenían las ventanas muy pequeñas y la Luz Perpetua cegaba al reflejarse en sus muros. El Río Caído era la única fuente de vida de la zona y sus márgenes estaban repletos de cultivos. En la ladera del Volcán Pireo se alzaba la fortaleza donde habitaban el Consejo de Fuego y los Ángeles de categoría superior. Esta fortaleza fue registrada repetidas veces por los invasores, sin resultado. Al fin y al cabo, el clan de Fuego había dicho la verdad y no tenía el Gran Libro. Al poco, los Ángeles de Fuego refugiados en el nacimiento del Río Caído lanzaron un ataque desesperado por recuperar sus dominios. Milagrosamente, vencieron a los Ángeles de Agua y de Viento que quedaban en la región y consiguieron una progresiva restauración de la normalidad. El Gran Libro se había dado, definitivamente, por perdido.
La Guerra Eterna continuó. El resentimiento de los Ángeles de Fuego por los de Agua había aumentado a causa de la invasión que habían sufrido. Por su parte los Ángeles de Agua, aliados con el clan de Viento, no acababan de creerse que el Consejo de Fuego no tuviese el Libro y decidieron que, para tender una amplia red de espionaje, invadirían las Cuevas Eternas pertenecientes a los Ángeles de Tierra. Así, el clan de Fuego defendía como podía sus fronteras de los ataques de la coalición formada por los Consejos de Viento y Agua, mientras estos últimos presionaban a los Ángeles de Tierra. Pero de nuevo salió a relucir la personalidad interesada propia de los Ángeles de Viento. Ahora que ya no podían poseer los Valles Volcánicos, su alianza con el clan de Fuego se resquebrajaba por momentos, hasta que, finalmente, se produjo la traición. El Consejo de Viento entabló negociaciones con los Ángeles de Tierra para hacerles entrega de información sobre los planes de ocupación del clan de Agua a cambio de minerales preciosos procedentes de las Cavernas Eternas. Los Ángeles de Agua se caracterizaban por su política expansionista y violenta, pero no por ello menos elegante y eficaz. Su orden social era estricto y, gracias a él, habían logrado un momento de esplendor económico, político y cultural. Por otra parte, el clan de Fuego siempre había sido tachado de rebelde e idealista, ya que su único propósito era vivir tranquilos en sus tierras. No acostumbraban a seguir normas establecidas y su sociedad se regía por la ley del más fuerte, dando gran importancia al valor y el sentido del honor. El poder y la riqueza era el motor de la sociedad de los Ángeles de Viento y no les importaba romper pactos y alianzas para alimentar su vanidad. En cambio, los Ángeles de Tierra eran cultos e inteligentes, pacíficos. No eran expansionistas, militaristas o interesados, sólo luchaban en sus fronteras para defender su territorio. Su ejercito no era numeroso, pero era sometido a la mejor preparación posible en Ánguelos. Comprometidos con la cultura y la investigación científica, también creían en el culto al cuerpo, por lo que disponían de una inigualable forma física. Aún así iban cediendo ante los ataques del clan de Agua, por lo que aceptaron el trato con el Consejo de Viento. Gracias a esto ganaron la batalla.
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